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jueves, 6 de abril de 2017

El círculo de los estafadores camino a Santiago




Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com

No revelo el nombre de mi testimoniante
por razones de seguridad para ella y su niña.


Ya los ha visto y el miedo se apodera de sus instintos. Teme por la niña, la probable reacción del esposo ante unos personajes salidos de las más burdas novelas de violencia. No se explica cómo están presentes en el país más libre del mundo, en la ciudad cuna de la Revolución;  lo cierto es que en Calle 4  se les puede localizar con facilidad. Pregunta  a su yo más íntimo: ¿Por qué los guardianes del orden público no hacen nada? ¿Será por temor? ¿Acaso alguna complicidad?
Aquella mujer se estresa siempre que llega el viernes y debe regresar a su Contramaestre de la soledad  y el lunes volver a Santiago. Piensa en esos hombres de alma oscura  que no son sensibles ante la enfermedad, la vejez, los niños, o  las mismas féminas tan protegidas por las leyes.

Ya sentada, junto a la niña, los ve subir y regarse por los bancos del camión; se esconden bajo apariencias sencillas, cualquiera diría que son viajantes intermunicipales.

Escucha el sonido del motor. Ante sus ojos pasa la Avenida de los Libertadores, el Moncada ahí mismo; giro a la derecha y descenso por Martí;  otro giro y desciende hasta salir a la avenida que lleva a la vieja Terminal. A la vista, la Autopista nacional, entonces comienza la pesadilla del fin de semana. 
En Calle 4 empieza  la tragedia 
Un flaco, de unos treinta, -jabado por más señas-, metido en su gorra; sacó el tablero y empezó a jugar; ella está muy cerca y un extraño escalofrío invade su estómago. Las frases melosas incitan a los viajeros, buscan la probable víctima. “Mientras más miras menos ves. Aquí está. Aquí está”. Un mulatón de más de cuarenta años se puso en pie y colocó cien pesos a la vista; su dedo índice marca una de las chapas. Otro mulato lo escolta. Tres más están al acecho. Los ojos del flaco se detienen en un viejo, -de Tercer Frente por cierto- y allí empezó todo, lo sedujeron de tal manera, que el pobre sacó un sobre blanco con el dinerito que traía encima, - era la pensión del mes recién cobrada-; lo dejaron ganar. El señor estaba eufórico y entonces fue por más y llegó la derrota draconianamente planificada. Perdió reloj, sombrero tejano, una sortija…

El miedo corre sobre el camión. La mujer abraza  a la niña. El protector del cuarentón dice  en son amenazante: “no has visto nada, no sabes nada. Es lo mejor que puedes hacer por el bien de tu hija”. Ya no es miedo, es espanto; bajo  el pulóver de aquel ejemplar de ébano se aprecia un largo cuchillo. La mujer ruega al Señor un milagro que salve a su niña de aquellos depredadores. Cierra los ojos y ora para llegar rápido a Contramaestre. Una mulata de la estirpe de Antonio Maceo se pone en pie y dice: “Basta de abuso cojone. Dejen a ese pobre hombre. No les da vergüenza carajo”. Los hombres miraron asombrados. Aquella mujer parecía dispuesta a todo, así que  llegando a San Luis, se perdieron en la espesura de otro furgón que iba rumbo a Santiago de Cuba. 

