Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Hoy volví a los edificios polacos de Frank País. Volví porque allí tuve una vida. Allí crecieron amistades, compartí con vecinos entrañables y aprendí a querer un barrio que durante años fue parte de mi historia. Regresé buscando recuerdos, pero encontré una realidad que estremeció mi alma.
Detrás del Polaco C me esperaba una imagen difícil de olvidar: una fosa desbordada, rebosante de aguas fétidas, amenazando con entrar en los apartamentos de la primera planta. Allí viven niños, ancianos y familias trabajadoras que cada día deben convivir con un peligro que no debería existir. El agua sucia cae a la calle, corre pendiente abajo, pasa frente a un mercado y continúa su recorrido entre varios edificios, como una herida abierta que nadie ha querido cerrar.
Observé en silencio. A veces el dolor no encuentra palabras inmediatas. Pensé en quienes despiertan cada mañana rodeados por aquel escenario, en quienes deben abrir sus ventanas y respirar el olor de la desidia. Pensé también en los niños que juegan cerca de esos espacios y en los ancianos que enfrentan con resignación una situación que amenaza su salud.
Sobre el registro de la fosa ha crecido un basurero colosal. Donde antes existía un depósito destinado a los desechos, hoy se levanta una montaña de desperdicios. Según cuentan los vecinos, trabajadores de servicios comunales destruyeron aquella instalación y nunca fue sustituida. El resultado está a la vista: basura acumulada, contaminación y abandono.
Pero lo más alarmante es que el problema no termina allí. Detrás del otro edificio la situación es igualmente preocupante. Basta una mirada para comprender que se necesita una intervención urgente. Con el calor, las aguas estancadas y los desechos acumulados, las arbovirosis encuentran el terreno perfecto para propagarse. Como siempre, los más vulnerables serían las principales víctimas.
Mientras caminaba por aquellos lugares que alguna vez sentí tan míos, varias pregunta no dejaban de acompañarme: ¿Qué nos ha pasado? ¿Cómo llegamos a normalizar escenas tan dolorosas? ¿En qué momento permitimos que el abandono ocupara espacios donde antes había comunidad, cuidado y esperanza?
No volvía a Frank País desde hacía varios años. Quizás por eso el impacto fue tan fuerte. Los recuerdos que guardaba contrastaban demasiado con la realidad que tenía delante de los ojos. Y duele. Duele infinito contemplar el barrio de la memoria inundado por el detritus y cercado por la basura.
Me fui con el corazón encogido, pensando en quienes siguen allí, resistiendo. Pensando en los niños, en los ancianos, en las familias que merecen vivir con dignidad. Pensando, una vez más, en Cuba. Ay, Cuba. Qué dolor tan grande verte así.
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