27 de febrero de 2018. Sobre las 10:30 de la
mañana, partimos rumbo a San Lorenzo. En
la cama de un Zil 131, miembros de la Sociedad Cultural
José Martí, de la Unión
de Periodistas de Cuba y estudiantes de bachillerato.
El
verde intenso del lomerío, regala
paisajes bellísimos. El profesor Ocaña Revee hace de guía; cada barrio,
caserío o casa asomada a la carretera, arranca información suya. Sus palabras tienen la pasión del
historiador, pero también del hombre que por muchos años dirigió el municipio
Tercer Frente y lo conoce como la palma de su mano izquierda.
A
la vista, la margen derecha del río Mogote, bordeada por tierra profunda; una
revelación suya me sorprende: “Esa era la finca de Manuel de Jesús Calvar
(Tita), el único presidente de la
República en Armas, luego de la Constitución de
Baraguá”. Con honestidad me quito la gorra; tantas veces pasé por aquí y nunca
reparé en algo tan valioso. Seguimos hacia nuestro destino y con sabiduría de
taita nos cuenta detalles precisos del proceso de creación del municipio Tercer
Frente.
Llegamos
al Cruce de los Baños. Breve parada. Casi es mediodía. Alexis Rivero, el
historiador, aparece entre la espesura de Radio Triple M. Nos abraza. Dice que
ya es muy tarde para ir a San Lorenzo, muchas ocupaciones en la tarde. Nos toma
varias fotos sobre el camión. El Zil 131 en marcha. Aparecen numerosas
elevaciones a nuestro paso. Sobre el borde de un precipicio, un solo sentido en
la carretera; encima, enormes piedras; dicen que de vez en cuando ruedan y
provocan fatídicos accidentes. A la vista, “Loma del Gato”; la vencemos con la
pericia de un hombre de ébano al timón.
Ocaña
nos muestra la montaña donde se ve la presa Carlos Manuel de Céspedes completa.
“Aquella es la Torcaza,
tierra nuestra”, dice. Con palabras sabias habla del viejo Bijagüal, La Somanta, Cambute, Brazo
Escondido, Los Lazo, el Cacaito, Los Lajiales, Arroyo Rico, San Fermín, La Doctora (aguas termales
allí que nunca han sido usadas con fines medicinales o turísticos), nos habla de Puerto Arturo, de la tumba del
mambí desconocido en medio del lomerío, “tengo evidencias de que se trata de
Francisco Maceo Osorio”. Promete llevarnos un día. Desaparece el asfalto y el
camino es arcilloso. Habla de Juan Almeida y su comandancia en La Lata. Estamos en el Alto de la Maestra. “Por aquí
tenemos fronteras con Guamá; el mar ahí
mismo”. Una muchacha ingenua quiere ir a sus azules aguas. Perdemos la cuenta
de los cruce de ríos; de los empinados picachos que trepamos. Algunos
desesperados preguntan si falta mucho. Mis ojos se pierden en las lomas
enormes, esas que veía desde casa, rodeadas por la neblina de la lejanía; ahora
estoy sobre ellas. La emoción es grande. Tengo mucha fe en la destreza del conductor.
A la vista el Lajial, que con el tiempo la gente nombró Los Lajiales, quizás
por la cantidad de piedras hermosas que asoman en el río Contramaestre; allí,
el 22 de enero de 1874, Carlos Manuel de Céspedes ve las sedosas aguas que
invitan al baño, no resiste, refresca el cuerpo; luego sigue a San Lorenzo.
Estamos tras la huella fresca del Padre de la Patria. Descendemos una pendiente.
Luego ascenso. Entonces aparece el Obelisco y el corazón salta en el pecho. Vuelvo
a las páginas de su Diario, cuando escribió, el 23 de enero de 1874: “San
Lorenzo está situado a la margen derecha
del Contramaestre…”. A las 8:30 de la mañana llega a la Prefectura de
Lacret. Vive en un bohío muy cerca del
río hasta el 27 de febrero. Con palabra emocionada, narro los días de Céspedes
en aquella prefectura aislada de la
Sierra Maestra.
Todos
los lugares mencionados en sus días de San Lorenzo invitan a recorrerlos. Me
asomo al farallón, que hoy no es tal cosa, pues el manigual no deja ver el
lugar por donde cayó como un sol en llamas que se hundía en el abismo. Llegamos
hasta el lugar donde su sangre abonó la tierra y ninguna marca orienta al
viajero de lo sucedido. El río Contramaestre aparece triste; ya no están las
hermosas pocetas donde acudía al baño diario, ni siquiera se recogen evidencias
del lugar donde procreó a su último hijo. Ninguna luz protectora acuna las
noches del Obelisco. No se recuerda
allí, el aniversario de gloria, que da
aliento y vigor al carácter nacional.
Prefieren hacerlo en la comodidad del Parque Céspedes en Bayamo.
Las
familias añoran, hace décadas, un camino
digno; parece que se irán a la tumba sin verlo. Una ofrenda minúscula ante el
Padre; algunas personas se quejan, “no merece este olvido”, dicen. La nuestra
es la segunda y última del día.
Vamos
hasta la escuela. El maestro con su asistente vive al fondo. Sólo nueve niños
dan clases. Nos tomamos fotos. Una copia de la Campana de la Demajagua en el patio. Todo respira historia, pasado
glorioso.
El
Delegado nos recibe con refrescos, bocaditos, obsequia zapotes. Habla de asar
un “machito en primavera” para nosotros.
Su esposa aparece con jugo de frutas. Sabe divino. En la sala, surge el
proyecto audiovisual “De Bijagüal a San Lorenzo”; mi colega de trabajo, Roque;
se entusiasma. Un aguardiente de la Sierra
Maestra enciende la garganta. Nos despedimos. Ocaña promete
volver. Descendemos hasta el río. Al subir, el Zil 131 espera con sus rugidos.
Montamos; atrás, el Obelisco perdido al Padre de la Patria; San Lorenzo en el
corazón de la Maestra. “Ahora sí puedo morirme”, dije a Ocaña; me abrazó
fuerte. En sus ojos, la Bandera del 10 de octubre.


















