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martes, 1 de junio de 2021

¿Romper el caracol o conservarlo?, el dilema de Clara en Como polvo en el viento


Por Arnoldo Fernández Verdecia.
  
(caracoldeaguaoriente@gmail.com).  

                                         -I-

La historia de Cuba de las últimas décadas  quien mejor la narra es un novelista llamado Leonardo Padura Fuentes, sobre todo en su último libro, Como polvo en el viento, donde presenta el testimonio de unos amigos repletos de sueños, ideas futuristas, en busca de un paraíso y las fracturas que dejó en ellos lo histórico. Sus testimonios son un auténtico reflejo de la crisis de un sistema social que necesita reinventarse para volver a ser parte de la esperanza, del porvenir. 

Como polvo en el viento es la historia novelada de una isla fragmentada entre los que se fueron y los que se quedaron; los hilos espirituales que aún perduran en esa relación. 

Sostengo la idea de que para el cubano esencial (y todos somos esenciales); Cuba es un caracol que lo acompaña adonde quiera; incluso, dentro de la propia insularidad no deja de hacerlo, quizás con más fuerza que para los que tomaron el camino de la diáspora.   

Veamos el tratamiento de Clara; un personaje que vive aún, más allá de los 50 años, en esta novela de Padura. 

                                       -II- 

Marcos había leído sobre un personaje emigrado que llevaba consigo su modo de vida como el caracol que arrastra su morada: ¿Por qué había conservado esa cita en su mente? ¿Sería porque su destino era convertirse en un caracol como su madre Clara, aunque de otra especie? También él llevaría por siempre su casa cultural sobre su espalda. (1)

Una primera idea es evidente: todo cubano marcado por el contexto de los 90 del siglo XX  tiene raíces culturales profundas  que lo acompañan a cualquier lugar del mundo;  siempre están los recuerdos, la nostalgia, los olores, los estados afectivos, los colores de la isla, los sonidos, los sabores, para no dar paso al olvido total. Nunca hay olvido.

En una parte de los que se fueron está el ansia de no regresar nunca; para no sentir la órbita de lo pasado, lo que duele y marca; pero en otros volver es la terca necesidad de reencontrarse con las huellas aún frescas de lo que fue el crecimiento de su ser espiritual en una entidad física, que puede ser La Habana, Santiago, Cienfuegos, Bayamo o un barrio isla adentro… 

Esa contradicción que acompaña al cubano de la diáspora, es un vía crucis angustioso, terrible, al que debe enfrentarse como artesano de su presente y, por qué no, de su futuro. Marcos, el hijo de Clara, lo tiene comprobado en su vida propia; la concha siempre va con él al igual que su madre que también es un caracol; incluso en sus peores momentos, pero también en los más hermosos. Gracias a esos resortes espirituales, consigue recrear sus modos de ser cubano en esa diáspora que vive en Miami, mediante el juego de béisbol con niños y los fines de semana de licores, playa, comida; junto a jóvenes cubanos de su generación, que se congregan para pensar, hablar y comportarse como lo hacían en su añorada isla.  

Pero Marcos tiene una certeza que no admite dudas: su madre es un caracol de otra especie.

                                      -III-

"... cuánto amaba aquella casa, su casa: el caracol que arrastraría como una bendición y una cadena.” (2)

Así piensa Clara y tiene sus razones. Creció bajo la influencia de un mito asociado a una piedra traída del mismísimo Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, en Santiago de Cuba; una piedra imán, colocada en los cimientos de lo que sería el hogar de sus padres en Fontanar, La Habana; donde aprendió los afectos que curan el alma; donde creció física, espiritual y profesionalmente, hasta graduarse de ingeniera y casarse con el que sería el padre de sus hijos; e incluso, mucho después, encontrar el amor de su vida en otro hombre llamado Bernardo. 

En la casa de Clara se reúne el clan, una cofradía de amigos que estudiaron juntos, se hicieron profesionales y tenían aquel sitio como cuerpo simbólico donde encontrarse, celebrar cumpleaños, la Navidad, esperar el año nuevo; en fin, alimentar la amistad como uno de los estados afectivos más apreciados. Los amigos forman un mosaico interesante que comprende una pareja de homosexuales, un médico cirujano, una lesbiana, un alcohólico, un físico, dos arquitectos, un pintor y los hijos de Clara. 

