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miércoles, 16 de abril de 2014

Cuba: Memorias y derrumbes*

Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeagua@cultstgo.cult.cu

Al terminar  este libro* me queda la resaca de haber comprendido vacíos que el discurso historiográfico no ha sido capaz de saldar para las generaciones futuras de cubanos. El llevado y traído dilema del compromiso siempre ha estado sobre la mesa. ¿O estás conmigo? ¿O en el otro bando?, son interrogantes necesarias en la vida de todo escritor, sea cubano o de cualquier parte del mundo. No puede pensarse la Cuba actual, si no se expresa con nitidez una ideología política afín al proceso vivido en los últimos 50 años.  Para comprenderla nada mejor entonces que seguir  el derrotero de una de las tesis en la que siempre he creído: literaturizar es un modo de salvar memorias, derrumbes y poner cada cosa en su justo lugar.  

El socialismo ha sido una hermosa utopía conformada con retazos de pasado y sueños, pero las formas de concretarlo no han dejado de ser pesadillas donde reinan las bajezas humanas. La historia escrita por “abogados de oficio”, comprometidos con una visión parcializada del fenómeno, ha estado plagada de triunfalismos y un eslogan tremendo: “EL SOCIALISMO ES IRREVERSIBLE”. Así creció cada persona de la Europa Oriental, así creció cada cubano después de 1960, así crecí yo. Los rusos aparecían siempre como nuestros salvadores. ¿Acaso lo fueron?  Al colapsar el Campo Socialista y la Unión Soviética muchos salimos de aquel letargo en el que permanecimos por años, aunque a ciencia cierta, nos resultaba difícil aceptar el fin de una utopía donde el hombre, supuestamente, había alcanzado sus sueños y creaba las bases para una sociedad nueva. Importante resulta conocer que desde Cuba, intelectuales honestos, ansiosos de una obra duradera, acudieron a la literatura para canalizar reflexiones sobre el devenir de la utopía y señalar  lunares. 

Así encontramos a un Virgilio Piñera que tempranamente advierte, en Presiones y diamantes (1967), sobre la díada: presionados y presionadores,  tan cara a él en las primeras décadas de revolución socialista. Pero también coloca ojos al lector para comprender el dilema individualidad versus masas, y retrata, a estas últimas, poseídas por un efecto zombi que limita el ejercicio de las potencialidades creativas. Piñera construye una variante de escapismo ante la contaminación del pensar: congelar cuerpo y alma ante las desilusiones.  Pero no queda en el desencanto solamente, enfrentarlo también es necesario, para ello se auxilia de un símbolo de la tradición hispana, el Quijote, y lo dota de nuevos contenidos ante el citado efecto…; solamente él tiene la lucidez necesaria para derribarlo, construir donde todo parece estéril.  Piñera muere rodeado de incomunicación, o mejor, completamente aislado,  ello explica el largo silencio en que permaneció su inmensa obra literaria, que fuera considerada, en algún momento, “perniciosa para los jóvenes”(1); y políticamente incorrecta”.(2) Esa cortina de humo no logró sepultarlo como un muerto más, él confiaba en que su literatura lo trascendería, y así sucedió, como el Jesuita que siempre fue, reapareció en mucha gente que sigue sus dictados, conscientes del precio de tener cabeza propia y disentir sabia o irreverentemente cuando hay que hacerlo. El Virgilio de La isla en peso sirve hoy como metáfora a una sociedad necesitada de la irreverencia lúcida, para escoger sabiamente una opción de futuro y construirla entre todos, sin acudir a fórmulas degradantes del ser humano. 

Otro tanto hace Joel James, pero desde un ensayo cuestionador: Vergüenza contra dinero.   Aquí la irreverencia lúcida apunta desvíos, equívocos, propone alternativas, pero sólo es escuchado  por una minoría ilustrada sin espacios suficientes para erguirse y dialogar de igual a igual con los protagonistas de los “desvaríos criticados”. Casi fue juzgado por iconoclasta, o mejor, excluido. Desde su irreverencia, encarna también un nuevo Quijote, y carga sobre los tropiezos del socialismo, juzga sin temor, allí donde hay que hacerlo. Tal parece que la metáfora del ser paranoico, envuelto en fantasías caballerescas, reencarna una y otra vez en los escritores cubanos que creen en la literatura como forma de influir sobre la sociedad y mejorarla. El ejercicio del pensar arriesga el rostro y ejerce de juez. James murió sin renunciar a las ideas escritas en aquel memorable ensayo que hoy está en todas las librerías de Cuba, y la miseria crítica que padecemos, no lo ha visto, o no ha querido hacerlo, para orientar a los lectores y dotarlos de empeños morales para asumir el desafío de rearticular una sociedad, donde tenga espacio el sujeto opinante, comprometido con un futuro mejor. 

