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viernes, 20 de septiembre de 2013

Cuba Marginal y Cuba marginada (III). Mejor el resbalón que la patria encima*

La gente se aburre de las caricaturas, lo que antes tenía un sentido ético se va convirtiendo en vacío.
Por Eduard Encina. (Escritor)

Hace tiempo estaba por escribirlo y no me decidía, pero ayer mi hijo Eduard Handel me preguntó por los héroes que representan las estatuas que están en el parque de Baire. Le hablé de cuando mis compañeros y yo salíamos vestidos de mambisitos cada 24 de febrero**, porque nos sentíamos orgullosos de esos hombres de piedra que un día lo dieron todo por Cuba.

¿Y por qué ya no te vistes así papá?, inquirió mi pequeño y quedé sin palabras, no sabía si decirle que por cobarde, por ser mal hijo de mi tierra y de mi gente, o simplemente contestarle que eso es cosa del pasado y los tiempos van cambiando. En el fondo, sabía que estaba acorralado por la historia.

En el intento de pensarnos como país, sin querer o queriendo, se ha llegado al punto de la desmemoria. ¿Pero quién o quienes han sido los responsables? Todo un sistema institucional empeñado en “intervenir” o “rescatar las tradiciones”, ha desnaturalizado esos procesos, arrebatándole a la gente el protagonismo, convirtiendo en “oficial” un acto espontáneo, contaminándolo con una verborrea que todo lo trivializa.

La gente se aburre de las caricaturas, lo que antes tenía un sentido ético se va convirtiendo en vacío, de esa manera pierden su sentido raigal. Nadie puede negar que esas mismas instituciones, contradictoriamente, le habían devuelto a la gente la posibilidad de revisar su pasado y dotarlo de significados consistentes, pero la homogenización de los procesos culturales y la incapacidad de entender y atender con lucidez las implicaciones del cubano en la dinámica de la cultura convoca a revalorizar a tiempo, los nuevos tiempos.

 
Ahora mismo no sé en cuántos parques de Cuba un padre y su hijo se han visto ante tal situación ¿Cómo explicar la desmemoria? Se hace imposible entender cómo en Baire, por ejemplo, las calles perdieron los nombres originarios de patriotas, cómo Saturnino Lora, Florencio Salcedo, Bellito Blanco, General Rabí, fueron sustituidos por los eufemísticos Avenida 1…, Calle 1…hasta el infinito, y parece que ya no vivimos en Baire, sino en la conchinchina.
 
No menos ha sucedido con la Diana Mambisa***, aquella clarinada que se tocaba al amanecer con banda de música para conmemorar el reinicio de las Guerras de Independencia. Bien recuerdo a mis padres levantándonos oscuro para irnos a esperar La Diana; allí estaba todo el pueblo y luego nos íbamos en solemne peregrinación al Cementerio hasta la tumba de los Generales. “Ahora la Diana es una conga – me dijo Noterio, un señor de 94 años- la tuvieron que poner de día; la convirtieron en un desfile de borrachos y gente violenta”.

Lo que es peor aún, el Centro de Veteranos fue convertido en Casa de los Combatientes y se utiliza para cumpleaños y otras celebraciones, además de ser esporádicamente un punto de venta de vinos, ron y confituras, que nada tienen que ver con sus prístinos orígenes.