Todos se van y tienen destinos distintos, pero Clara y el alcohólico Bernardo se quedan. Circunstancias adversas que ponen en peligro la vida de este último los unen, y descubren el amor más puro que ya no creían alcanzar, ya pasados los 50. Ese amor crece, se desborda en la casa de Fontanar; allí donde el mito prevalece, y los que se fueron a España, Argentina, Estados Unidos no dejan de pensar en ella, para bien o para mal; pero todos reconocen que allá están las mejores personas, los amigos de siempre, a los que hay que salvar a cualquier precio, porque son el caracol con el que cada uno emigra y no consiguen despegar de sus pensamientos. 

Clara es el caracol especial que desde su niñez aprendió la lealtad, la dignidad, la maternidad responsable, la madre protectora, la amiga de todos, el prototipo ideal del cubano esencial, el que, dentro de la propia isla, arrastra un caparazón del que no podrá liberarse, porque en él va su espacio vital, el sentido de la vida. 

                                    -IV-

(...) Clara, el pedazo más fuerte del imán que siempre nos atrajo desde el fondo de la tierra y hoy nos tiene aquí unidos a los fragmentos que hasta ahora hemos sobrevivido, sentados encima de esa piedra de cobre magnética venida de tierra santa cubana; la piedra mágica sobre la que se levanta esta casa, que es mucho más que una casa: es nuestro refugio, nuestro caracol.(3)

Lo dice Bernardo un 24 de diciembre de 2015, ya en la fase terminal de un cáncer que lo está devorando.  Una parte del clan disperso se congrega en esa casa imán, en su pedazo más sólido, Clara, a la que todos adoran y agradecen, porque nada supera su calidad espiritual como ser humano. 

El momento es mágico pudiera decirse, porque, en una especie de última cena, viajan al centro donde empezaron a encubarse sus sueños, a encontrarse con fragmentos de sus pasados que los lastiman, los hacen sentir culpables; necesitan una anagnórisis que los redima del futuro, para poder seguir cada uno con sus vidas. Horacio, por la hija que nunca conoció, Joel y Irving por esas vidas que tuvieron que hacer lejos, huyendo de un miedo casi enfermizo; Darío, por escapar de una precariedad material y del maltrato de que fue víctima cuando niño; Bernardo, por la adicción al alcohol y sus fracasos amorosos, familiares. Los hijos de Clara Marcos y Ramsés, con sus diferencias, pero con familias construidas muy lejos de aquel hogar, donde vinieron al mundo y se hicieron hombres, pero que no ofrece ningún futuro para su descendencia. 

Uno de los momentos más conmovedores de la novela acontece cuando Ramsés, _el hermético Ramsés_, va hasta el patio de la casa y ante la tumba de su perro, rompe a llorar: 

"Lo emocionó más de lo esperado ver bajo el aguacatero que él mismo había plantado cuando todavía era un niño (este árbol, sí más grande), un túmulo de piedras coronado por una losa blanca en la que, con letras negras ya un poco desvaídas se leía el nombre de Dánger". (4)

Aquel hombre, que ni al abandonar su Patria se conmovió; ni se inmutó al tener que vivir en otro lugar del mundo, al aprender idiomas, comenzar una nueva vida laboral,  empezar de cero en todo,  cae rendido ante los recuerdos de la niñez y la adolescencia vinculados a su mascota. El clima del momento es intenso y comunica explícitamente un mensaje al lector: a pesar del desarraigo, de la radicalidad de la vida construida lejos del hogar de nacimiento, el pasado es una mancha indeleble que siempre estará presente; no importa el lugar donde vivamos, ni las vidas que elijamos vivir. Siempre el caracol cultural irá en nosotros, como una extraña osamenta de la que nunca podremos librarnos. 

