Por Arnoldo Fernandez Verdecia.
Cada amanecer ocurre el mismo milagro. Allí, en lo alto de una guásima, una tojosa recibe los primeros rayos del sol y deja escapar su canto. No es un canto estridente ni destinado a imponerse sobre los demás sonidos del campo. Es una voz suave, repetida, antigua: uhh, uhh, uhh... Sin embargo, quien la escucha con atención descubre algo más que el llamado de un ave. Hay en esa melodía una belleza singular, pero también una nostalgia difícil de explicar, como si en ella se resumiera la memoria de un pueblo entero.
La tojosa parece conocer secretos que los hombres han olvidado. Desde la altura de la guásima observa la tierra y canta. Su concierto, inalcanzable para quienes permanecen abajo, se derrama sobre los caminos, los sembrados y los hogares. A veces da la impresión de que no canta sólo para anunciar la llegada del día, sino para recordar una historia: la de un país pequeño que nació para la luz y que, sin embargo, ha debido atravesar largas noches.
Al escucharla, es imposible no pensar en Cuba. También ella es pequeña en el mapa, pero inmensa en su capacidad de inspirar sentimientos. También ella posee una voz única, reconocible entre todas las demás. Cuba es, de algún modo, esa tojosa posada sobre la guásima, aferrada a su rama más alta, resistiendo el paso del tiempo mientras deja escapar su canto hacia el horizonte.
José Martí soñó una nación solar. La imaginó luminosa, plena, abierta al porvenir. Los años trajeron esperanzas, desencantos y sacrificios. Y aunque muchas veces la noche pareció más larga que el día, el canto nunca desapareció. Como la tojosa, Cuba ha seguido cantando. Su voz ha cruzado mares y fronteras, y ha llegado a los oídos de quienes viven dentro y fuera de la isla.
Quizás por eso el canto de la tojosa conmueve tanto. Porque en él habita algo más profundo que la simple armonía de la naturaleza. Habita la persistencia. Habita la memoria. Habita la voluntad de seguir existiendo aun cuando las circunstancias parezcan adversas.
Allí continúa, sobre la guásima, bañando su plumaje con la luz de cada amanecer. Allí permanece, dueña de una música que ninguna otra ave puede imitar. Y mientras su voz se expande por el aire —uhh, uhh, uhh...— parece recordarnos que los pueblos, como las aves, conservan una canción propia que ninguna noche logra silenciar.
Desde lo más alto del cielo, un águila la observa. La pequeña tojosa no compite con ella ni pretende alcanzarla. Le basta con cantar. Y en ese canto, humilde y eterno, sigue latiendo Cuba.
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