Entre Palma y San Luis la misma pesadilla 
El lunes aborda el camión a las 5:30 am en la terminal de Contramaestre;  todo tranquilo hasta Palma Soriano;  cuando sale de los límites de la ciudad del Cauto y entra a la Autopista nacional, vuelve la pesadilla del viernes. En la parada del Alambre suben cinco personajillos;   colocaron sus ojos en un anciano de unos 70 años. Aprieto a mi niña con fuerza, es irresistible el miedo que provocan estos estafadores. Cualquier día, pistola en mano, cambiarán sus modos operandi, porque cada vez se sienten más impunes, argumenta con resignación la mujer.  ¿Eran los mismos del viernes?, pregunté. No. Eran dos morenos, uno jabao y dos bien indios. Timaron a un señor que estaba a mi lado;  al muy pobrecillo le susurré al oído, no juegue padre, lo van a atracar  y uno de los aindiados sacó una navaja afilada ante los ojos de mi niña. “No te metas, porque te voy a picar la cara nena”. Uno de los mulatos me dijo,  “si hasta bonita es la muy condenada”, como sugiriéndome lo que podía hacerme también. Me privé del susto y abracé a mi beba. Las demás personas se hicieron los suecos  y ante nuestros ojos aquellos estafadores esquilmaron al muy infeliz; lo dejaron con el pantalón que traía puesto. Alguien regaló unas chancletas viejas y una camiseta para que pudiera llegar a su destino. La impotencia capitaneaba en todos. Un joven oficial del Ministerio del Interior parecía mudo y ciego;  también sintió miedo. Llegando a San Luis, se apearon como si no tuvieran ninguna relación entre ellos, hicieron señas a un camión que venía de Santiago y se perdieron camino a la Palma de Soriano. 

La estafa de los cien dólares 
El viernes volví a mi Contramaestre natal; idéntico ritual, mi esposo me acompañó hasta Calle 4, tenía una sensación rara, que me hacía sentir muy fría, sin ánimo para abordar el camión. Mis ojos buscaban a aquellos tipos, pero no los encontraban. Tomé un asiento por el que pagué veinte pesos. Me despedí de mi compañero de amores y nuevamente el mismo recorrido para salir a la Autopista. No me había dado cuenta, los tenía a mi lado. Allí estaban como racimos de palmiche. Apretaban a mi niña, quería creer que era por lo congestionado y yo evitando para no hacer un escándalo, porque el miedo me tenía traumatizada, me faltaba la respiración; esta vez la víctima fue una mujer humilde de Zacatecas (lugar del Caney), lograron sugestionarla al extremo de hacerla jugar cien dólares; la dejaron ganar como siempre hacen;  después no había manera que pudiera desprenderse de ellos, hasta que finalmente se los ganaron. En la emoción de la estafa, tenían a mi niña machacada con sus cuerpos tirados encima; algunas personas no pudieron más, -eran dos mujeres de pantalones como decimos los orientales-, dijeron a aquellos tipejos las cuarenta;  pero ellos, dueños del camión, sin machacante (cobrador del pasaje), ni camionero que los ubicara, amenazaron con los males mayores que podrían suceder si seguían con aquella mierda  de la justicia y el país de la Revolución; “cada cual es dueño de su vida y juega lo que le da la gana. Nadie los obliga”; dijo uno de los hijoeputas. Se sabían intocables, controlaban nuestro miedo. Recuerdo conté a mi padre lo sucedido, -él había regresado de Argentina donde estuvo por unos seis meses-, le dije lo que había visto en mis viajes de Santiago a Contramaestre y de Contramaestre a la Ciudad Héroe; se me hizo un nudo en la garganta; padre me abrazó fuerte; no pude evitar el llanto intenso; en mi memoria estaban grabadas para siempre las miradas de aquellas personas que un día salieron de sus casas y regresaron aplastados por una banda de estafadores. Nunca olvidaré, -dije a mi Padre-,  al viejo de Tercer Frente, se parecía a mi abuelo; lo vi llorar, tan indefenso, en el país donde la tercera edad es una de las más protegidas del mundo. 