La casa refugio, caracol de todos, será el centro del desenlace final de los miembros del clan reunidos allí en los últimos días de diciembre de 2015. Cada uno tendrá la conclusión de sus vidas, la solución de los acertijos y demonios que castraron el camino que alguna vez intentaron recorrer, movidos por una utopía que ellos creían milagrosa, justa, pero que según Fukuyama: "no era superior  en ningún aspecto al sistema occidental sino que, en realidad, constituía un fracaso monumental.”(5)

                                  -V-

Y vio a Clara saberse sola, cósmicamente sola, con su caracol a cuestas.

Ahora sí ella tiene que hacer las gestiones y, si le dan la visa americana, venir un tiempo para acá con nosotros. Quedarse aquí para siempre si quiere. Romper ese caracol de mierda. (6)

Habla Marcos en Miami, el hijo de Clara. Quiere sacarla de una isla, donde sobrevivir es una obsesión desgarradora. 

Clara está completamente sola. La muerte de Bernardo es la culminación de un proceso de pérdidas que comenzó con la partida de Darío; luego, la de todos sus amigos, las de sus hijos y ahora el destino le quita al hombre que la hizo feliz como nadie en su historia personal. 

Clara tiene ante sí el dilema existencial más importante de su vida, pasado los 50: ¿Irse o quedarse? 

En la búsqueda de respuestas, su diálogo con Marcos es estremecedor. Los caracoles culturales que cada uno arrastra se enfrentan desde la sabiduría de sus vidas: 

_Yo debería estar ahí contigo, mami

_No. Acá está la muerte. Contigo está la vida.

(...)

_¿Por qué no te quedas aquí? Allá estás sola, en la casa (...)

(...) Clara colgó y se sintió alarmada. Al final, ¿ella también se iría del país, atraída por sus hijos y sus nietos, espantada por la soledad? (7)

Es una duda que la golpea profundamente; pero tiene una certeza absoluta, la dice con sobriedad, sin dramatismo: "Acá está la muerte. Contigo está la vida". Sin embargo, elige el camino de retorno a la casa insular; junto al silencio, la soledad, los recuerdos.  Quizás sus hijos, los nietos, la necesitan; pero mientras dure su ciclo vital, arrastrará un caracol de raíces muy profundas. En su concha vive el rumor de la tierra, su tierra, el paisaje, una vida intensa, triste a veces, pero con pequeñas dosis de felicidad, también la amargura de muchas pérdidas; sin embargo, nada de eso ha conseguido desarraigarla de la pasión por lo suyo, hasta en el momento que cumple la última voluntad de Bernardo: esparcir sus cenizas en una de las fuentes del río mítico de los habaneros, el Almendares. En ese instante en que Bernardo se vuelve vida otra vez, escucha: "El canto del sinsonte (...), el canto del país." (8)

Contramaestre, 5 de mayo de 2021.

Citas  bibliográficas  y notas

1.  Leonardo Padura: Como polvo en el viento, Tusquest Editores, España, 2019, p. 32. 

2.   Leonardo Padura: Obra citada, página 57.

3.  Leonardo Padura: op.cit, p. 352. 

4.  Leonardo Padura: op.cit , p. 351

5.  F. Fukuyama: ¿El fin de la historia? y otros ensayos, Editorial digital Titivillus, 2017, p.40.

6.  Leonardo Padura: op.cit,  p.366

7.  Leonardo Padura: op.cit p. 394

8.  Leonardo Padura: op.cit, p. 396.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Contramaestre, Carlos Manuel de Céspedes y el soplón Willard Capacete

Carlos Manuel de Céspedes a los 21 años cuando llegó a París en 1840.(Foto tomada del libro "Contramaestre").

Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com 

Hay personas que inspiran repulsión al mencionarlas o evocarlas;  algunas generan tal rechazo que son borradas de la memoria  de los pueblos;  otras,  desaparecen  un día sin dejar huella. El historiador Raúl Eduardo Chao se encargó en, su libro, “Contramaestre”,  de  legarnos el perfil de uno de esos tipos, enemigo acérrimo del Padre de la Patria, en  su experiencia francesa vivida en la década del 40 del siglo XIX.