No puedo evitar unas líneas al Caliban construido sabiamente por Roberto Fernández Retamar, sobre todo el hecho de nombrar ingredientes necesarios para el socialismo, entre los que menciona la necesidad de integrar pensamiento y dirección como recursos estratégicos para conducir la nación hacia una sociedad más lograda en sus fundamentos éticos. La necesidad también de asumir fechas y nombres gloriosos, que salven la memoria y permitan recorrer caminos acertados para no dar margen a desviaciones lamentables. Incluso llega a posponer la escritura crítica, pues si esta pone en peligro la vitalidad del socialismo, no puede hacerse mientras seamos un costado del mundo, en abierta guerra cultural con los imperios, sobre todo el estadounidense, parece decirnos, pues todo lo que siembra división, siempre será usado para derrumbar lo que tanto costó levantar. 
 
Novelas densas sobre la historia universal requieren oficio para no hacerlas aburridas. Rodeada de un hálito misterioso llegó a mí El hombre que amaba los perros (2010) (primera edición cubana), de Leonardo Padura. Se vendió de manera silenciosa, casi clandestina, a los escritores y a algún que otro miembro de algunos sectores intelectuales “preparados para su lectura”. Una buena amiga la hizo llegar y me fui a la finca de mis ancestros para leerla alejado de la civilización. Al concluir su lectura no pude evitar escribir lo que sigue: “Libro generoso, imposible borrar de la memoria. Las historias narradas generan, sobre todas las cosas, desilusión con uno mismo, compasión hacia todos los que apostamos al milagro y nunca llegó; pero también miedo por nunca atrevernos a intentar ser uno en la uniformidad”. (Junio, 14, 2011). Al hacer el citado apunte, recordé que en fecha similar había nacido Ernesto Guevara de la Serna (Che), el hombre que encarnó la voluntad quijotesca de redimir a América Latina y provocar la revolución continental del socialismo. No pude obviar el recuerdo de sus últimos días, sin apoyo, aislado, acompañado por el sueño emancipador de un mundo mejor, pero con la certeza de que no debía ser como el de la  Unión  Soviética. De estar vivo, contaría a Padura entre los novelistas más interesantes de los últimos años en Cuba.  Consideraría necesario El hombre que amaba los perros, lo tendría como libro de cabecera para un revolucionario crítico de estos tiempos, e invitaría a formar círculos de lectores, haría preguntas como las que tuvimos que hacerle a los personajes de la novela, sobre aspectos grotescos de la caricatura de socialismo que legaron a la humanidad, bañado de pesadillas y sangre en su órbita errante por el siglo XX.  

Abel Prieto, imbuido por su relación con el humor político para comprender los desaciertos del socialismo de Europa Oriental, escribe una novela que tiene a un pinareño como protagonista. Viajes de Miguel Luna (2011) es su título. –el autor también es pinareño-. El perfil del personaje principal permite comprender que se trata de un escritor frustrado, debatiéndose entre el ser o el no ser, entre el hecho de vivir literariamente la vida, o apartarse y ser un número más en medio de la uniformidad. Prieto se encarga de hacer casi repulsivo el personaje, pues está cargado de defectos que lo hacen intolerable para los demás,  pero se aprovecha de eso para mostrar el universo de relaciones que giran en torno al mismo, donde no faltan oportunistas, mediocres, falsos dirigentes, envidiosos, delatores, políticas erradas para involucrar a un ser humano en una institución cultural, en fin, las mezquindades generados por el socialismo a su paso por el terreno cultural y hasta social.  El hecho de valerse de una metáfora geográfica como Mulgavia, para volcar sus reflexiones sobre las desviaciones de la gran utopía del siglo XX, tiene también su mérito, pues revela lo que Virgilio Piñera había advertido tempranamente en Presiones y diamantes: el efecto zombi que todo lo hace homogéneo, empacado y no da margen alguno a la diferencia, a la creación, y niega el ejercicio de la individualidad en medio de la uniformidad. Una obra así, de ser escrita en el llamado quinquenio gris (década de los 70, siglo XX), hubiera generado la expulsión del reino de las letras; hoy su autor se contaría entre los marginados de esos años, pero gracias a los cambios morales producidos en el pensamiento político de la revolución,  poco a poco va ganando terreno la necesidad de volcarse sobre los problemas generados por el socialismo y dinamitar sus zonas podridas para poder sembrar, donde antes hubo miedos y uniformidades. 

