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lunes, 1 de noviembre de 2021

DESESPERACIÓN


Por Arnoldo Fernández Verdecia

Mi amada Carolina: 

El muro separa nuestras palabras. En su medio, mi amigo intenta la resistencia. Sus hijas residen en provincias lejanas, no pueden ayudarlo. Vive solo.

Lo veo extinguirse en una tristeza infinita. Teme salir a la calle, nadie quiere venderle alimentos por su edad. Las multas exorbitantes acechan a todos, pueden aparecer por cualquier lado. La desesperación lo lleva al límite. 

Alguien le dice que el pollo llegará cada seis meses; el aceite, cada tres. Lleva sus manos a la cabeza. Cierra los ojos. La leña es su balita de cocina. El papel sanitario, los periódicos que sigue comprando a pesar del precio. 

El pago de la jubilación lo hace paqueticos: corriente, agua, canasta básica, teléfono, periódico, especias, las medicinas del tarjetón; escribe sobre ellos, hasta terminar y mirar al cielo, pedir un milagro a Dios; porque apenas alcanza para unos días; los demás, una odisea, donde unas veces come; otras, se acuesta sin hacerlo. 

El día que puedo hago llegar a sus manos un tazón de potaje; no sabe cómo agradecerme; se pierde en el sabor del alimento y duerme feliz.  Cuando mi fogón se rompe, ahí está él, presto a repararlo sin cobrarme un centavo. 

De lejos ve las colas donde venden módulos asignados. Nadie lo recuerda en esas ventas. Alguna vez fue útil a la sociedad; hoy ha sido olvidado. Millones como nosotros sufren el desabastecimiento; pero no pierden las esperanzas, creen que algo bueno sucederá pronto y todo volverá a ser como antes. 

Afuera pasan los pregoneros. Sus oídos siguen ansiosos las palabras, pero los precios estallan como fuegos artificiales: 

- Carne de cerdo a 150.

- Jamón a 160.

- Arroz a 60.

-Aceite a 350

-Frijoles a 100

-Boniatos a 15

-Culantros a 10 

-Ajo a 15

-Pata de Cebollas a 250

-Chorizos a 20

-Polvo de café a 10

-Lata de sardina a 250                                            

-Lata de puré de tomate a 150

-Libra de pollo a 150

-Libra de yuca a 10

-Libra de queso a 190

-Litro de sirope a 30

-Libra de malanga a 60

-                                                                    

Se esconde tras las paredes; triste, sabiendo que sus horas de vida están contadas. 

Aún la pandemia asoma su cola en muchos lugares del pueblo.  Temeroso ve las casas aisladas, la gente adentro, atrapadas en las dudas, el pánico, el hambre, la rabia; una espera que se vuelve interminable, desesperante... 

Dicen que traerán módulos de dulces, pan, jugos de frutas por la libreta de racionamiento, pero pasan los meses y a su bodega ni asoman. 

Llega el panadero y no le queda más remedio que comprar la bolita de todos, no importa si un día está buena y la mayoría no. 

Amor, el muro separa nuestros susurros, pero no el café recién colado en la mañana; las noticias compartidas; la vida de nuestras familias distantes. Le cuento de las tres caminatas semanales, campo adentro, a salvarme el alma. Sonríe con franqueza sin igual. Es bueno para tu salud, me dice y retorna al silencio de una realidad subvertida, enconada, aplastante. Mejor esconder las valoraciones, me dice, porque siempre alguien está a la caza de las palabras.

jueves, 4 de marzo de 2021

Todo es posible, con esperanza y aferrados a Dios

 


Por Arnoldo Fernández V

Hay un país, -puede ser cualquiera en este momento-, sufriendo las limitaciones materiales. Convulsionan familias enteras que no consiguen arroz, frijoles, boniato; incluso el polvo de café, tan vital, para empinarse y salir al ruedo.  

Hay un país que agoniza en el dolor de los más vulnerables, los que no pueden salir de casa, porque afuera lo esperan la Covid 19 y los extremistas nobles.  En sus viejos bodegones no hay un ron barato para engañar el espíritu, una cerveza donde esconder la tristeza. Vivir, ya no es una fiesta; ni evocar la poesía, algo innombrable. 

Mi vecino tiene a su mujer enferma, trabajó como un mulo durante la juventud, creía tener asegurada una vejez tranquila; ahora no lo imagina posible: -El encierro nos está acuchillando el alma. Estamos muriendo espiritualmente. Necesitamos con urgencia una luz al final del túnel, una vacuna que nos saque del hueco... 

La tierra anhela un aluvión. El polvo campea. Algunos arbolitos intentan sobrevivir la sequía. Otro vecino pone su esperanza en la Menguante: -quizás traiga plátanos, yuca, maíz y nos salve de una hambruna, terrible como la misma pandemia, dice con infinita amargura. 

Los muchachos se refugian en las pantallas de los móviles; ven a un vecino llegar a tierras de providencia; cena junto a una Afrodita de los sueños en un restaurante donde hay mucha comida; aplauden una hombradía que ellos barajan entre sus cartas; pero el mar, siempre el mar, el miedo a las corrientes. 

Hay un país convulsionando, -puede ser cualquiera-, buscando en Dios el bálsamo de sus días; la vacuna milagrosa; la paz que no recobra el espíritu… 

lunes, 8 de febrero de 2021

Apocalipsis de nuevo Milenio


Por Arnoldo Fenández V. 

