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jueves, 1 de marzo de 2018

El Obelisco perdido a Carlos Manuel de Céspedes




Por Arnoldo Fernández Verdecia.  caracoldeaguaoriente@gmail.com 

27  de febrero de 2018. Sobre las 10:30 de la mañana,  partimos rumbo a San Lorenzo. En la cama de un Zil 131, miembros de la Sociedad Cultural José Martí, de la Unión de Periodistas de Cuba y estudiantes de bachillerato.

El verde intenso del lomerío, regala  paisajes bellísimos. El profesor Ocaña Revee hace de guía; cada barrio, caserío o casa asomada a la carretera, arranca información suya.  Sus palabras tienen la pasión del historiador, pero también del hombre que por muchos años dirigió el municipio Tercer Frente y lo conoce como la palma de su mano izquierda.

A la vista, la margen derecha del río Mogote, bordeada por tierra profunda; una revelación suya me sorprende: “Esa era la finca de Manuel de Jesús Calvar (Tita), el único presidente de la República en Armas, luego de la Constitución de Baraguá”. Con honestidad me quito la gorra; tantas veces pasé por aquí y nunca reparé en algo tan valioso. Seguimos hacia nuestro destino y con sabiduría de taita nos cuenta detalles precisos del proceso de creación del municipio Tercer Frente.

Llegamos al Cruce de los Baños. Breve parada. Casi es mediodía. Alexis Rivero, el historiador, aparece entre la espesura de Radio Triple M. Nos abraza. Dice que ya es muy tarde para ir a San Lorenzo, muchas ocupaciones en la tarde. Nos toma varias fotos sobre el camión. El Zil 131 en marcha. Aparecen numerosas elevaciones a nuestro paso. Sobre el borde de un precipicio, un solo sentido en la carretera; encima, enormes piedras; dicen que de vez en cuando ruedan y provocan fatídicos accidentes. A la vista, “Loma del Gato”; la vencemos con la pericia de un hombre de ébano al timón.

Ocaña nos muestra la montaña donde se ve la presa Carlos Manuel de Céspedes completa. “Aquella es la Torcaza, tierra nuestra”, dice. Con palabras sabias habla del  viejo Bijagüal, La Somanta, Cambute, Brazo Escondido, Los Lazo, el Cacaito, Los Lajiales, Arroyo Rico, San Fermín, La Doctora (aguas termales allí que nunca han sido usadas con fines medicinales o turísticos),  nos habla de Puerto Arturo, de la tumba del mambí desconocido en medio del lomerío, “tengo evidencias de que se trata de Francisco Maceo Osorio”. Promete llevarnos un día. Desaparece el asfalto y el camino es arcilloso. Habla de Juan Almeida y su comandancia en La Lata. Estamos en el Alto de la Maestra. “Por aquí tenemos fronteras con Guamá;  el mar ahí mismo”. Una muchacha ingenua quiere ir a sus azules aguas. Perdemos la cuenta de los cruce de ríos; de los empinados picachos que trepamos. Algunos desesperados preguntan si falta mucho. Mis ojos se pierden en las lomas enormes, esas que veía desde casa, rodeadas por la neblina de la lejanía; ahora estoy sobre ellas. La emoción es grande. Tengo mucha fe en la destreza del conductor. A la vista el Lajial, que con el tiempo la gente nombró Los Lajiales, quizás por la cantidad de piedras hermosas que asoman en el río Contramaestre; allí, el 22 de enero de 1874, Carlos Manuel de Céspedes ve las sedosas aguas que invitan al baño, no resiste, refresca el cuerpo; luego sigue a San Lorenzo. Estamos tras la huella fresca del Padre de la Patria.  Descendemos una pendiente. Luego ascenso. Entonces aparece el Obelisco y el corazón salta en el pecho. Vuelvo a las páginas de su Diario, cuando escribió, el 23 de enero de 1874: “San Lorenzo está situado  a la margen derecha del Contramaestre…”. A las 8:30 de la mañana llega a la Prefectura de Lacret.  Vive en un bohío muy cerca del río hasta el 27 de febrero. Con palabra emocionada, narro los días de Céspedes en aquella prefectura aislada de la Sierra Maestra.

Todos los lugares mencionados en sus días de San Lorenzo invitan a recorrerlos. Me asomo al farallón, que hoy no es tal cosa, pues el manigual no deja ver el lugar por donde cayó como un sol en llamas que se hundía en el abismo. Llegamos hasta el lugar donde su sangre abonó la tierra y ninguna marca orienta al viajero de lo sucedido. El río Contramaestre aparece triste; ya no están las hermosas pocetas donde acudía al baño diario, ni siquiera se recogen evidencias del lugar donde procreó a su último hijo. Ninguna luz protectora acuna las noches del Obelisco.  No se recuerda allí, el  aniversario de gloria, que da aliento y vigor  al carácter nacional. Prefieren hacerlo en la comodidad del Parque Céspedes en Bayamo.

Las familias  añoran, hace décadas, un camino digno; parece que se irán a la tumba sin verlo. Una ofrenda minúscula ante el Padre; algunas personas se quejan, “no merece este olvido”, dicen. La nuestra es la segunda y última del día.