No sería descubrimiento alguno constatar que en la producción artística cubana más reciente hay cierta inquietud por explorar esas zonas que abordan la construcción del héroe, la historia, y por su puesto, la desmemoria. José Martí: el ojo del canario, de Fernando Pérez, es un filme que en mi opinión va mucho más allá de la re-creación de la niñez y la adolescencia del Apóstol, sino a la conquista del hombre, despojándolo de todo “lo sagrado”, imponiendo un diálogo contemporáneo e inquietante con las nuevas generaciones, que llega a la cúspide en la última escena, cuando la mirada de Martí se detiene, se fija en la eternidad de la pantalla ¿interrogándonos? ¿Convocándonos? De cualquier forma en un gesto de lúcido y comprometido con la realidad que nos toca.
La literatura también le echa una ojeada al asunto, y enseguida pulsamos autores que en nuestra tradición han mostrado claras preocupaciones, desde aquel memorable poema “El trapo heroico”, de José Manuel Poveda hasta uno de los más recientes epigramas “Carta a Manuel el del mercado” de Carlos Esquivel. En su libro Bala de cañón (poesía, Ediciones Caserón) el bardo tunero indaga con fervor en la historia, la relee para revelarnos un sujeto lírico nada ortodoxo con las “narrativas tradicionales” y busca insertarse en un nuevo diálogo con el pasado desde su experiencia más inmediata. Karel Bofil, joven matancero con una voz poética muy atendible, en su libro Matrioskas (Editorial Letras Cubanas), nos presenta un cambio de actitud ante la historia más reciente, transmitiendo cierta desazón y desencanto:“Miro nuevamente animados soviéticos/ y escucho voces que no puedo comprender/ voces que me recuerdan la extraña tristeza/ en que crecimos/ comiendo como soviéticos/ mirando animados soviéticos como niños soviéticos/ vistiendo como niños soviéticos/ mirando animados soviéticos como niños soviéticos/ pensando que el mundo estaba en una revista Misha/ sin saber que Koniek era el fin/ que se acaba.”

Tales referencias nos ponen, evidentemente, ante la disyuntiva generacional de escrituras que agotadas de lo que fueron ciertos paradigmas oficiales, han decidido participar desde otra perspectiva de la historia y no dejarla escapar sin ruidos ni matices. Pero no solo poetas se han lanzado por estos derroteros, encontramos también en la prosa variadas gradaciones sobre el tema.

En el cuento Los agujeros Negros de Carlos Esquivel nos encontramos ante un argumento donde se intenta contraponer la memoria construida desde una epicidad y una moral inmaculada, a la deconstrución del héroe a partir de la memoria filial. La hija que regresa a sus orígenes y encuentra una historia de la que no se siente parte y evidentemente nos muestra desde dónde y cómo se ha articulado la misma.

Desde un ángulo más festivo Ernesto Pérez Castillo con su cuento Introducción, nudo y desenlace…logra apresar y al mismo tiempo ironizar la construcción de algunos eventos públicos montados desde la doble moral, la manipulación de los valores y principios comunitarios, en pos de erigir tipos modélicos de ciudadanos. Un ladrón trasmutado en héroe, y agasajado por las autoridades, que utilizan pioneros con pañoletas, consignas, y acompañados de funcionarios muy bien caracterizados a través de sus atuendos y enlatados discursos.

Al parecer entre literatura y realidad existe una zona de resistencia donde el componente histórico se consolida. Pero no son únicamente los escritores y artistas los que deberán cargar esa responsabilidad. Es hora de que los padres tengan respuestas para sus hijos. La identidad no debe carnavalizarse, en eso deciden organizaciones e instituciones que deben romper la modorra y participar, es mejor el riesgo que la apatía, el resbalón, que permanecer abajo, mirando cómo la patria nos cae encima.


* Publicada originalmente en Cimarronzuelo oriental.
 

 **24 de febrero: Reinicio de la guerra de independencia, conocido por El Grito de Baire, por haber sucedido allí el alzamiento en armas más importante en apoyo del llamado de Martí.

