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lunes, 8 de abril de 2013

“Sólo la familia une a los cubanos estén donde estén”

Habló de la vida allá, acá. El valor de la familia; los amigos.

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

“¡Boricua defiende lo tuyo!”, “¡Sacude la arena!”, o la historia del cazador de cocodrilos Jimy en la Luisiana, que no sabe quién es Obama o si Lincoln está vivo o muerto, nos regaló un buen cubano de la otra orilla, familiar cercano por cierto, de visita en casa por unos días.

Nos contó de los once años de pasar todo tipo de trabajos para alcanzar un bienestar estable. Habló de la vida allá, acá. El valor de la familia; los amigos. “¡No imaginas el significado de estos encuentros para mí!”, dijo, entre emocionado y nostálgico.

En una máquina de la década del 50, del siglo XX, conducida por su hermano, recorrimos el pueblo varias veces, fuimos a las casas de amigos, familiares, y sin perder la picaresca del hombre nacido en Cuba, sorprendió con bromas y abrazos.

Un mar de personas llenó la casona familiar de sus abuelos; ahora una tía reside en ella junto a mí padre, -éste último-, para él, “un progenitor que yo todavía no se valorar bien;  siempre preocupado por todos. ¡Tremendo hombre coño!”, y nuevamente asomaron sus emociones.

Me confesó que seguía el Caracol de agua y gustaba en verdad de sus publicaciones, “habla como somos los cubanos, como vivimos, hace la crónica de la vida difícil de nuestro tiempo”, por eso la sigo, por eso la siguen amigos y amigas de la isla residentes en Estados Unidos. 

Sobre un sofá de madera Morfeo lo acunó. “¡Apaguen la luz carajo. Déjenme dormir. No jodan más!”. Cerró sus ojos embriagado de felicidad.  En casa habíamos dejado la mejor cama para él, las mejores comodidades, pero en un arranqué de cubanía olvidó su estabilidad ganada con trabajo en Estados Unidos y durmió con ropa y sin bañarse. Lo despertó el ladrido de Bilín, el can de su tía. Se levantó asustado y   recordó las vivencias de la noche en el hotel Carnero, la añorada visita al Pérez, -otro de los hoteles de la ciudad-, y los esfuerzos realizados por mi padre para hacerlo descansar.

Al partir, sonaba de fondo el “Son a Contramaestre”.  Me preguntó: “¿Y ese quién es?” Le respondí, Eduardo Sosa. “Suena bien”, fue su respuesta. Abrazos, apretones de manos y  mucha  salud flotaron en el ambiente. Atrás,  quedamos nosotros con nuestras tristezas y alegrías. Él regresaba a su nueva patria con la alegría de haber vivido una aventura, donde el amor reinó por siempre. Si alguien me dijera cómo titularía esta crónica, respondería sin dudar: “Sólo la familia une a los cubanos estén donde estén”.


Junto a dos hermanos y un tío.
Junto a varios tíos y un hermano.
Junto a viejos amigos.



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