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miércoles, 3 de abril de 2024

VIÑETAS DE TIERRA ADENTRO (GALLO)


Por Arnoldo Fernández Verdecia.

Me dejó acariciarlo, fijó sus ojos en los míos, no dudó nunca de mis intenciones. Lo tomé en mis manos, amarré sus patas, y aún así, siguió confiado. Luego pedí al vecino consumara el sacrificio pues no tenía valor para hacerlo yo, y tampoco en ese instante se asustó.  Mientras el cuchillo ponía fin a su vida,  no dejó de mirarme.

martes, 26 de julio de 2022

VIÑETAS DE TIERRA ADENTRO (Sueños rotos)


Por Arnoldo Fernández Verdecia.

Una mañana de agosto de 1989 un joven salió de su casa. Atrás quedaron sus abuelos, su perro, sus colores, el trino del sinsonte, el vuelo del zunzún, el sabor de la papelina, la naranja, la mandarina, el canto del gallo al amanecer y el olor a café recién colado.

Llegó a un lugar donde le enseñaron a pensar, a creer, a elevarse. Algunos profesores despertaron en él la pasión por las humanidades y se volvió un filántropo. Juró que nunca sería esclavo, ni rendiría culto a hombrecillos dueños de verdades absolutas.   

Un día de 1995 salió de aquel lugar y viajó a un lugar llamado el 1; allí conoció el hambre, el dolor, los sueños rotos, la noche llegando. 

Logró salir y se fue a un sitio donde los viejos vivían de narraciones épicas. La fortuna lo acompañó y aquellos venerables ancianos lo ayudaron a seguir su camino. 

Llegó entonces a una funeraria y vio las muchas caras de la muerte; allí se encontró con un duendecillo que le habló del porvenir y decidió seguirlo en sus recorridos; vivió de  sus recorridos, comía lo que Dios ponía ante sus ojos; fue feliz pudiera decirse, pero un día señaló los errores del duendecillo, no lo hizo por maldad, sino para ser consecuente con lo que había aprendido en la vida; entonces el duendecillo lo expulsó de su reino y el joven que ya no era tan joven tuvo que regresar al comienzo de su viaje, pero ya no estaban sus abuelos, su perro, sus olores, sabores, el vuelo del zunzún, el canto del sinsonte.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Ha muerto gallo padre en Cuba

 
Ha muerto mi Gallo, aquí en Cuba, el padrazo que compré con dinero fuerte para asegurar buena descendencia.
Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Ha muerto mi Gallo aquí en Cuba, el padrazo que compré con dinero fuerte para hacer un patio con buena descendencia. Previamente había soñado que algo malo iba a suceder, un escalofrío estaba instalado en mi estómago, en clara señal de oscuros augurios.

Una noche antes había visto Atila, la muerte bárbara que tuvo en plena expansión de su liderazgo. Me sucedió lo mismo con La fiesta del chivo, pues en la madrugada de hoy supe cómo fue asesinado (el chivo es el alias del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo Molina).

La sensación de vacío no se iba; cuando echaba comida a los pekineses, mi mujer me llamó alarmada, mi Gallo, el padrazo, yacía de espaldas sobre el suelo. Las gallinas cacareaban asustadas. Corrí  a su reino, pero ya no había nada que hacer; un infarto masivo terminaba su vida. Cargué su cuerpo, y al compás del canto fúnebre  de las aves, lo llevé hasta la mesa donde haríamos la necropsia, para saber definitivamente las causas de su deceso.

Curiosamente, dos días antes, había visto Che, cuerpo y leyenda. Extraño, me dije, en todos los casos, gallos de estirpe gloriosa con muertes violentas.

Ha muerto mi Gallo, el padrazo que compré con dinero fuerte para asegurar buena descendencia. Llenaba su buche de granos de maíz, cantaba bonito y estaba en plena expansión de su reino; pero la muerte no creé en líderes, ni guerreros.
La muerte no creé en líderes, ni guerreros.
Mi gallo, el padrazo se ha ido. Hades lo llevó a sus dominios; compartió la misma suerte de otros gallos gloriosos de la historia, que una vez cantaron e hicieron soñar a las gallinas.


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