***Diana Mambisa: El pueblo de Baire se concentraba en la Plaza, actual parque de Baire a las 5.00 AM, para salir de recorrido por todo el pueblo, acompañado de una pequeña banda de música, dando una clarinada que terminaba en el cementerio, para rendirle honor los héroes de la independencia que allí descansan.

martes, 30 de julio de 2013

Cuba marginal y Cuba marginada (II) Un campo de borrachos que se reproduce

 
"Barrio de los chinos”, no le llaman así porque entre sus habitantes exista alguien con ascendencia asiática, sino por la cantidad de personas alcohólica...
Por Eduard Encina (Escritor, UNEAC)

Parece que en Baire, el pueblo donde nací y donde vivo, la historia ya no sucede, o por lo menos, la que sucede padece de silencio, de mucho silencio. En pleno verano las calles desiertas, un parque hermoso y triste, un atardecer por estos días lluvioso. 

Aprovecho y me siento a leer debajo de los álamos. Yo soy un espécimen raro que se pregunta ¿dónde está la gente de este pueblo? Solo en los portales asoma una que otra  ama de casa, sacudiendo el polvo que deja el olvido y el desencanto. Entonces aparece un rostro que a pesar de estar visiblemente alterado, no deja de parecer conocido. Es X, uno de mis compañeros de clase en la primaria.

“Escritor - me dice-, aquí estoy, borracho para mantenerme en pie”. No pasaron  cinco minutos de conversación y supe que estuvo estudiando en Alemania “pero la vida es así, – me aseguró- mírame, la puta vida es así”, también me contó que no quiere tener hijos, ni casa, que la vida había que vivirla ahora que estamos vivos. Un rato después apenas podía articular palabras, por lo que decidí llevarlo al barrio donde supuse que aún residía.
Le dicen El barrio de los mojones, por la insalubridad de una zanja albañal que lo atraviesa, con la que aún, a estas alturas, los vecinos deben convivir.
Era bastante cerca, solo bajar tres cuadras. Le decían El barrio de los mojones, por la insalubridad de una zanja albañal que lo atraviesa, con la que aún, a estas alturas, los vecinos deben convivir. Sin embargo,  desde lo años noventa lo han bautizado con otro nombre: “El barrio de los chinos”. Pero no le llaman así porque entre sus habitantes exista alguien con ascendencia asiática, sino por la cantidad de personas alcohólicas (y por su puesto con el rostro hinchado) que allí se reúnen para beber hasta bien entrada la noche.

Pero vaya sorpresa cuando X decidió sentarse en la acera,  frente a la casa de sus padres y se dispuso a terminar su trago junto a otros amigos que como él sudaban al mediodía la borrachera. Lejos de agradecerme dijo: “suéltame y ve a escribir tu porquería”. Una vecina que lo escuchó me conminó en tono despectivo a que lo dejara ahí, pero él ni siquiera levantó la cabeza. Lo dejé por perdido y eché a andar con esa angustia al hombro durante todo el día.

Volví a mi parque de Baire, donde casi siempre bate una brisa suave, que invita a continuar la lectura, sin embargo “borracho para mantenerme en pie” pesaba como un verso o un castigo, en realidad sentí miedo de que otro compañero de la infancia apareciera dispuesto a llevar la botella hasta el fondo, para contarme que estuvo en Tailandia, o Angola.

Y es que isla adentro también hay cubanos, y lo que es peor, personas que necesitan diálogo y espacio para “invertir” el tiempo. Privados de instituciones culturales y de posibilidades para desarrollar proyectos locales que eleven su calidad de vida, en medio de las penurias económicas, son muchos los que hoy se lanzan a beber en forma desmedida, y en no pocas ocasiones, demasiado jóvenes, muchachas casi adolescentes con una botella y un cigarro, lo que se ha convertido no en una práctica libertaria de la sexualidad, sino en símbolo de frustración y desasosiego.

Pero no es el acto de beber lo más preocupante, sino los códigos que la misma sociedad “barrio chino” maneja para sustentar aquel choteo al que Mañach se refería, y que hoy me hace pensar en la necesidad de que surjan a nivel local soluciones alternativas, que no necesariamente tengan que partir de organizaciones o instituciones anquilosadas en esquemas rígidos y verticales, sino de las necesidades propias de la gente. En este barrio, dos alumnos míos, trabajadores sociales y estudiantes de la carrera de Estudios Socioculturales, crearon las bases de un proyecto de reanimación cultural muy interesante, pero quedaron “disponibles” en el reajuste laboral y hoy nadie le dio continuidad al trabajo que realizaron.

