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| Eduard Encina el 19 de mayo de 2016, deposita ofrenda floral ante Obelisco a José Martí en Remanganaguas. Fot. Arnoldo Fernández. |
Por Rogelio Ramos Domínguez (Poeta y periodista)
Eduard Encina no creó el Café Bonaparte, ni siquiera estuvo entre los primeros soñadores quienes en el Instituto superior pedagógico decidimos darle forma a la criatura, Eduard ni siquiera era gordo, ni tenía tantos libros, ni era un tipo reconocido en toda la isla. Era solo Eduard y así le dejamos entrar a aquella aventura.
Café Bonaparte lógicamente nace del poema de Fayad Jamiz, y lo hicimos posible en medio del hambre rotunda, eran los años 90: sopas de arroz, arroz dulce, naranjas, rones intraducibles, muchachas hermosas quienes arriesgaban sus 20 años en medio de la tanta oscuridad y Eduard, comenzó a aparecer en todas partes.
No olvido jamás una tarde en la que Eduard, que ya dije era solo un muchacho, fue a decirle a todo el que pudo que no había entendido uno de mis cuentos, nos reímos juntos dos tardes después, y luego se puso más serio y salió triunfante en un concurso de la Facultad de Humanidades al que yo había enviado quizás mi mejor historia de la época.
Luego nos fuimos a la vida, yo dejé hasta hoy de concursar, no por rebeldía, ni sé por qué y Eduard Encina siguió escribiendo el verso y supe entonces que el Café Bonaparte, seguía vivo en Contramaestre, que colgaba ahí el ahorcado, y lo iban a ver los políticos de cartón, las mujeres que guardan las llaves de la noche.
El Café dejó entonces de ser una ilusión del pasado temible y se alzó con un nombre en el país y el país lanzó su mirada al Café, a Contramaestre, a Eduard Encina, que ya no era un tipo solo, al contrario, tuvo en su tierra amigos, seguidores, detractores y mucha poesía.
No sentí celo alguno, al contrario, la infusión que logramos armar Luis Fong y yo en el pedagógico Frank País, que fuera a ratos muy amargo retomó vuelo. Pude ir a Contramaestre alguna vez y me encontré con jóvenes poetas, amigos de muchos años y hablaban apasionadamente del Café Bonaparte.
Podrían haberlo llamado de cualquier modo, igual iba a sonar, igual iba a ser la obra del Gordo Encina, de ese poeta, que tuvo bien plantados amigos y enemigos, y supo, al fin, hacer el verso donde morían naranjas y algunos auguraban nicho humilde.
Por eso no queda otra cosa que agradecer a Eduard Encina, a todos los que retomaron aquellas tertulias y las colocaron desde el fondo del país, en el corazón de tanta gente.
Solo una cosa más; cuando la muerte rondaba a Eduard Encina, Eduardo Sosa y yo trepamos las escaleras del hospital. Abajo acompañaban poetas de cualquier rincón de la isla, Reynaldo García Blanco, Yunier Riquenes, ahí su esposa, el Puro que es inseparable, lo conocemos: Cuando subimos y Alfredo Ballesteros nos guió hacia el Gordo, cuando pude verlo atravesado por el dolor, sostenido por aquellos tubos de aire, Eduard me dijo: ¨El Café Bonaparte tiene que seguir¨. Lloré. Le di un beso y bajé las escaleras con ese pensamiento fijo en la cabeza, entre ese poeta y nosotros queda el deseo de hacer, ya no solo verso, sino hacer la vida de estos pueblos que algunos desean borrar de cualquier mapa.