Me asomo al abismo y lo que veo en el fondo asusta. Nunca creí apreciar un espectáculo así; una crecida arrastrando gente, ilusiones, proyectos; una utopía en caída libre, sudorosa aún, sin haber conseguido el milagro del bien común, los sueños realizados; donde el futuro coqueteó muy cerca de la esperanza… No puedo aferrarme a la rama de un árbol, flotar... La fuerza de las muchas aguas, convergiendo, anula mis energías.  Toco, donde antes fui proletario, y cierran puertas, ventanas; lo hago en el templo de las humanidades, el escudo de la nación; pero nadie abre...  Un buen amigo dice palabras balsámicas, y aún, milagrosamente, floto... En lo alto, brilla intensamente el Martí cabizbajo de Pedro Pablo Oliva, acompañado de un haz de luz; me aferro a ella y consigo seguir  flotando. Un mundo agoniza. Una pandemia se ensaña alevosamente con la humanidad moderna. Los estados saltan en pedazos. Los hombres mutan en bestias sedientas de alimentos, medicinas, vacunas, seguridad... Familias enteras escapan al campo. Otras, tapian puertas y ventanas; ignoran el afuera. La Covid 19 es un frío paso a la nada; nos caza en un estornudo, un beso, un abrazo, en el coito, en la huella de un zapato sobre la calle, un corredor, lo alto de una pared, incluso en la ropa que esconde nuestros sexos. El que murió vendrá a resucitarnos. Es alfa y omega. Sus siete estrellas aparecerán ante los crédulos. El que tenga oído que escuche la salvación. Los jerarcas llenarán cofres sin importar los muertos. El que tenga ojos que lo vea mientras pueda. El que tenga piernas que camine sin miedo al campo minado.  Las iglesias llamarán a convite a sus devotos. En el arca irán los virtuosos de alma. Los jerarcas no querrán ver, oír, ni leer la palabra luminosa, porque su único Dios es el poder, el dinero, la gloria, las putas…Algunos poetas cabildearán a los pies de los jerarcas, comprarán el paso a la inmortalidad; pero siempre el contra sí, otros sobre ellos, blasfemando, soltando hirientes versos, palabras crispadas; cantando las derrotas y así irá pasando el mundo, aguas abajo… Vete, ya es hora,- diré al virus cuando venga a cazarme en mi altura-, vete adonde nadie pueda encontrarte. Blandiré mi vacuna contra él, hasta verlo morir; entonces vendrán historiadores, sedientos de gloria; escarbarán en el polvo, querrán aparecer como testimoniantes de una guerra donde la muerte señoreó con fuerza inaudita; otros, serán perseguidos por esculpir la verdad... Casi termino, pero faltan aún imágenes por condensar en el cuadro de una tragedia mordaz, un Milenio donde no se consigue poner fin a una crecida, tan soberbia, como las del Nilo en la antigüedad. Las utopías languidecen. El hombre se ha comido al Hombre. Desde lo alto, la niebla de Unamuno no me deja ver los últimos daños  

  

domingo, 24 de enero de 2021

SOY EL HOMBRE MÁS TRISTE DEL MUNDO


Por Arnoldo Fernández V. 

Soy el hombre más triste del mundo. DHa muerto Cuquita, la que dormía cada noche con  su hociquillo sobre mi axila derecha. El amor más puro de mi vida.  Nunca hizo preguntas, siempre con tiempo para oír mis palabras, incluso para impulsarme luego de mis caídas de los últimos años, cuando la oscuridad pedía mi cabeza;  pero no sabía de ti, de la energía manando a raudales durante el alba, en la tarde o al amanecer, del trote breve, los ladridos comunicando decisiones anheladas, todo eso dio contenido a mis días y seguí, a pesar de la noche llegando a mi alma y la fuerza inaudita tomada por la noche, al extremo de alojarse en palacios de cristal y creer que podían mancillar mi moral convocando al rebaño  a denigrarme.  

A la 1:50 de la madrugada, del 24 de enero de 2021, se durmió con los ojos abiertos. El corazón, ya con un peso de catorce años, no pudo más. Días antes había tenido su período con abundante sangramiento; incluso una vaginitis necesitada de antibióticos... Lo intentamos todo para salvarla, pero se fue apagando despacio, con una humanidad en su mirada que me arrancó aguaceros de lágrimas.  Tuve que permanecer a su lado; no me quería lejos; el ladrido oportuno era la señal acordada entre los dos, por si alguna vez sucedía la muerte y la compañía no podía faltarnos. 

Las dos últimas noches fueron complejas; el dolor ganó terreno y sufría por la falta de oxígeno, que su corazón no podía irrigar equitativamente  a las partes del cuerpo. Sus quejidos eran como el llanto de un pueblo, herido por decisiones y prácticas erradas. Parecía una abuelilla silenciada por el precio de los comedores, el pan agrio, el tarifazo eléctrico… 

¿Cómo serán mis días y noches sin ti? ¿Cómo será llegar a casa y sentir el silencio de la soledad? ¿Cómo será ir al baño y no verte echada frente a la puerta, o al lado de la taza, mientras mi cuerpo libera sus heces? ¿Cómo podré seguir con este peso enorme de saber que te has ido a un viaje  sin retorno? ¿Cómo será llegar a mi vejez, si es que tengo suerte de conseguirlo, y contarles a los niños sobre una perrilla con el don de convertirse en madre, amiga, niña y estar en todos los momentos necesarios del espíritu atribulado por las circunstancias? ¿Cómo vivir en medio de una pandemia, aislado de la gente, sin tu presencia? Me queda honrarte infinitamente, por serla heroína más sublime de mis pasos terrenales. 

Te fuiste en enero como mi padre, pero resucitaste  en José Martí, aún estrella de mis hechos y decisiones. 

Ya despido con honores ese cuerpecillo de olor único y ladridos inconfundibles. Me dejas un pañuelo donde está fijada la agonía de tus últimos momentos; con él, junto a mi cruz y mi calvario, sigo el camino indescifrable del destino.  



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