En “El barrio de los chinos” también viven escritores del grupo Café Bonaparte que yo coordino. En sus obras se hace inevitable la aparición de personajes y situaciones que tienen su origen en la dura cotidianidad de su entorno social.
He aquí dos textos, uno narrativo, y otro poético, que tal vez ilustren una arista de la marginalidad que compartimos.

Cloaca

Cada año aparecen en mi barrio borrachitos jóvenes
vienen a relevar a los de más experiencia. Son
resistentes al sol, al polvo, recostándose en el aroma
de los perros pulgosos. Lo han perdido todo
hasta el money que no le alcanza para lavarse los pies,
sus pobrecitos pies que se pierden.
Aparecen por temporadas
ciertos borrachos que con lo poco que hacen, se sumergen
en ese espejismo
ahogándose por el vómito grasiento y tuberculoso
que le brota sin remedio.
En mi barrio existe un campo de borrachos
que  nadie riega
pero se reproduce.

Onel Pérez Izaguirre
Poeta. Cursa 5to año de Psicología General

 
Avatares
 
Lo ve todo empañado a su alrededor. En un intento por incorporarse, resbala y cae de espaldas. El vómito le quema la boca, se cree morir, la vista se le nubla otra vez, espantosamente. 

 
Para él la infidelidad era asunto de oportunistas, pero toda esa filosofía se fue a bolina cuando apareció la tentación rubia y de seis pies: lo mejor del barrio. Está a punto de estallar, apenas le quedan fuerzas para una mala palabra, el estómago le hierve y le angustia que sus instintos diagnostiquen que está enfermo. Escupe. Los muebles le dan vueltas alrededor de la cabeza, cerca del catre la botella se le agiganta, el vaho del alcohol se mezcla con el viento que abre y cierra la ventana.

 
El repentino aguacero limpia la ciudad. A RM le molesta hasta el mínimo tintineo de la lluvia sobre el techo de cinc. Pálido y ojeroso, ni se inmuta cuando ella entra tirando la puerta. ¨ Te vas a morir ¨, le dice y sacude el paraguas con serenidad. Frunce el seño y se tapa la nariz. A pesar de todo lo ama, y se arrodilla, ¨ ¡hasta cuándo!¨, lo zarandea, ¨ Mira como estás, hinchado y apestoso ¨. Lo suelta con desprecio y se levanta. ¨ ¡Cógela con el que te hizo el daño!¨, gruñe RM y deja salir un largo eructo. Trigueñita le da la espalda y va hasta la ventana, la cierra. ¨ No te respetas, le dice, y se despoja de los zapatos, las gangarrias, el vestido. RM apenas puede darse cuenta de cómo el blumer le contornea las caderas. 

 
- Ni me llamaste -replica su esposa-. Yo viajando para resolver los problemas y tú de borracho.

 
- Cállate, Trigueñita, - se le escapa, temblorosa la voz a RM - mañana te explico  y se da un trago casi hasta el fondo, como si se tragara a la rubia.

 
Ella enciende la otra bombilla y descubre un enjambre de goteras que amenizan el escenario. Desde el suelo, RM le guiña, fingiendo la ternura que ahora no tiene, pues un nuevo eructo lo hace arquear y perder la compostura. ¨ ¡Si viniste a joder te vas!¨, grita y acompaña su lengua tropelosa con una ráfaga de peos que espantan a Trigueñita de su lado. Sentada en el catre se pone un short y un pulóver de RM, a quien le brillan los ojos cuando reconoce que es mejor recordar los senos puntiagudos de la rubia que ver desnuda a Trigueñita. De todas formas le perdonó el haberse puesto sus chancletas, solo por contemplarla modelando frente a él.

