Por Arnoldo Fernández Verdecia.
He visto los ojos del hambre. Los he visto en mi vecino de setenta y cuatro años. Los he visto en los niños que acuden varias veces al día a una mata de mango, buscando en la fruta el alivio de su desespero. Los he visto en el hombre que, día tras día, entra a la tienda a pedir un pan diminuto que casi nunca hay. Los he visto en la anciana que cruza calles y reza pidiendo un milagro al cielo.
Los he visto en el pueblo entero: esa masa adolorida que recorre comercios con precios inflados y regresa a casa con las bolsas vacías. Un pueblo que ya no resiste, que se deshace en silencio, que cae como espigas secas bajo un sol que no perdona.
Es un país que se desangra en la mesa vacía.
Duele verlo: hombres, niños, ancianos, todos reducidos a una fragilidad que camina. Todo se vuelve más delgado, más lento, más cercano a la desaparición. La vida se encoge.
He visto los ojos del hambre también en las mascotas, que lloran a sus amos pidiendo lo que no hay.
Y mis propios ojos no son distintos. También son esos ojos. Engaño al estómago con la lectura, pero el estómago no acepta ese consuelo.
En mis tarjetas hay un dinero que no alimenta. Un dinero electrónico que pocos aceptan y que otros convierten en negocio, vendiendo efectivo a precios imposibles. Un dinero atrapado que no sirve mientras el hambre circula libre, visible, diaria.
Y entonces comprendo: no es solo mi mirada. Es la del pueblo entero. La mayoría somos esos ojos que otros se niegan a ver, mientras una soga invisible se tensa en ambos extremos, asfixiando lentamente lo que queda.
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