Eliades Acosta acude al ensayo y escribe Siglo XX: intelectuales militantes (2007), en el que realiza un interesante balance de las ganancias y pérdidas del socialismo a su paso por Europa, Asia y América Latina. Llama a Stalin, torpe y de una cortedad política que no le permite comprender la crítica como soporte moral para afianzar lo construido.  Queda claro, al menos para mí, al escribir sobre este libro,  que procesos totalitarios, -el nazismo y el estalinismo-, se rodearon física y espiritualmente de hombres inteligentes para fundamentar sus proyectos,  y descabezar a los que se opusieran a sus ambiciones. Todo ello ayudó a su derrota, y a sembrar el temor al brote de  procesos como los señalados. Felizmente, la dirección política de Cuba tuvo claridad sobre esos desaciertos, y proyectó una serie de rectificaciones para reorientar el navío socialista en medio de la tormenta de credibilidad en que se vio envuelto. En todo ese proceso de búsquedas y rectificaciones llega la crisis de los 90, y hubo que obviar la estrategia y centrarse en la sobrevivencia de la revolución, la mayoría de las rectificaciones tuvieron que hacerse a un lado;  Acosta Matos, con aguda inteligencia parece sugerir esa lectura, aunque no la plantea formalmente. Acude a un símbolo, construido por occidente, para explicar  el resurgimiento del socialismo en Venezuela con la llamada Revolución Bolivariana: Prometeo, el titán que roba el fuego a los dioses del Olimpo y lo dona a los hombres para que prosperen y se multipliquen. Es un momento, nos dice, donde la intelectualidad comprometida se unió, e inició nuevas búsquedas para construir lo que comenzó a llamarse socialismo del siglo XXI; todavía indefinido en términos conceptuales, aunque quiere borrar de la memoria histórica el experimento fallido del XX, y proyectar la nueva utopía - no deja de ser la misma de antes-, sobre sólidas bases humanistas, donde el hombre sea el centro de todos los poderes públicos.  El liderazgo de Chávez parece ser el camino, aunque no puedo evitar volver a Martí,  cuando alertó sobre el rol del caudillo populista en los procesos políticos; al faltar –advierte el Maestro-, los pueblos no acostumbrados al ejercicio de la democracia son invadidos por una anarquía incontrolable, necesaria para los oportunistas de siete suelas, impelidos a acudir al instrumento represivo de los ejércitos, y restablecer a sangre y fuego sus privilegios, untados con los aceites de la inteligencia negadora de otras posibilidades. No olvidar tampoco que el socialismo tiene una casta de funcionarios ligados por intereses afines y necesitados de mantenerse en posiciones privilegiadas de poder y prestigio;  ineludible resulta saber que la última palabra, sobre la continuidad del proceso,  por las vías tradicionales, o de nuevo tipo, la tienen ellos. ¿Qué ha sucedido hasta ahora en los países socialistas cuando ha faltado el líder?  ¿El hombre masa ha tenido lucidez para enfrentar a la casta de funcionarios y derrotarlos? Los que recibieron la antorcha socialista, en el siglo XXI, tienen la última palabra.  