 
Trigueñita intenta ponerlo en pie, solo logra sentarlo en el catre. RM aprovecha y le aprieta un seno, la besa. 

 
- Aparta tu aliento apestoso ¿todavía tomas esa mierda?

 
- Qué ocurre contigo, deberías estar acostumbrada, le dice RM tratando de sostener la mirada.

 
Ella lo observa, percibe que su esposo ha entrado en la fase del desvarío, y en breve mostrará su capacidad de iniciar una hipoglicemia. La belleza de Trigueñita es opacada por el hilo de vómito que va refinándose en la boca de RM. Curada de espanto, repasa en su memoria la imagen perdida de un marido cariñoso y atento. Se muerde los labios con la idea de mandarlo bien lejos cuando refresque la embriaguez, suspira de impotencia, ya sin la menor duda de que ahora si lo está perdiendo.

 
RM envuelto en su baba, presiente la muerte, son demasiado los rumores que han llegado hasta su casa, ¨ ¡Esa perra!¨, dice. Ni siquiera ha consultado al médico y es lo que le angustia, quisiera contárselo a Trigueñita, pero el nombre de la rubia se le tuerce en la garganta. No puede. Mira a Trigueñita con el rabo del ojo y la ve en pie como una esfinge que lo observa amenazante. Se da otro trago, no puede ser, se queja, y ni las lágrimas le salen. La cabeza no le da para más y vuelve a estallar en vómito, intenta levantarse pero las piernas no le dan.

 
- ¡Cojones! ¿No vas a ayudarme?

 
Siente un tirón por las piernas que lo arrastra hasta el baño y mientras le abren la pila, el techo aumenta su velocidad y escucha un tropel de insultos que rechinan en sus oídos. Reconoce a Trigueñita, le sonríe, el agua cae de punta como rieles en su espalda. Entreabre un ojo, lo ve todo nublado, una fuerza mayor lo arrastra de nuevo y lo lanza en el catre.

 
- Ahora vengo, dice Trigueñita.

 
- Vete, rubia sarnosa, vete.

 
-  ¡Rubia y sarnosa será tu madre! ¿Acaso es cierto que te revolcaste con la puta esa?
El silencio de RM se torna insoportable, no sostiene la cabeza, balbucea, levanta una mano y le deja extendido el dedo mayor. Pero no puede esquivar los taconazos, las palabrotas de su mujer que le cae encima mientras él vuelve a gritarle rubia, enferma de porquería, demonio, hasta que empieza a salirle espuma por la boca, a temblar. Trigueñita se asusta, se aparta. Estoy harta de ti, desgraciado. Intenta agacharse para coger la botella, pero aparece la mano de RM y se la arrebata y la parte contra el piso. ¨ ¡Estás muerta!, te dije que te fueras, que no quiero más rubias en mi vida ¨. Cree tener fuerzas, intenta levantarse y da otro cabezazo contra el vómito y los fragmentos de vidrio se le incrustan en la cara. ¨
¡Perra!¨, insulta, se lanza sobre las piernas de Trigueñita y aunque ella forcejea, cae al piso, le clava las uñas, la rabia, cualquier cosa, ¨ te voy a matar maldito, asqueroso. No puede más. Trigueñita tiene el pico de botella en la mano que le sangra y no sabe si la sangre es de ella o de él, que intenta mantener abiertos los ojos pero pierde fuerzas y apenas logra ver a esa rubia que se levanta, llorando, y se va con el vestido en la mano en dirección a la puerta, mientras en el techo de cinc la lluvia parece que va a derrumbar la casa. 

Enrique Matos Aguilera
Narrador y poeta. Es profesor de Secundaria Básica.



martes, 16 de julio de 2013

La Cuba marginal y la Cuba marginada (I)

Hace poco visité con un amigo maestro, el lugar donde él había construido su casa, o por lo menos lo que él llama irónicamente “mi túnel”.

