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sábado, 6 de octubre de 2012

La verdadera historia de una vaca cubana


Algún ruido cerca, abría la ventana y Mariposa resoplaba. No me han llevado, parecía decir.
Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Mi Abuelo tenía muchas vacas y una yunta de toros dedicada al trabajo agrario. Mariposa, Estrella, Maquinaria, Pajarito, Candela, y Rosado fueron familiares en nuestro mundo. Nunca faltó la leche en casa.

Oscuro, Abuelo ordeñaba. Iba con mi jarro y un cuartito de café y  pedía llenara directo de la ubre. Decían que el  guajiro, al ingerirla, crecía sano. La tomé muchas veces, quizás por eso conservo mi dentadura.

Con el Período Especial, 1991-1992, la vida cambió. El sacrificio de ganado cobró excesivas víctimas.  Vimos desaparecer a Maquinaria, Estrella, Pajarito y no aparecían los ladrones.

Abuelo, cansado de luchar, vendió la yunta y las vacas;  dejó una para la familia. Cuando paría, cuidaba al ternero  hasta llegar a novillo; luego lo vendía, a la pesa, muy barato. No era buen negocio, decía, pero qué otra cosa podía hacer.

Nunca en casa se compró leche, pues teníamos sospecha de que estaba aguada, y la etiqueta de industrial no funcionaba para el campo. La Vieja vivió 96 años. Murió tomando un vaso en la mañana, durante el almuerzo y en la comida.

Para proteger a su amada vaca, de los ladrones, Abuelo tenía una corraleta pegada al cuarto. No tenerla implicaba ser multado por los inspectores de pecuario. Algún ruido cerca, abría la ventana y Mariposa resoplaba. No me han llevado, parecía decir.

La vista se fue nublando; sintió como sacaban al crío. Luego perdió patas, rabo, cuero, cabeza. Las mejores carnes, a unos sacos de yute.
Una noche, extraños hombres invadieron el patio, lograron abrir las ventanas y esparcir un somnífero. Mariposa resopló muchas veces. Bramó asustada. Cargaba un hijuelo en el vientre, pero su dueño no despertó. La llevaron hasta una manga, cerca de la casa que tanto amara. Recibió un largo cuchillo. Sus ojos lloraron. Creía ver al amo rodeado de hijos que llegaban a protegerla. La vista se fue nublando; sintió como sacaban al crío. Luego perdió patas, rabo, cuero, cabeza. Las mejores carnes, a unos sacos de yute. Atrás, la memoria de una vaca buena que daba sólo leche a dos viejecillos adorables. 

martes, 14 de febrero de 2012

Colar café exige un punto ideal de azúcar

Colador criollo de mi Vieja
El primer chorrito, del colador, lo tomaba mi Madre, nadie podía disputárselo. Con ella aprendí, que ese es el mejor café, el más puro y agradable al paladar. Me enseñó el punto ideal de azúcar, no debe estar ni dulce, ni amargo....

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu
Un lucero aparecía en la madrugada sobre la cocina donde mi Madre colaba café. La acompañaba un candil. Era brújula de sus pasos. Su luz llegaba hasta mi cama. Me iba con ella al fogón de leña. “Busca unas brusquitas para prenderlo y mantenerlo encendido”, sus palabras de bienvenida.

Mi Vieja a los 96 años
Recorría el campo y en breves minutos aparecía. Pronto un humito salía entre el caballete y un viejo árbol que nadie sabía el nombre. El olor a café recorría cada pedazo de tierra. El primer chorrito, del colador, lo tomaba mi Madre, nadie podía disputárselo. Con ella aprendí, que ese es el mejor café, el más puro y agradable al paladar. Me enseñó el punto ideal de azúcar, no debe estar ni dulce, ni amargo; lograr esa esencia me llevó años, hasta aprender ha hacerlo como a ella le gustaba.

Fue normal, por mucho tiempo, que yo le colara café. Mi Madre sabía identificar cuando salía de mis manos. Si otro lo hacía, enseguida la cubanía salía a flote: “Está dulce”. O sencillamente precisaba: “Es aguachirre”, en abierta alusión a su mala calidad. Si tenía el punto ideal, los ojos le brillaban como el lucero que nos saludaba cada madrugada y decía: “Lo coló Nolito”.

Con esa alegría de hacerle el café que le gustaba la acompañé muchos años. En sus últimos días decía: “Necesito un buchito de café como lo hace Nolito”. Mi ex-mujer nunca logró concebir un elixir que respondiera con creces al perfil soñado. Sus nueras tampoco se acercaron al sabor divino, que un día aprendiera mi Madre, de la vieja Llalla, en la finca Las Lajitas, cerca de Maffo.

El 28 de noviembre de 2011, lunes, a las 3 y 55 de la mañana, bajo un frío terrible mi Madre abandonó este mundo. En la morgue su cuerpo dormía. Todos la besamos. Nos despedimos. Fui el último en hacerlo; llevaría mi olor adonde fuera. El mismo lucero, que nos acompañara en las madrugadas, estaba allí. Ese día tomé café, tomé muchas tazas de café, pero ninguno se parecía al que colara mi Vieja; incluso hoy confieso que nadie sabe hacerlo como ella.

Mi aprendizaje de niño a hombre, en aquella Finca, me dice que mi Madre no ha se ha ido; me mira cada madrugada desde el lucero, nuestro lucero, el único testigo de un amor eterno a prueba de hacer un café divino al paladar.


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