Epilogo al círculo de los estafadores 
Está comprobado que los estafadores no son los mismos, unos operan en los tramos de Calle 4 a San Luis; otros del Entronque de la Autopista a San Luis; sus fechorías las planifican siempre en los mismos lugares. Tienen modus operandis similares. Andan en racimos,  entre cinco y seis;  quizás son una misma banda que se ha repartido los territorios para dar golpes con más eficacia y no tener encima el control de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR). Lo real es que se sienten dueños de la Autopista Nacional entre Santiago de Cuba y Palma Soriano;  allí reinan, nadie puede con ellos;  se han convertido en una plaga terrible que se aprovecha de la ingenuidad de muchas  personas, para asestar golpes terribles y  desaparecer en las aguas cómplices de otro furgón camino a Santiago o Palma. De seguir las cosas como van con el círculo de los estafadores, a la mujer de mi historia no le hace bien ese verso de Federico García Lorca que dice: “Siempre he dicho que yo iría a Santiago”.


sábado, 17 de octubre de 2015

Conversación con un sacerdote católico mexicano sobre la Cuba de hoy



Por Arnoldo Fernández Verdecia.   

Camino a casa, luego de un taller de educación popular sobre “Identidad y nacionalidad en la Cuba de hoy”, me encontré por azar del destino con un sacerdote católico mexicano;  alguien previamente le habló de mí, así que ya tenía noticias de la devoción hacia José Martí que animaba mis actos públicos y privados.

Hablamos corto. Yo traía razones poderosas del Taller. Eslóganes estériles han secuestrado el conocimiento y la mayoría de los adolescentes y jóvenes los repiten una y otra vez; cuando les pides esencias no pueden ilustrarlas, porque sencillamente no saben; y lo peor, nadie les ha enseñado cómo llegar a ellas.

El sacerdote habló de Félix Varela y Morales, su sabia en la construcción del pensar propio, nacido de las necesidades de los cubanos; yo riposté con el Obispo de Espada, figura tutelar que hizo posible hombres como el creador del “Habanero”. Por esos caminos andamos. Disfrutamos la búsqueda del razonamiento lúcido para entender el mundo y poder trasformarlo con sentido de justicia.

Vinieron las demostraciones. Llamó a unos muchachos de la parroquia cercana, conversó animadamente con ellos. Me presentó.  Entonces ocurrió la evidencia. “Verá usted amigo. ¿Quién es el autor intelectual del asalto al Cuartel Moncada?” Todos a coro respondieron: “José Martí”. El sacerdote interrogó nuevamente: “¿Por qué?”  A coro dijeron: “no estuvo físicamente, pero sus ideas motivaron a Fidel Castro y a los moncadistas a hacerlas realidad.” “Ahora viene el momento clave”, dijo: “¿Cuáles ideas?” Callejón sin salida, frases hechas, consignas de ocasión, pero ninguno a ciencia cierta sabía nada sobre el pensamiento de José Martí que había inspirado a aquellos jóvenes el 26 de julio de 1953.

Nos miramos detenidamente, yo traía esas certezas del Taller de la mañana; él las tenía de sus feligreses. ¿Qué hacer entonces para retomar el camino de la lucidez y poner a cubanos y cubanas a la altura de su tiempo en términos de cultura e historia? Con esas interrogantes pactamos un segundo intercambio. Yo ofrezco el camino de la Sociedad Cultural José Martí, los clubes  que dan vida a la misma; él, una Comisión de Historia, Cultura e Identidad, para traer de regreso a Félix Varela y Morales; darle una contemporaneidad necesaria. Con toda honestidad, no lo veo mal, Varela y Martí de la mano, pueden ayudar a edificar el hombre necesario en la Cuba actual; pero hace falta tirar a tierra muchas manquedades limitadoras para hacer el recorrido posible. 

lunes, 14 de julio de 2014

“No se puede escribir nada crítico en Artemisa, Cuba, hasta después del 28 de julio”

Por Harold Cárdenas Lema (harold.cardenas@umcc.cu)

En el reino del experimento, la improvisación es cosa diaria si no se previene y el dogma es rey si no impera el sentido común. La provincia de Artemisa es joven, cuenta con medio millón de habitantes y desde su surgimiento ha sido territorio de ensayo para numerosos experimentos. Se espera que el éxito de estos pueda extenderse al resto del país pero esperemos que no todo lo que ocurre en Artemisa, prolifere.