Por Eduard Encina (Escritor y miembro de la UNEAC)

Hace poco visité con un amigo maestro, el lugar donde él había construido su casa, o por lo menos lo que él llama irónicamente “mi túnel”. Lo había hecho de un día para otro, ilegal, como casi todos los vecinos que ahora forman una pequeña y precaria comunidad a las afueras de Contramaestre. En ese momento sentí una presión que no sabía distinguir si era “ética” o si era “estética”, tal vez un poco de las dos.

Habituado a la experiencia de mis lecturas más recientes, enseguida me conecté con dos textos narrativos “Carne de perro” y “Sentado en su verde limón” de Pedro Juan Gutiérrez y Marcial Gala, respectivamente. Es que se hace inevitable asumir que una zona de la sociedad cubana se ha visto excluida del necesario debate y presencia en los medios, pero eso no la desaparece de la realidad latente en la Cuba de hoy.

Esta “presión” a la que me referí, me sirvió de impulso para pensar en la literatura como un elemento por donde se encausan flujos de pensamiento y contradicciones de la sociedad. En tal sentido entra a jugar un papel imprescindible la noción de “diversidad”, en un contexto donde hay multiplicidad de intereses y de relaciones que generan grandes contradicciones con un marcado carácter hegemónico.

La marginalidad no solo se expresa en términos económicos, sino en variables socioculturales. Mi amigo maestro bien lo sabe, esos asentamientos alternativos arrastran tras de sí altos índices de indigencia, actividades delictivas, prostitución, entre otras penurias. Son barrios marginales, emplazados en la periferia de los principales centros poblacionales, quienes, en un guiño de marginación, los bautizan con nombres como "Llega y pon", "Nuevo amanecer", "Bollo manso", "Llega y clava", según las prácticas que en los mismos abundan y también tomando como referencia sus formas constructivas, por supuesto emergentes y empobrecidas.

Basta una breve (h)ojeada a la escritura más reciente en la isla, y se abre ante nosotros el fenómeno de la marginalidad entrañando una inevitable relación de poder, donde uno(s) excluye(n) a otro(s) al establecer los cánones de lo legítimo o correcto. Incluso, dentro de la misma producción literaria: revistas, editoriales o instituciones muchas veces condicionan lo que se debe leer o escribir estimulando zonas o grupos de creadores, a partir de la centralización de los medios, erigiendo una imagen modélica y homogénea, dejando al margen aquello que está “fuera” de la política cultural supuestamente correcta.

Muchos serían los casos que se podrían citar, incluso fuera del entramado literario que han tenido que sobrevivir al margen de los centros emisores de poder cultural. Muy conocidos son el silenciamiento mediático de Los Aldeanos o el escándalo por la proyección en Granma del corto “El grito”. Sin embargo, en la práctica estas manifestaciones se vuelven decisivas, pues terminan convirtiéndose en un vivero de estrategias alternativas, que no implican solamente recursos de adaptabilidad y sobrevivencia, sino de resistencia.

La presencia de una zona marcada por el componente “marginal” en la literatura, y en especial en la poesía de las últimas promociones se expresa como gesto sintomático. Por supuesto,  no estamos hablando de nada nuevo, ni exclusivo de los más recientes contextos culturales, sino más bien, acercando la lupa para concentrar mejor esta problemática y visualizar su persistencia dentro de la literatura cubana, así provocar posibles reacciones en los lectores, pues “entre otras cosas, la lectura sirve para prepararnos para el cambio” (Harold Bloom)

Sin embargo es inevitable hacer un distingo esencial entre escritores que escriben acerca de una marginalidad y otros que lo hacen desde una marginalidad. De cualquier forma estamos hablando de perspectivas que condicionan una visión del mundo, y en algunos casos también, de formas de vida, aunque se dimensionen desde la angustia, desde el desequilibrio consigo mismas.

