Por Arnoldo Fernández Verdecia.
La poquísima corriente eléctrica que nos dan es una tortura infinita. No permite siquiera enfriar el agua. Si tus equipos tienen protector de voltaje, permanecen la mayor parte del tiempo en voltaje bajo y nunca arrancan.
Uno quiere seguir con la vida porque, al final, es lo único que nos queda en este país. Pero, en esa interminable intermitencia de apagones y encendidos, el estrés se dispara y uno termina, como aquel profesor de Física, al borde de la locura.
A esa inestabilidad eléctrica súmale el silencio de los datos móviles: días enteros totalmente desconectados, sin una sola respuesta institucional. Como dice un vecino: «No les importamos». Y tiene razón. Ellos viven en otro mundo: tienen Internet, telefonía, alimentos y medicinas asegurados. Habitan otra galaxia.
Toda la institucionalidad del país parece colapsada. Nada ni nadie responde a los reclamos de la ciudadanía, si es que esa palabra todavía conserva algún significado aquí. Estamos en un barco a la deriva, cuyos capitanes solo tienen ojos para mirar a los vecinos de enfrente y culparlos de su propia ineficiencia. La institucionalidad es un camino amargo de recorrer porque, cuando decides transitarlo, descubres que se parece demasiado al infierno.
Mientras tanto, unos se van y otros permanecen. Lo cierto es que la gente ya no puede más. No llegan soluciones para los problemas más inmediatos: el agua, la electricidad, los alimentos, las medicinas y tantas otras necesidades cotidianas. La inflación continúa su escalada, implacable, inalcanzable, galopante, mientras la institucionalidad no funciona y castiga a quien acude a ella con su incompetencia.
La poquísima corriente que recibimos —una hora cada cuarenta o cuarenta y cinco horas; a veces más, a veces menos— no permite utilizar prácticamente ningún equipo. Es una energía inservible, incapaz de resolver las necesidades más elementales de nuestro día a día.
Como cronista, al fin y al cabo, solo me queda narrar estos días, convencido de que algún día llegará el futuro y costará creer que existió una era de «hombres nuevos» que prometió un paraíso. Y cuando ese paraíso finalmente llegó, descubrimos que no tenía el swing que el hombrecito nuevo había prometido.
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