Para el final he dejado a la poesía, no porque sea un arte menor, ni por pura casualidad, sino porque los jóvenes cubanos –actuales protagonistas del torrente histórico-  acuden a su templo para interrogar pasado,  presente y futuro, del mundo que les ha tocado vivir. Así encontramos la obra del cimarronzuelo oriental, Eduard Encina (3), que  lega a sus contemporáneos la concienciación de los límites para sobrevivir y encontrarse en la muchedumbre con una identidad propia; tiende puentes para alcanzarla, aunque constantemente asechen las “vilezas del sistema” que le ha tocado vivir,  e inhabilitan para conquistar lo imposible. Las trompetas del juicio final anuncian que la historia se ha vuelto piedra, que el temor está en el sujeto, cercado por las orillas tendidas en torno suyo y de las que no logra liberarse. Espiritualmente se sabe de cualquier parte, pero el cuerpo permanece atado a la isla, a los dolores que todo inmovilismo genera.  Encina propone la realización individual desde la resistencia, es una de las formas negadoras de la terrible uniformidad del hombre masa acodado en cada esquina de los tiempos. Su repertorio lírico es amplio testimonio de los codazos de la historia, de los empujones por llegar primero y olvidar al otro, de los retorcijones de orejas de nuestros padres por pensar con cabeza propia  y negar lo inservible, de tener ojos para dinamitar lo podrido y sembrar donde todo parece perdido. 

Oscar Cruz (4), también desde oriente,  parece enfocarse en la construcción de una nueva “cabeza negadora”,  o mejor, es el poeta de las recetas y las fórmulas fáciles para el lector contemporáneo, pudieran argumentar las viejas promociones de la poesía cubana, ancladas en la llamada “calidad literaria”, que niega lo diferente, funcione o no, y hasta lo demonizan si no responde a sus dictados estéticos.  Pero no es tan así, pues Cruz, desde el presente que le ha correspondido vivir, se alza  contra las imposiciones promocionales e instaura un reino lírico, seguido por muchos jóvenes, para testimoniar los tiempos que corren. No le asisten temores, ni espíritus de aldea, sencillamente se alimenta de las circunstancias que circundan al sujeto y desde ellas nombra donde nadie se atreve a corporeizar la nación. Le interesa vehicular el imaginario de un país traumatizado en sus cimientos morales, por un régimen de errático recorrido en el siglo XX; usar la “poesía” como árbitro de ese itinerario. Por esa razón lo sagrado es bajado de los pedestales que no significan nada para ese “hombre masa” bajo el efecto zombi explicado en estas páginas, y las razones del poema son encontradas en miradas iconoclastas, antirretóricas, y yo diría que hasta provocadoras, pues logran captar lo mediato del tiempo vivido, en una especie de crónica anticipada de lo histórico, y congela todo lo que la memoria olvida, o sencillamente, otros géneros literarios tardan en visualizar.

Límites y circunstancias me ha servido, y creo servirá al lector cubano y universal,  para hacer una cartografía literaria del socialismo; seguir sus extravíos a través de las subjetividades, aquí analizadas, y comprender, sobre todas las cosas, que no ha pasado del cuestionamiento a los problemas del capitalismo, y se ha enlodado en otros, de los que no logra desembarazarse, a pesar de los tiempos. No obstante, la utopía de un mundo mejor sigue esperando en el Tercer Milenio para hacernos con ella y liberar al hombre de cualquier esclavitud que ate sus energías creativas.

Notas
1.  Espinosa, Carlos: Virgilio Piñera en persona, p.332.
2.  Espinosa, Carlos: Obra citada, p. 349.
3. Ver sus libros: De Ángel y Perverso. Ediciones Santiago. Santiago de Cuba, 2000, El perdón del agua, Ediciones Santiago, Santiago de Cuba, 2003, El silencio de los peces, Editora Abril, La Habana, 2003, Golpes Bajos, Editora Abril, La Habana, 2004  y Lectura de patmos, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2011.
5. Ver sus textos: Pájaros de Manduley, en La Noria, No. 3, Santiago de Cuba, 2011, p.14; La maestranza, en La Noria, No. 3, Santiago de Cuba, 2011, p.13; La plomada, en La Noria, No. 4, Santiago de Cuba, 2012, p.30; y el libro Balada del buen muñeco, Colección Sureditores, La Habana, 2013

Bibliografía
ACOSTA MATOS, ELIADES (2007). Siglo XX: intelectuales militantes, Editora Abril, La Habana.
MARTÍ, JOSÉ (1964): Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos, Tomo 19, Editorial Nacional de Cuba, La Habana
PADURA, LEONARDO (2010). El hombre que amaba los perros, Ediciones Unión, La Habana.
PRIETO, ABEL (2011). Viajes de Miguel Luna, Editorial Letras Cubanas, La Habana
PIÑERA, VIRGILIO (2011). Presiones y diamantes, Ediciones Unión, La Habana.
JAMES, JOEL (2012). Vergüenza contra dinero, Ediciones Santiago, Cuba.