Carlos Manuel de Céspedes residió en París,  -período 1840-1844-, hasta su casa llegó un personajillo llamado Willard Capacete, precedido de un historial, donde se decía que escribía poemas, canciones y era erudito en temas de antigüedades, del Renacimiento, la Ilustración, la Revolución Francesa. Esa primera vez habló de una novela que escribía, de sus editores ingleses, sus cuadernos de versos, su inmensa cultura. Carlos Manuel de Céspedes y Miguel de Aldama, desconfiaron enseguida; algo en sus maneras lo hacía sospechoso.

Capacete frecuentó los grandes salones de la Ciudad Luz; vestía a la moda, hasta parecer medio afeminado ante algunos ojos de la época. Presumía de conversador, gladiador en asuntos femeninos; aunque  en silencio, muchos cofrades  lo bautizaron el cornudo mayor, porque no conseguía mantener a mujer alguna.

Willard se hizo habitual  en la casa de los Céspedes. Bebía y comía siempre allí, llegó a creerse el centro de todo. Carlos Manuel no conseguía digerir su amistad; entonces le dio una lección de historia europea;  Willard no pudo rebatir nada, fue aplastado delante de todos por la erudición del bayamés.

Desde aquella noche juró vengarse; entonces en su doble condición de espía español e inglés,  informó a la corona de Castilla todos los pasos de Carlos Manuel de Céspedes y sus amigos en París;  era tan tóxico al hacerlo, que muchas veces parecían cuentillos de ficción. Los ojos de España eran los de Capacete en cada movimiento de los Céspedes.

Pero Willard tenía un amor que lo mantenía, Josefina era su nombre; vivía de su dinero, sus lujos.  Día por día se levantaba pasada las diez de la mañana, iba a los café de la ciudad a conversar  vanidades, libros inconclusos; el ego multiplicándose en cada copa de vino;  pero la mujer de los huevos de oro cerró el cuerno de la abundancia, entonces hizo lo indecible; la golpeó con fuerza inaudita, abusó, lo hizo muchas veces, hasta que un día fue tan brutal, que la dama al caer se golpeó fuertemente la cabeza  y murió al instante.

Una sirvienta, -filipina por cierto-, lo vio todo; aunque juró no saber nada de francés;  sin embargo consiguió que alguien avisara a la policía. El detective la condujo como sospechosa; entonces Capacete apareció en la estación y dijo que ayudaría.  La obligó a decir que había visto salir de la casa de su patrona al cubano Carlos Manuel de Céspedes; muy enojado, porque no había recibido una ayuda económica prometida para la guerra de Cuba. –Échale la culpa a Céspedes, puedes decir que desde que llegó a París  está importunando a Josefina con lo de las contribuciones-, esas fueron sus palabras ante el tribunal de la historia.

Al conocer los resultados de la conversación, la autoridad expidió una orden de detención contra Carlos Manuel de Céspedes. Gracias a sus amigos franceses, supo a tiempo la noticia y pudo escapar, junto a su esposa, a bordo de un navío rumbo a Cuba.  

Willard Capacete deambuló por las calles; no sabía de quién viviría en lo adelante; nunca imaginó que la sirvienta diría la verdad; sus guantes blancos abandonados en la escena del crimen serían su perdición; se arriesgó a buscarlos en la mansión, secretamente vigilada por la policía.  Allí lo apresaron inmediatamente. Confesó el crimen. 

El gobierno de Francia negó a este personajillo la defensa de un juez profesional pagado por España; nombró a uno de oficio. Recibió una condena de 25 años en la cárcel de Bicetre al sur de París. Muy pronto se enemistó con los demás presos; dejó de ir al comedor,  se alimentó de platillos  comprados a los guardias. Su abdomen  creció a tallas inimaginables, siendo objeto de continuas burlas.  El día que cumplió 41 años, fue apuñaleado mortalmente. Nadie reclamó su cuerpo. 