Esta fue la jurisdicción seleccionada para celebrar la sede del 26 de julio este año, en esta decisión debe haber influido mucho que la provincia tenga en su territorio la Zona Especial de Desarrollo del Mariel, una de las mayores apuestas de Cuba para salir de la crisis de las últimas décadas. Este es un tema complejo y sensible porque muchos artemiseños sienten que el Mariel no pertenece a la provincia, el acceso allí es restringido a los habitantes e incluso los periodistas necesitan autorización para acceder, de hecho casi siempre son periodistas de medios nacionales quienes cubren las noticias de la Zona.

Es normal en un lugar que todavía construye su identidad, que se cometan errores a menudo pero estos no pueden ser de principios ni pueden dañar algunas de nuestras esencias porque el daño sería mucho. Esto acaba de ocurrir.

Un funcionario de la prensa en la provincia ha dejado claro recientemente que: “no se puede escribir nada crítico hasta después del 28 de julio”, es decir, la crítica tiene su momento y este comienza luego de las actividades posteriores a la celebración del ataque al Cuartel Moncada. Triste que cosas así sigan ocurriendo en Cuba, triste que una periodista de Artemisa en estos días vea su trabajo en peligro por no seguir la instrucción de su jefe según la cual los blogs no son para hacer literatura sino política… “son para defender la Revolución”. ¿Acaso escribir literatura en un país en Revolución no es una forma de defenderla? ¿O seguimos propiciando una blogosfera atrincherada? Confío que hayamos madurado lo suficiente para que cosas así y personas tan dogmáticas, no se salgan con la suya.

Fuente:
http://jovencuba.com/2014/07/14/artemisa-en-26/


viernes, 4 de julio de 2014

Un Martí de carne y hueso

Exhumación de José Martí en Remanganagua. Dibujo de Antonio Isaac.

Por Amir Valle (Especial para Caracol de agua)

Hasta una tarde de aquel 1985 en que cumplí los 18 años, José Martí tenía para mí la blancura lechosa de los bustos que crecían como hongos solitarios en casi todas las escuelas de la isla o la grisura de aires ancestrales y lejanos de los daguerrotipos que reproducían la que pudo ser su real imagen humana. Y era obvio: en las historias que escuchábamos en clases, en los matutinos, en los numerosos eventos martianos a los que asistí siempre signado porque, según los maestros, “Amir hace buenas composiciones”, se nos presentaba a un iluminado Apóstol (luego se nos prohibiría referirnos a él con ese término cristiano, cuando llegaron los tiempos en que las religiones se consideraban “el opio de los pueblos”), un hombre tan excepcional que parecía divino, un incorruptible en toda regla, casi un Mesías, nuestro Mesías anunciador de las buenas nuevas que nos cumpliría ese otro Mesías, Fidel Castro, que adoramos con una pasión similar, repitiendo aquello de que Martí era el Autor Intelectual del Asalto al Cuartel Moncada con el que arrancaría la gesta revolucionaria que triunfó en 1959.

Un busto, solo, blanco, que necesitaba recibir una mano de lechada barata cada año para no ennegrecerse bajo los embates de las lluvias, el polvo y el salitre tan habitual en mi Santiago de Cuba. Eso era José Martí. Alguien fallecido mucho tiempo atrás. Del pasado. Ilustre muerto, es cierto, pero muerto al fin y al cabo. Y los muertos, ya se sabe, suelen irse difuminando en la memoria de quienes lo conocieron; de modo que para quienes sólo conocimos su nombre y sus viejas fotos, lo veíamos tal cual nos lo pintaban: alguien sin vida, un hombre de yeso o mármol o bronce que lo mismo sacaban a cuento cuando se trataba de combatir al imperialismo yanqui, cuando se hablaba de la entrega al arte (nos referían entonces sus duras estancias en el exilio escribiendo una obra literaria monumental pese al hambre, el frío y las adversidades), o incluso (los más osados, y en aquel entonces siempre en voz baja para no ser oídos) cuando se hablaba de esa fama de gran amante que tiene el hombre cubano (ya se sabe, nos decían, alguien con “esa labia” tumbaba a cualquier mujer que se le pusiera a tiro, incluida una jovencita de Guatemala a la que, cuentan, volvió loca de amor).