*Pertenece a mi libro de ensayos inédito: Límites y circunstancias, Cuba, 2012-2013.

jueves, 29 de agosto de 2013

Mi homenaje a Jaime Sarusky

“Maestro nada, aquí el que merece honor es usted por ese magnífico ensayo”. Me abrazo y hablamos de sus libros, de los textos imprescindibles que debía leer como escritor en formación.
Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu 

Ha muerto Jaime Sarusky, un hombre providencial, como el personaje de una de sus novelas ganadoras del premio Alejo Carpentier. A Sarusky lo conocí personalmente en la jornada de celebraciones del cumpleaños 80 del poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar, celebrado en la sala Villena de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

Recuerdo que fue un siete de junio de 2010, dos días antes del cumpleaños del autor de Caliban. Gracias a la poetisa Nancy Morejón leí, esa tarde para muchos grandes  de la cultura cubana, mi ensayo: “Actualidad de Caliban en la amenazada casa del futuro”. No olvido que me acompañaron Pedro Oraá   y Miguel Barnet en aquella jornada simbólica. En el auditorio estaban los Fornet (padre e hijo), y Adelaida del Juan e hijas.

Al concluir la lectura, nos reunimos en torno a Retamar, Ambrosio Fornet, Roberto Varela, Jaime Sarusky y yo.  Pedí al autor de “¿Y Fernández?” Me dedicara “Todo Caliban”. En trazos temblorosos estampó unas palabras que conservo como un preciado tesoro en mi biblioteca personal: “CON CARIÑO, AL AGUDO Y GENEROSO ARNOLDO FERNÁNDEZ”.

Luego llegó el brindis. Compartimos varias copas. En aquel angustioso momento, para mí, miraba a todos lados, pues las personas se agruparon según sus afinidades y me  sentí aislado en aquella selva de grandes intelectuales cubanos. En ese instante, apareció un hombre de sonrisa bondadosa y me ofreció su mano saludadora. Al mirarlo, aprecié enseguida que se trataba de Sarusky, le dije: MAESTRO ES UN HONOR COMPARTIR CON USTED, a lo que respondió, “maestro nada, aquí el que merece honor es usted por ese magnífico ensayo”. Me abrazó y hablamos de sus libros, de los textos imprescindibles que debía leer como escritor en formación.

Aquel hombre providencial quedó grabado en mi memoria para siempre.  Tanto él, como Retamar fueron muy generosos conmigo. Conservo una foto memorable de aquel encuentro, que hoy, mi Caracol de agua comparte con todos sus amigos del mundo. HONOR A QUIEN HONOR MERECE. 

martes, 17 de agosto de 2010

Actualidad de Caliban en la amenazada casa del futuro (1)

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

"Todo Caliban ", del poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar, agrupa un conjunto de textos fundacionales en el pensamiento latinoamericano, siempre habrá que ir una y otra vez a su lectura, para comprender el conflicto cultural entre América Latina y Europa. A continuación ilustro algunas de sus ideas, y su vigencia en la amenazada casa del futuro.

La simbología del Viejo Continente, el que nos descubrió o encontró por casualidad, es reinterpretada al calor de las nuevas circunstancias y consecuencias que de ese hecho se derivaron. Sin ser un especialista, ni mucho menos un viajero generoso que viene de afuera a adentro, el hombre de Europa descubrió y colonizó nuestras tierras y las dotó de significados distintos; no olvidemos que quien manda nombra y este es uno de los tristes episodios de la historia universal.

Aquellos aventureros venían alucinados tras leyendas míticas narradas por voces marineras: la fuente de la juventud, el Dorado; que en su conjunto movieron la codicia y el afán emprendedor por conquistar lo desconocido, y borrar los emblemas a partir de los cuales se interpretaba la vida de este lado del Océano.

Es sumamente curioso lo ocurrido con algunos símbolos, “del Viejo Continente”, ya nuestros, como es el caso de Caliban, el bárbaro al que Shakespeare dio un perfil universal a través de The Tempest (1625). Shakespeare diseña un arquetipo, el hombre de costumbres brutales, dueño de una tierra que no sabe cultivar ni defender. Ese hombre sirve de material para que Europa defina a Caliban.