Bibliografía
Chao, Raúl Eduardo (2007), Contramaestre, Ediciones Universal, Estados Unidos, 2007.

lunes, 27 de mayo de 2013

Hasta un negrito bembón tiene una flor dentro

 
Prefiero quedarme con las ganancias oníricas creadas en Ñampiti, son lo mejor del libro, pues a partir de ellas, el autor construye instantes de ficción inolvidables, que nos hacen recordar la flor amada del Principito, o la noche mágica en que Gregorio Sansa se convirtió en cucarachón.

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Ñampiti, novela para niños del escritor cubano  Eduard Encina, tiene olor a imprenta todavía. No haré aquí, por si acaso lo creen, la clásica nota adelantando capítulos, ni hablaré del diseño, ni de su extensión en número de páginas. Eso lo dejo a esos señores que matan el deseo de leer con falsos alardes teóricos.  Expresaré mi visión, puede ser o no compartida, pero garantizo sinceridad.

Uno de los aciertos de Encina es presentarnos el rostro de una familia disfuncional donde falta la madre.  El abandono materno no tiene explicación en el libro. Sólo se sabe que deja un bolso con unos mangos para el chico, y que por las cartas, hay nieve donde vive; anuncia incluso un posible retorno, pero nunca sucede, quizás obedece a una de las claves que sustancia la narración: mostrar el universo espiritual del protagonista (Handel), carente de afectos, y una relación crítica con su padre. Éste último, adicto a la bebida;  ello le impide desarrollar una vida como la que necesita el hijo.  Nunca se llega a saber el por qué de la ausencia de la madre, aunque  en el cierre, del último capítulo, confiesa que muchas veces ha sentido que no la verá jamás, especie de suspenso donde deja al lector con la duda, aunque lo resuelve con una analogía, al igual que Brocelianda –uno de los personajes-, seguirá viva en el cariño y la ternura que le profesa Handel.

Aquí el personaje de la madrastra (Nelsa) no tiene el perfil manido sobre el que vuelven una y otra vez las narraciones infantiles. El niño construye un imaginario sobre ella, la asocia a una bruja convertida en lechuza que vuela en las noches sobre el cine de su pueblo; muchas veces intenta descubrirla, mostrar  sus misterios; incluso teme ser envenenado; la convierte en objeto de sus frustraciones; sin embargo, al marcharse Nelsa de la casa, añora sus comidas, conversaciones sobre lagartijas gigantes, apreciaciones de dibujos; tiene un rol clave en el universo afectivo de Handel, nadie puede borrarla, por eso la evoca e imagina junto al padre en una vida futura. El mayor premio, al amor construido por Nelsa, es su retorno al hogar. ¿Cuáles son esos cambios para el añorado regreso?  

 
Un curioso personaje visita la casa varios días a la semana. Siempre trae un libro que comparte con su  padre. Poco a poco llegan cambios: deja de beber, es más afectivo: “Está así desde que anda con el hombre del librito. Gracias a él, papá pudo  conocer la magia que un día lo hizo lanzar al fuego los deseos de que no volviera mamá, y los vidrios de la botellita de cantar bolerones”. (Encina, E: 2012: 79)    Un domingo el padre lo invita a un paseo que justifica una interrogante: “¿Puedes decirme adónde?”, por respuesta recibe un  no pues se trata de una sorpresa. “Nos detenemos  frente a una casa de madera, muy alta y pintada de azul, en la cima del techo tiene una punta  que termina  en una cruz, se llama pináculo, lo dice  el padre de Claudia… De allá adentro sale música, parece un piano, y la gente  canta en un coro gigante. Me da miedo entrar, pero el hombre del librito nos coge  por la mano a Claudia y a mí justo cuando se ponen de pie y cierran los ojos. Me corro hacia donde está papá que también tiene los ojos cerrados”. (Encina, E: 2012: 79-80)     Hasta aquí, el personaje principal nos introduce en un mundo distinto, se infiere cuál es, pero desde su óptica infantil se trata de un lugar encantado: “Me vuelve el temor, no sea que el Mago se moleste y aparte su magia de papá y vuelvan los amigos de la fábrica, los bolerones, la soledad, las lagartijas marronas o grises. Yo no lo veo, es verdad, pero supongo está ahí, como el viento, y si no para qué papá y los demás  cierran los ojos y repiten amén, amén, aleluya, amén, llenos de alegría”. (Encina, E: 2012: 81)     La entrada a lo sacro libera al padre de males que dejaban sin sentido su vida. Pudiera decirse, que el acercamiento a Dios lo hace otro hombre,  más lúcido para elegir un destino, amar al hijo y recuperar el amor de Nelsa.
 