Pero tratándose de la literatura cubana más reciente debemos aguzar la mirada, pues no será difícil percatarse de algunos casos, donde se utilizan “tonos falsos”, “poses” no contenidos, que intentan pasar gato por liebre aferrándose a temáticas y no a necesidades expresivas, en los peores casos agresiones contra autores (dinosaurios o no), en vez de concentrarse en agredir el lenguaje, la literatura, el pensamiento.

Por otro lado se distinguen obras con un espectro más plural desde el punto de vista ideotemático, pues ya no se trata de escribir desde espacios urbanos o rurales, desde jineteras o niños que trabajan cuando terminan las clases para apoyar la economía familiar, sino desde un tono, una sensibilidad común expresada con honestidad en forma narrativa o lírica.

Lo marginal ha tratado de explicarse desde las ciencias sociales como “herencia histórica”, y en el caso de intentar asumirlas, se muestran como “áreas casi olvidadas o poco exploradas por la sociología o la antropología”. De este modo los sectores marginales no se ven representados y los escritores que “no tienen su hogar en las universidades sino en el pueblo”(Emerson), tomamos esa crónica para volverla ética y comprometida.

¿Aquí la polémica estriba en el acto o en la conciencia de lo marginal? ¿Desde dónde se escribe? ¿Sobre qué se escribe? ¿Quién lo escribe? ¿Cómo se escribe?  Son interrogantes en las que propongo pensar.

Con este par de poemas le dejo a mis lectores y amigos, dos pequeñas joyas de la poesía que se escribe hoy, y que roza este tema angustioso, pero necesario para volvernos más útiles y mejores.

En realidad todos participamos conciente o inconcientemente del fenómeno, y nos hacemos legitimadores de esos estigmas, de alguna manera todos somos marginales y sobrevivimos la crisis a través de una alternatividad: “economía informal” (Bolsa Negra) o como le queráis llamar. Bien queda plasmada en este poema de Reinaldo García Blanco (Venegas, 1962).

Carne levantisca

Una vez estábamos a marzo (finales)
y en la mesa teníamos carne
carne de verdad
de esa que compramos en off

Pero la historia no comienza ahí

Una vez estábamos a miércoles
y pasaban las tres peeme
y un tal L.F. Rojas que se dedica a cosas
     impuras
me llama por teléfono
y me dice que tiene dos metros de tela roja
si me interesaba
y claro que sí

Fuimos mi mujer y yo por cebollas
y espinacas 
y debajo de ese verde colocamos
lo que una vez fue el costado derecho superior
de un dinosaurio Holstein F-1
que res días antes comía hierba
y miraba la luna con su cara de animal sagrado

Una vez estábamos a marzo
en las afueras de la ciudad
en mi casa
con algo de esas músicas
y en mesa teníamos carne
carne levantisca
carne de verdad.

Hay tras ese telón una gran teluricidad que pone al descubierto la otra parte, el lenguaje como acto marginal y marginante. Pero dejemos que sea el joven escritor Luis Eligio Pérez (La Habana, 1972) que nos convenza con su poema:

“bajo tea”

Dos palabras de más
y hago de su cara un parche.

Unos obran así, otros no,
absolutizan.

El color está en la mente,
la sangre lo imita oscura.
La naturaleza da el baño en oro,
no puede en la mente.
Yo  bajé por el camino del solar
y subí entre gritos y tijeras,
creyendo: sólo de un lado
se es sabio,
del otro se admira la sabiduría.
Admire, no hable.
Dos palabras de más
y bajo tea,
hago un parche de su cara;
la suerte:
servir la mesa,
esperar a media luz
abierto el camino de los hijos.
Abierto:
primero mi placer,
a lo mejor el suyo.
Pídalo. Pero mida las palabras,
dos de más
y bajo tea.


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