Fernández Retamar precisa un detalle interesante en el Caliban germinal de 1971, a propósito del Diario de Colón:
“...lejos de allí había hombres de un ojo, y otros con hocicos de perros que comían a los hombres…”(2)
“…así que monstruos no he hallado, ni noticia, salvo de una isla, (de Quarives), la segunda a la entrada de las Indias, que es poblada de una gente que tienen en todas las islas por muy feroces, los cuales comen carne humana”.(3)

Retamar demuestra que esas visiones de los aborígenes americanos se difunden por Europa y dan lugar al “hombre bestial situado irremediablemente al margen de la civilización, y a quien es menester combatir a sangre y fuego”.(4) Una versión degradada del hombre al que colonizan bárbaramente hasta el exterminio como lo hicieron con los nobles taínos o los “desnudos y heroicos Caracas”.

Todo lo anterior determinó la escritura de un “Caliban” desde el costado latinoamericano y caribeño. El mismo parte del ya célebre “Caliban” de 1971 y otras aproximaciones al calor de los nuevos tiempos, bajo el título “Todo Caliban”. Así aparecen: “Caliban revisitado” de 1986, “Caliban en esta hora de nuestra América” de 1991, “Caliban quinientos años más tarde” de 1992 y “Caliban ante la antropofagia” de 1999.

En el Caliban de 1971, el autor realiza un balance y evaluación del símbolo edificado por los europeos, y el creado por Latinoamérica y el Caribe, las diferencias entre uno y otro y el porqué se convierte en símbolo identitario para los segundos. Lo llama “concepto metáfora”, o “personaje conceptual”. Incluso le da nuevas interpretaciones relacionadas con la América europea y los símbolos asociados a la misma, sobre todo, por los espejismos de prosperidad construidos en el llamado “Primer mundo”.

Ya una vez escribí, en uno de mis ensayos titulado “La soledad del oficio”: “El Calibán de Fernández Retamar es un símbolo de resistencia escrito con los ojos de Martí. Mientras nuestra América exista en el concierto de las naciones está obligada a escribir desde esa mirada, no hay otro camino”.

Fernández Retamar también nos habla de la anti-América, la de quienes trataron o intentan imponernos esquemas metropolitanos, “o..., mansamente reproducen de modo provinciano lo que en otros países tiene su razón de ser”. Ante esa realidad el intelectual honesto debe implicarse sin olvidar que:
“Intelectual será un teórico y dirigente -como Mariátegui o Mella-, un investigador -como Fernando Ortiz-, un escritor –como César Vallejo-. En todos estos casos, sus ejemplos concretos nos dicen más que cualquier generalización vaga”.(5)

Este primer ensayo tiene el mérito de presentarnos el debate de ideas ensanchado a partir del Primero de Enero de 1959, con el estreno de la épica revolucionaria, y lo que representan las figuras de Fidel Castro y Ernesto Guevara como atributos de Caliban.

Se ha dicho que este ensayo tiene una lectura extremadamente política y centrada en el Caribe hecho que limita su universalidad en el contexto de la reflexión latinoamericana sobre el problema de la identidad; sin embargo, el autor, en todo momento, defiende el supuesto de una cultura latinoamericana viva, y no se limita a describir sus rasgos identitarios o exóticos. Tiene el mérito de defender un conjunto de fechas, no sólo del Caribe, sino también de nuestra América y aclara:
“Fechas así, para una mirada superficial, podría parecer que no tienen relación muy directa con nuestra cultura. Y en realidad es todo lo contrario: nuestra cultura es -y sólo puede ser- hija de la revolución, de nuestro multisecular rechazo a todos los colonialismos; nuestra cultura, al igual que toda cultura, requiere como primera condición nuestra propia existencia”.(6)

También pudiera pensarse que estos ensayos constituyen un elogio de figuras cimeras de la cultura latinoamericana y caribeña, mencionados extensamente en algunas de sus páginas, desde luego, la crítica vendría de esas metrópolis que nos marginan e intentan anularnos en los escenarios donde reina Próspero. Fernández Retamar señala: “Para ser consecuentes con nuestra actitud anticolonialista, tenemos que volvernos efectivamente a los hombres y mujeres nuestros que en su conducta y en su pensamiento han encarnado e iluminado esta actitud”.(7)

Otros, malintencionados, y por supuesto, críticos de la imagen del Caliban resignificada por Fernández Retamar, llaman engañosamente sencilla esta propuesta y tratan inútilmente de mostrar sus limitaciones a toda costa. Ante los mismos aclara Roberto: “Hablé en él de nuestra América mestiza con palabras, y sobre todo con razonamientos de José Martí”.(8)Un pensador llameante de obligada referencia en el mundo de hoy, si mantenemos la aspiración de echar nuestra suerte con los “pobres de la tierra”, dígase aborígenes, negros, mestizos, esa cultura de síntesis que define a Caliban.

