La mayoría de los cubanos de la Isla apuestan por el sueño... Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu
Los cubanos de la Isla padecen muchas veces el trauma del odio. Un proceso que tiene algunas explicaciones. Pudieran encontrarse en el suceder de la vida cotidiana, lacerada por circunstancias materiales asfixiantes.
Diría un docto en la materia, obedece a las fallas del sistema que rige la Isla por más de 50 años. Otro, menos entendido, señalaría, el cubano es un perico ripiao y cuando no llega se pasa. ¿Quién tendría la razón sobre el asunto del odio?
Sobre el
tema acudo a una frase del acervo popular para explicarlo: “Hay que ver cuando el río se cruza por el agua y cuando por el puente”.Si lo cruzamos por el agua, el espíritu de contingencia que anima al cubano en la lucha por la sobrevivencia, justifica una mirada enojada sobre el otro extraño o cercano, pleno de riquezas, o fabulador de realidades invisibles a sus ojos.
Si lo cruzamos por el puente, el análisis es distinto, pues la distancia permite comprender que estamos en presencia de un pueblo lastimado por partos históricos impensados en el continente americano.
La construcción de la utopía ha implicado un largo desgaste espiritual y la imaginación comienza a fallar. El paraíso anunciado por el Mesías rojo nunca llegó y ahora parece desentenderse de la mayoría.
El odio toma posición ante el posible fracaso y extiende su reino a aquellos que entregaron su juventud a la obra. Con la mayoría de edad, muchos comprenden tardíamente que perdieron sus mejores años. La realidad los ignora y una tierra idealizada se hace pedazos. Tienen ante sí el dilema de morir por un sueño, o esfumarse por el mundo y empezar desde cero una vida distinta. Si ninguna de las dos alternativas entra en su selección, no le queda más remedio que odiarse a sí mismos u odiar a aquellos que tomaron el camino del mar.