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| “Una sociedad cerrada dentro de una conceptualística estalininista no tiene nada que decir o que hacer en el renovado planteamiento revolucionario socialista”. (Jame, Joel: 2012: 39) |
Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu
Las
vanguardias ilustradas siempre han jugado un papel positivo o negativo en los
cambios o retroceso sociales. Negarlo es un acto de ceguera política. Al leer Vergüenza contra dinero, ensayo lúcido,
del fallecido Joel James Figarola, pienso una y otra vez en el rol del
intelectual para orientar, criticar y enrumbar hacia caminos afortunados.
Libro escrito
en la década de 1990, al calor de un mundo convulso; lleno de inseguridades;
tildado de revisionista; sometido a valoraciones desacertadas, sin comprender
el alcance de su meditación, más allá de tecnicismos, o mera retórica; obliga a
pensar, cuánto camino se habría ahorrado la clase dirigente cubana para no llegar
a la situación que transita hoy, casi en trance de suicido económico.
En aquel
momento escribir un aserto como el siguiente era echar leña al fuego: en “una
estructuración institucional aún no ajustada… como la nuestra”, pueden generarse
fallas en los mecanismos de control, y por las mismas se “filtran los ingresos,
opciones no autorizadas de apropiación
individual”. O sencillamente llamar la atención con una sentencia: “En todas
partes hay gentes vendible y comprable, y entre nosotros también”. (Jame, Joel:
2012: 20). Fue una temprana alerta que casi nadie escuchó, o no quisieron
hacerlo, sobre todo los adoctrinados en un marxismo de corte estalinista, que
concebían al estado como algo omnímodo. Ante una evidencia tan clara, Figarola
precisa: “Una sociedad cerrada dentro de una conceptualística estalininista no
tiene nada que decir o que hacer en el renovado planteamiento revolucionario
socialista”. (Jame, Joel: 2012: 39)
“Una teoría
revolucionaria congruente con la experiencia mundial acumulada, nutrida en lo
esencial de un marxismo dialéctico y
desprovisto de determinaciones místicas, habrá de laborar arduamente para
situar la categoría dictadura del
proletariado en su justo lugar, evitando los riesgos casi irreversibles de que
una aplicación mecanicista y
acrítica de la misma conduzca a la
hegemonía de sectores y mentalidades burocráticos dentro del cuerpo social; al
otorgamiento al proletariado de capacidades de iniciativas por encima de las
que en efecto pueda poseer en cada coyuntura concreta y sobre que semejante pretendida dictadura sólo
sirva, a la postre, para excluir o alejar del proyecto revolucionario otras
clases o grupos con él comprometidos o identificados”. (Jame, Joel: 2012: 39)
Analizar como
hombre de ciencias lo ocurrido en la década de 1960, y señalar los errores
cometidos por la dirección de la revolución, un desafío, para una sociedad,
acostumbrada a esperar ese tipo de conclusiones verticalmente: “ (…) fue
equivocada la política de estatización extrema llevada a cabo, con una voluntad
ideologizada, por la Revolución Cubana y que dentro
de los resultados adversos y dañinos que todo ello acarreó, la afectación del
campesinado como clase, constituyó uno de los más lamentables,
conjuntamente con la desaparición de la
infraestructura de servicios en manos privadas que en esencia se liquidó con la llamada ofensiva
revolucionaria de 1968”. (Jame,
Joel: 2012: 38-39)
Cuestionar
abiertamente, a partir de un conjunto de interrogantes, a la dirección política
de la revolución, en aquellos cruciales años,
es un modelo, para el intelectual cubano de hoy, sólo superado por su
predecesor más ilustre, Ernesto Guevara: “¿Había que expropiar totalmente las
fincas de más de cinco caballerías tal como lo decretó la Segunda Ley de Reforma Agraria?
“¿No era más
prudente dejar a los latifundistas -en tránsito
de ya no serlo- la extensión máxima de cinco caballerías estipuladas por
la ley? ¿No se hubiese preservado así
una continuidad en la producción agropecuaria
superior a la que en realidad se
obtuvo? ¿No hubiese sido una mejor estrategia
responsabilizar al sector privado con la alimentación de la población, y
especializar al sector estatal en aquellas producciones destinadas a la exportación?” (Jame, Joel:
2012: 38)
Sus
reflexiones en torno un socialismo, ajustado a los intereses del cubano, tienen notable vigencia:
“El
socialismo, cuando sea, será obra de la mayor parte de la sociedad, la clase
obrera dirija este proceso o no, depende de cómo se defina esta propia clase y
cómo resuelva su comunicación interna entre los distintos segmentos que la
integran”. (Jame, Joel: 2012: 39)
“El expediente
del socialismo de Estado, inseparable de un alto grado de centralización y
autoritarismo, no podrá equiparse jamás con un auténtico programa de estado
socialista, de suyo humanista, consciente y desalienado, obra de la libre
asociación de entidades productoras independientes”. (Jame, Joel: 2012: 40)
Cuatro
ediciones se hicieron de Vergüenza contra
dinero, libro seminal del pensamiento cubano. La primera, desparecida misteriosamente,
sin el necesario debate que reclamaron estas ideas, en un momento esencial, de
replanteamientos del camino a recorrer por la revolución. Joel James Figarola
hace honor al aserto martiano de no soldadear a un lado de la batalla como un
número más, sino como un crítico de la obra que ayudó a edificar. Tal vez por
eso cierra el ensayo, apelando a una divisa ética, de profundo alcance:
“Vergüenza contra dinero entre nosotros hoy se contiene dentro de la definición
mayor de PATRIA O MUERTE”. (Jame,
Joel: 2012: 42)
La lectura de Vergüenza contra dinero implica tener
claridad de que Cuba necesita hoy, más que nunca en toda su historia, de
intelectuales honestos, con una reflexión crítica desprejuiciada y comprometida
con los cambios, sin olvidar el llamado de James Figarola a: “Dotar de empeños
morales el empeño político…” (Jame, Joel: 2012: 7)
JAMES, JOEL
(2012). Vergüenza contra dinero, Ediciones Santiago, Cuba.