El autor incluye, en la edición del ALBA, una posdata escrita en la que nos habla de algunas novedades como la inclusión de mujeres ante la excesiva presentación de hombres en la edición inicial; el hecho de hacerle justicia a George Lamming el “primer escritor latinoamericano y caribeño en asumir la identificación (especialmente la del Caribe)” del Caliban, en su obra Los placeres del exilio; y nuevas precisiones en el uso del concepto mestizaje en su sentido cultural más que étnico.

En “Caliban revisitado” Fernández Retamar explica las circunstancias históricas que dieron origen al ensayo, y algunas cuestiones, que, con el devenir de los años, obligaron a reconsiderarlas y otras a mantenerlas por razones éticas:
“Mis líneas no nacieron del vacío sino de una coyuntura concreta llena de pasión y, por nuestra parte, de indignación ante el paternalismo, la acusación a la ligera contra Cuba, y hasta las grotescas vergüenza y cólera de quienes habían decidido proclamarse, cómodamente instalados en Occidente, con sus miedos, sus culpas y sus prejuicios, fiscales de la revolución”.(9)

De hecho, en las páginas de esta obra, el autor asiste y participa críticamente del debate cultural que sirvió de contenido a la primera edición de Calibán en 1971. Por sus páginas transitan figuras emblemáticas y contradictorias como Alfred Sauvy, Mario Vargas Llosa, Ángel Rama, Heberto Padilla, Julio Cortázar, Emir Rodríguez Monegal, Jorge Luis Borges, Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante, Juan Goytosolo y Carlos Fuentes. Incluso realiza una valoración crítica de las revistas Cuadernos y Mundo Nuevo como “raíces del ambiente en que se iba a gestar Caliban”.(10) En ese contexto se trataba, sobre todas las cosas, “de una reinterpretación de nuestro mundo, a la luz exigente de la revolución”.(11)

Ante los que critican al Caliban latinoamericano y caribeño Retamar señala:
“Mi aspiración no es, no fue nunca, presentar la América Latina y el Caribe como una comarca cortada del resto del mundo, sino como una parte del mundo: una parte que debe ser vista con la misma atención y el mismo respeto que las demás, no como una paráfrasis de Occidente”.(12)

"Todo Caliban” tiene entre sus virtudes el hecho de aproximarnos al debate de ideas en torno a los conceptos: modernidad, modernismo, lo propio de uno y lo propio del otro, la repercusión de esos procesos en nuestra América y la forma en que se han interpretado y evaluado los mismos. Nos acerca también al simbolismo de “Caliban, quinientos años mas tarde”; incluso los conceptos a partir de los cuales se intentó caracterizar las realidades de estas tierras, e ilustran con claridad el ensanchamiento de la brecha entre países pobres y países ricos.

Fernández Retamar señala hacia la imaginación, como fuerza poética para entrar sin temor en la amenazada casa del futuro:
“Religiones, filosofías, artes, sueños, utopías, delirios, lo han anunciado en todas partes. Será el fin de la prehistoria y el comienzo de la casi virginal historia del alma. Si no, será sin duda el prematuro fin de nosotros los seres humanos, quienes habríamos precipitado antes de tiempo el final del diminuto fragmento de existencia cósmica que nos fue asignado”.(13)

A las visiones apocalípticas “opongámosle también la confianza en la imaginación, esa fuerza esencialmente poética. Y así podremos prepararnos para entrar sin temor en la amenazada casa del futuro…” (14)