Vamos hasta la escuela. El maestro con su asistente vive al fondo. Sólo nueve niños dan clases. Nos tomamos fotos. Una copia de la Campana de la Demajagua  en el patio. Todo respira historia, pasado glorioso.

El Delegado nos recibe con refrescos, bocaditos, obsequia zapotes. Habla de asar un “machito en primavera” para nosotros.  Su esposa aparece con jugo de frutas. Sabe divino. En la sala, surge el proyecto audiovisual “De Bijagüal a San Lorenzo”; mi colega de trabajo, Roque; se entusiasma. Un aguardiente de la Sierra Maestra enciende la garganta. Nos despedimos. Ocaña promete volver. Descendemos hasta el río. Al subir, el Zil 131 espera con sus rugidos. Montamos; atrás, el Obelisco perdido al Padre de la Patria; San Lorenzo en el corazón de la Maestra. “Ahora sí puedo morirme”, dije a Ocaña; me abrazó fuerte. En sus ojos, la Bandera del 10 de octubre.  

lunes, 2 de noviembre de 2015

Asesinos de burros en Contramaestre, Cuba



Lloró irremediablemente antes que su cuerpo fuese despedazado en bandas y repartido en una orgía entre el tufo de azuquín y las risas burlonas hasta el amanecer.
Por Luis Enrique Jerez (Especial para Caracol de agua) 

El rebuzno se pierde en el horizonte del Contramaestre y el eco lo devuelve hasta estrellarse con las montañas. Su figura esbelta no pierde sus contornos, a pesar de los años que nos separan en el tiempo. Todavía me parece verlo mordisqueando la hierba del potrero o venir al galope ante el llamado de su dueño.

Era Simalé de andar alegre, sus cascos pequeños se dibujaban en la tierra mojada y luego se llenaban de agua, gracias a él la tenían todos los días a mano: para fregar, llenar las canoas de los cerdos y de los chivos y hasta para regar los troncos de  Jagüey que sostenían el balanceo de las guajacas.

Así era cada mañana, cada tarde durante muchos años, cuatro latas sobre el aparejo eran como motas de algodón, por las tardes después de cargar varios bultos de leña, se revolcaba en el polvo, girando a un lado y al otro.

Me parece verlo llegar con cinco racimos de palmiche y cual si pesaran poco detenerse debajo de las palmas a masticar una yagua verde. Así era Simalé, un pan despierto.

Aquella noche, extrañó una soga fina que le ató el cuello con brusquedad: le amarraron las cuatro patas y alcanzó a divisar el acero del cuchillo que se clavó con saña debajo del hocico, sufrió, lloró irremediablemente antes que su cuerpo fuese despedazado en bandas y repartido en una orgía entre el tufo de azuquín y las risas burlonas hasta el amanecer.

Cuentan que la policía se atrasó y no encontró ni el rastro de los jinetes de la noche, pero la naturaleza es sabia y gusta de la justicia. En el cielo hay luces y sombras y en la tierra: agua y fuego.

Nadie supo de dónde salió el enorme majá que mordió al jinete Yambó a orillas del Río Mogote, aquella herida jamás sanó, a los siete días picó la gangrena, perdió la pierna, le contaminó la otra que perdió también, su medio cuerpo se arrastra clamando perdón. 

Fue esa misma tarde que le cayó un coco en la cabeza al jinete Yundé: desde esa noche confunde el mar con el cielo y abraza a todas las palmas que ve y le ofrece disculpas como si un recuerdo le atormentase.

Una semana después Yon, el jinete oscuro, cayó de una mata de aguacate con gajo y todo, se rompió la nariz a tal punto que perdió el olfato para siempre, aunque paradójicamente siente olor a sapo podrido hasta en el aroma de las flores más olorosas.

Siete días después, el intrépido jinete Yindre, terminó su rutinaria carrera de cintas enroscado en las patas de su caballo manso, que del susto lo pateó tres veces y su cabeza sonó como una yagua seca en el borde de una palma y le pareció hasta escuchar el rebuzno de Simalé, antes de cerrar los ojos para siempre.

Que se cuide Yendié el último de los jinetes de la noche, quien camina mirando en todas direcciones y todas las noches en sus sueños se le aparece Simalé y danza frente a él, con sus cascos de plata que prenden la tierra como un relámpago de fuego que le persigue y hasta le quema los zapatos ajenos tomados al descuido en su última aventura, tal vez  la última…

viernes, 8 de agosto de 2014

Excursión al campismo Las golondrinas

Refrescando lindo el fin de semana de campismo junto a buenos amigos.
Junto a mi esposa, en el campismo Las Golondrinas.
Nuestros amigos disfrutan el agua del río Mogote.
El Habana Club siete años no nos faltó durante la jornada.
De excursión en el campismo Las Golondrinas.
Las Golondrinas, una maravilla de la naturaleza.
Divino día en las aguas del Mogote en Las Golondrinas.
En familia.
Es una delicia estar en el campismo.
Regalo este paisaje a todos mis amigos del mundo.
Y aquí termino por hoy, espero disfruten las imágenes de nuestra excursión al campismo Las Golondrinas aquí en Cuba.



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