Por Arnoldo Fernández Verdecia.
El sonido del reloj en la pared sigue marcando los segundos, pero hace tiempo que dejó de ordenar la vida. Ahora el tiempo se mide de otra manera: por la llegada y la ausencia de la electricidad. Apaga, enciende. Apaga, enciende. Una y otra vez. A veces pasan minutos entre un corte y otro; otras veces apenas unos segundos. La rutina se ha convertido en una secuencia interminable de interrupciones.
Los apagones ya no distinguen horarios. Ocurren de madrugada, en la mañana, durante la tarde o entrada la noche. No respetan el sueño, el trabajo ni el descanso. Su presencia constante termina alterando el ánimo de quienes los padecen. La incertidumbre se instala en los hogares y cada destello de luz provoca una reacción inmediata, casi automática, como si la vida entera dependiera de aprovechar unos pocos minutos de energía.
Cuando regresa la corriente, las casas se activan de golpe. Hay quien corre a poner una lavadora, quien enciende la cocina para preparar los alimentos pendientes, quien conecta lámparas, ventiladores y baterías para recargarlos antes de un nuevo corte. Otros se apresuran a llenar recipientes con agua, conscientes de que el suministro también puede desaparecer en cualquier momento. Cada tarea se realiza con prisa, bajo la presión de un reloj invisible que nadie controla.
La repetición termina produciendo una sensación difícil de explicar. El constante ir y venir de la electricidad altera la percepción del tiempo y desgasta la paciencia. Lo que debería ser una condición excepcional se convierte en norma. Lo absurdo adquiere apariencia de cotidianidad. Desde fuera, la situación puede parecer exagerada, incluso inverosímil. Quien no la vive podría tomarla por una exageración o por un relato interesado. Sin embargo, para miles de personas constituye la realidad diaria.
En medio de ese quita y pon permanente, la vida pierde referencias estables. Los horarios dejan de tener sentido y las actividades más simples dependen de factores impredecibles. La normalidad se fragmenta en pequeñas oportunidades que aparecen y desaparecen con cada regreso de la luz.
Así transcurren los días en un país que avanza entre interrupciones. Un país que camina a tientas, condicionado por la incertidumbre, donde el tiempo ya no pertenece al calendario ni al reloj, sino al caprichoso ritmo de los apagones. Un país que sigue adelante con las luces siempre al fondo.
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