Finamente tratados asoman los prejuicios raciales que funcionan en Cuba. Unido al color de la piel se aprecia que no tiene gran tamaño, es feo, presenta dificultades con la vista y es raro en su comportamiento, pues su tiempo lo dedica a dibujar flores, lagartijas: “…me gritan  enano, negrito bembón, cuatro ojos, mariquita”. (Encina, E: 2012: 36) “…no preguntarían por mamá, ni dirían que papá es un negro borracho y que yo soy un niño raro porque no juego con los demás y me paso las tardes  en el patio cazando chipojos”.  (Encina, E: 2012: 14). La marginación como consecuencia del color de la piel, del comportamiento aislado, conjuntamente con las limitaciones físicas de que es objeto, matizan la evolución dramática de la novela, no es un niño cualquiera, es uno marcado por una visión anulante de los seres humanos, una visión que no acepta ubicarlo en los espacios donde trascurre la supuesta vida civilizada que otros llevan. Ronco (el anti-héroe), lidera una pandilla donde los sesgos citados afloran permanentemente y dedican sus juegos a extorsionar a Handel, a hacerlo sentir que no pertenece a su mundo; sencillamente pretenden invisivilizarlo incluso ante Inés, el amor platónico del héroe, pero gracias  a las fortalezas espirituales que tiene en el arte (sus dibujos), la conquista. Es el triunfo del amor fundado en la belleza espiritual, más que en la física, mensaje sublimemente sugerido por el autor, sin caer en el didactismo intolerable, con que algunos comunicadores amplifican el  necesario rescate de valores.

La oralidad construida desde lo rural es trabajada inteligentemente;  así sucede con el  caso de las tojosa, por citar uno de los ejemplos más elocuentes, ave asociada en la mitología popular a lo fatídico. Su canto trae maleficios para el que está cerca. No obstante a lo dicho, el sujeto narrativo se desentiende del citado imaginario y prefiere dibujarlas, aunque también las llama tontas porque “no se espantan –ante su presencia- como si quisieran morirse. Por las tardes hacen un canto triste, parece que ellas se han quedado muy solas en los piñones de la cerca, son las últimas en irse a dormir, por eso no les tiro, prefiero escucharlas cantar”.  (Encina, E: 2012: 37) Apropiarse de la soledad de la tojosa sirve al autor para establecer una analogía con la soledad de Handel y la evocación de la madre ausente: “Las tojosas me recuerdan a mamá cuando se paraba en el puente a echarme voces…” (Encina, E: 2012: 37)