Llamo la atención sobre el texto “Caliban ante la antropofagia”, en el que Retamar realiza algunas consideraciones relacionadas con la evolución del nombre Caliban en su tránsito por el inglés, el francés, hasta llegar al español, y porqué se convierte en una palabra llana:
“…después de todo la madre del cordero, Colón, de la palabra caribe, hizo caniba, y luego caníbal, cuyo anagrama lógico es Caliban, palabra llana que es la que empleo desde hace tiempo, a partir de una conferencia que ofrecí en Santiago de Cuba. Me gustaría que se aceptara esta sana rectificación, a sabiendas de lo difícil que es modificar arraigados hábitos lingüísticos mal avenidos con la lógica. Por mi parte, me parece bien paradójico que un texto que se quiere anticolonialista empiece por no serlo en el título mismo”.(15)

En las páginas de este último ensayo realiza una valoración del legado de Oswal de Andrade y su visión de la antropofagia. Presenta las similitudes entre la “Antropofagia de Andrade” y el “Caliban latinoamericano”:
“Tanto la Antropofagia como mi Caliban se proponían reivindicar, y esgrimir como símbolos válidos, un costado de nuestra América que la historia había denigrado. Ambos reclamaban el derecho que nos asiste no sólo de incorporarnos al mundo, sino de incorporarnos el mundo, de acuerdo con las características que nos son propias. Ambos son obras de poetas, que se valen libremente de imágenes”.(16)

A pesar de los 39 años cumplidos, Caliban es un referente obligatorio en los asuntos que atañen a lo nuestro, a Latinoamérica, a Cuba. Retamar es un poeta-pensador que no ha sucumbido, a pesar de los tiempos, a las tentaciones de Próspero y se mantiene fiel al legado ético de José Martí. Roberto es un ser excepcional que ama tanto la poesía como deplora lo «poético», aunque ha confesado a algunos amigos que “Caliban se ha convertido en su Próspero”.

Fotografías:
1. Roberto Fernández Retamar.

Referencias:
1.Ensayo leído en la tarde del 7 de junio de 2010, en la sala Rubén Martínez Villena de la UNEAC, en Homenaje al cumpleaños 80 del poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar.
2.Retamar Fernández, Roberto: citado en Todo Caliban, Fondo Cultural del ALBA, La Habana, 2006, p. 16.
3.Retamar Fernández, Roberto: Obra citada, p. 17.
4.Ibíd.,
5.Ibiden, p. 77
6.Ibiden, p. 73.
7.Ibiden, p. 40-41.
8.Ibiden, p. 92.
9.Ibiden, p. 111.
10.Ibiden, p. 104.
11.Ibiden, p. 112.
12.Ibiden, p. 115.
13.Ibiden, p. 177.
14.Ibiden, p. 177-178.
15.Ibiden, p. 180.
16.Ibiden, p. 188.

miércoles, 23 de junio de 2010

En el cumpleaños de Roberto Fernández Retamar

Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com


Roberto Fernández Retamar y Arnoldo Fernández, en el cumpleaños 80 del primero de ellos.


Adelaida del Juan, Nancy Morejón, Roberto Fernández Retamar, Arnoldo Fernández, Ambrosio Fornet y Pedro Oraá.

Adelaida del Juan, Roberto Fernández Retamar y Arnoldo Fernández Verdecia.

miércoles, 9 de junio de 2010

Roberto Fernández Retamar: el hombre de la gorra


Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

A ESE GRAN PADRE QUE TIENES, LAIDI LLAMADO ROBERTO FERNÁNDEZ RETAMAR, QUE HOY CUMPLE AÑOS 

He visto al hombre de la gorra
y dos palabras bastaron
para marcarme
“agudo y generoso”.
Desde su paso de caracol
me llamó por mi nombre
mientras otros bebían
y una que otra fotografía
registrara el hecho.
He visto al hombre de la gorra
y ahora comprendo el alcance
de sus largos dedos
el traqueteo de la máquina
en la madrugada
“Ahora entra aquí él, para mi sorpresa”.
Y estoy a su lado como
un Romeo de provincia.
De regreso a casa
sólo me quedan estos versos:
“Como un mosquetero. No sé.
Vivió la literatura, como vivió las ideas,
las palabras…”

Adelaida del Juan, Roberto Fernández Retamar y Arnoldo Fernández.
De izquierda a derecha Adelaida del Juan, Nancy Morejón, Roberto Fernández Retamar, Arnoldo Fernández Verdecia, Pedro Oraá y Ambrosio Fornet.


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