Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Hay lugares que no solo pertenecen a la historia de la educación, sino también a la memoria íntima de las familias. Bungo 9 es uno de ellos.
Allí realizó su preuniversitario mi tía Maira, en una época en la que los pasillos de aquella escuela estaban llenos de proyectos, amistades y una vida estudiantil que, con los años, se convirtió en recuerdo entrañable. En sus relatos siempre aparecían los mismos nombres con una mezcla de cariño y nostalgia: Bárbara y Loli, compañeras de estudio que terminaron formando parte de nuestro propio universo familiar, como si los vínculos creados en aquellas aulas hubieran trascendido el tiempo y la distancia.
Corrían los años 70 del siglo pasado, y Bungo 9 era más que un centro de enseñanza: era un punto de encuentro, un espacio donde se forjaban amistades duraderas y donde cada jornada dejaba una huella. En casa, su nombre se pronunciaba con respeto, casi con orgullo, como se habla de un lugar que marcó una etapa decisiva en la vida.
Con el paso del tiempo, también yo llegué a conocer parte de esa historia. Tuve la oportunidad de visitar la escuela en varias ocasiones y de conversar con uno de sus directores, Canal. En esas visitas no solo vi un edificio; vi lo que quedaba de una época que para mi tía Maira sigue viva en la memoria. Cada pasillo parecía contener fragmentos de aquellas historias que ella tantas veces había contado.
Por eso, ver hoy las imágenes de su deterioro duele de una manera difícil de explicar. No es solo la pérdida de una estructura física, sino el desvanecimiento simbólico de un espacio que fue importante para tantas vidas. Duele comprobar cómo un centro de tanto prestigio ha llegado a ese estado, como si el tiempo hubiese borrado, poco a poco, las voces que alguna vez lo llenaron.
Bungo 9 ya no es el mismo, pero en la memoria de quienes lo vivieron permanece intacto. Allí siguen, de algún modo, Maira, Bárbara, Loli y todos los que hicieron de sus años de estudio una historia compartida que todavía hoy resiste al olvido.
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