Para mí lo más trascendente de Ñampiti es el recurso a lo onírico, proceso que me hace pensar necesariamente en La metamorfosis, de Frank Kafka, y, El principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Las formas usadas por estos escritores son extrapoladas por el autor  y asistimos  a escenas bellísimas donde el sueño anticipa la realidad, e incluso se confunde con ella. Los mejores momentos, en la vida del personaje principal, son alcanzados mediante de la fabulación ocurrida en el reino de Morfeo. Brunelo -el ciego- es considerado, por los anti-héroes liderados por Ronco, un vagabundo poseído por el delirio, sin embargo, tiene una relación especial con Handel, yo diría que son muy buenos amigos, por eso –éste último-, no puede evitar fantasías oníricas relacionadas con Nube negra como le llaman despectivamente: “…intentaba dibujar una flor  de la que llevamos dentro y todo se me borró hasta que apareció Brunelo en mi cuarto con una tan grande  que apenas podía cargarla”. (Encina, E: 2012: 65) En el sueño los ojos del ciego  no son blancos, sino verdes, “y de las manos le salía un brillo  como si fuera luz. Mientras  me decía que el asfódelo debía compartirlo, su voz comenzó  a tornarse hueca. Enseguida pensé en Inés, entre los dos podríamos cuidarlo. Iba a decírselo, pero en ese instante Brunelo se volvió polvo o luz, no recuerdo bien, lo  cierto es que desapareció delante de mis ojos igual a una pompa de jabón cuando explota”. (Encina, E: 2012: 65-66) El sueño citado preludia la desaparición del viejo amigo, con el que se encontraba los domingos, para conversar sobre la flor que todo humano lleva dentro y debe encontrar. No le queda más remedio que acudir al portal donde dormía el anciano e informarse con Brocelianda, la dueña de la casa, sobre el posible paradero. La señora narra a Handel e Inés, convertida ya en el amor de su vida, la metamorfosis de Brunelo: “ -Él estuvo muy enfermo-  nos explica la anciana- y lo convencí  de que en esas condiciones  no podía dormir afuera, en el portal. Lo traje para la camita vacía que tengo ahí en el cuarto de huéspedes. Una noche  tenía mucha fiebre y comenzó a temblar y a decir cosas  que yo no entendí muy bien. Enseguida se quedó profundamente dormido. Como vi que la fiebre le había bajado, lo cobijé y al rato me fui a acostar. Esa noche soñé con él. Me miraba con unos ojos  verdes, hermosísimos, y me decía que deseaba casarse  conmigo. ¡Imagínense, Brunelo y yo casados! El sueño como todo, duró poco. Me desperté más temprano que nunca para saber cómo seguía, pero ya no estaba, o mejor dicho, estaba, pero de otra forma”. (Encina, E: 2012: 93) Lo soñado por Handel se hacía realidad: Brunelo se había convertido en un asfódelo gigante. Antes de la metamorfosis logró escribir una nota para el fiel amigo, y con ella la novela alcanza su punto climático de mayor creación artística. En la misma, precisa: “Un día te dije que todos llevábamos una flor dentro y sólo había que dejarla crecer. Así me convertí  en este asfódelo, la flor  que tú creaste, la misma que llevas dentro, pero no podrás hacerla  crecer tú solo, tienes que buscar una persona que te ayude a cuidarla, así como yo encontré a Brocelianda para cuidar las mías. Tú conoces bien a la que compartirá contigo este secreto, ya verás, sólo tienes que pedírselo. Yo estaré siempre en este asfódelo, velando por ustedes y haciéndolos soñar”. (Encina, E: 2012: 95-96) Por supuesto, la persona escogida para sembrar el asfódelo en el jardín de Brocelianda no puede ser otra que Inés, pues como decía su amigo Brunelo “solo lo que uno siembra con amor echa raíces”. La anciana les pide que abran dos hoyos, instante en que la curva motivacional sube a su punto culminante, pues sólo basta con uno, pero la interrogante queda en suspenso y la pareja remueve la tierra y cumple el encargo. Ante la duda, sólo queda esperar la llegada del nuevo día; y entonces llega un momento mágico, pues al acudir a la casa de Brocelianda, no la encuentran por ningún lado: “Lo increíble sucede cuando, al salir al patio, vemos, al lado de cada uno de los hoyos abiertos, dos asfódelos gigantescos y bellos, todavía con el rocío de la mañana posado sobre sus pétalos”. (Encina, E: 2012: 109)  Una nota para Inés resuelve el enigma: “…el otro hoyo era para mí. Ahora siémbrennos y, al hacerlo, ya no necesitaremos ser regados para vivir, pues viviremos en ustedes con el cariño y la ternura que puedan sentir los dos”. (Encina, E: 2012: 109) 

Por todo lo dicho hasta aquí, prefiero quedarme con las ganancias oníricas creadas en Ñampiti, son lo mejor del libro, pues a partir de ellas, el autor construye instantes de ficción inolvidables, que nos hacen recordar la flor amada del Principito, o la noche mágica en que Gregor Sansa se convirtió en cucarachón. Ñampiti sugiere a sus lectores una máxima espiritual, sin alarde didáctico alguno: sólo el amor verdadero hace posible el nacimiento de la flor que llevamos dentro.


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