Lo cierto es que fue justo en las más irreverentes historias (contadas en voz baja, ya lo he dicho) donde Martí comenzaba a cobrar para mí cuerpo de persona viva. Saber que se había aficionado a la Ginebra para matar el hambre (en voz baja otra vez soltábamos aquello de “Pepe Ginebrita”); saber que le alebrestaban las faldas con la misma naturalidad con la que a mí me volvían loco las sayitas a medio muslo de mis hermosas compañeras de la Vocacional Antonio Maceo, allá en las afueras de Santiago; y saber sobre todo que el tan citado Ismaelillo era un poemario nacido de carencias, contradicciones y dolores personales y familiares muy fuertes, fue la causa de que un día, quizás a los catorce años, decidiera emprender la lectura ordenada de aquellos 27 tomos de Obras Completas de José Martí que mis padres, maestros de profesión, atesoraban en la muy rica biblioteca familiar en la que yo jugaba desde niño. Fue todo un descubrimiento. Y no voy a escribir aquí que me fascinó, como han escrito muchos otros por seguir la norma de alabar al iluminado intocable: a esa edad, sólo me vi conmovido por su poesía y por los ejemplares de la revista La Edad de Oro que también adornaban los estantes de aquel cuarto, en bellas ediciones hechas en Venezuela (que, por cierto, nunca supe de dónde salieron). El resto de lo que logré leer me pareció palabra antigua, textos pasados de tiempo, fuera de lugar, lejanos a mi sensibilidad, que sólo pude entender en su complejidad años después, cuando emprendí otra vez la tarea de leer aquellos gruesos volúmenes color vino.

En plena adolescencia, cuando cursaba la secundaria en una escuela en el campo con nombre que aún no entiendo: Bungo 6 (es una palabra que no aparece en el diccionario y por la cual, más tarde, los cubanos comenzamos a referirnos a un tipo de plátano), un profesor de historia propuso aprovechar que los recorridos de las guaguas que nos traían desde Santiago hasta las cercanías de la Loma del Yarey donde se encontraba nuestra ESBEC pasaban por Contramaestre y consiguió que un fin de semana, antes de entrar de pase, la guagua de nuestro grupo desviara su ruta y se detuviera en un pueblo que transpiraba tristeza: Remanganagua, interesado como estaba en que pisáramos el lugar donde Martí había sido enterrado por primera vez y durante unos días hasta ser trasladado al Cementerio Santa Ifigenia, en la capital provincial.

Otra vez, la nada: el deterioro que encontramos en el sitio al que se nos condujo con tanta reverencia y respeto no consiguió impactarnos. Fue tal el desastre que encontramos, que la visita duró apenas pocos minutos y de aquel momento sólo recuerdo a dos de mis compañeros haciendo competencia a ver quién saltaba más cruces en una esquina del vetusto cementerio y a un guajiro de Palma Soriano, amante de la décima, que soltó, jodedor, en voz baja: “Pueblo de Remanganagua,/donde es mal gusto reírse,/donde es triste hasta morirse/y arrastrar con esta yagua…”, aunque sólo se quedara en esa cuarteta al ser escuchado por el profesor, que lo paralizó con una durísima y seca mirada, sin imaginar que desde entonces aquellos cuatro versos inconclusos nos permitirían burlarnos de nuestro amigo llamándolo “El Poeta de Remanganagua”.

Finalmente fue la muerte la que me humanizó al Martí de yeso que se erguía, anclado como un pedestal solitario e inmutable, en mi memoria. Esa misma muerte que, años atrás, descubrió el niño que yo era cuando vi el cadáver de mi abuelo Ceferino dentro de su ataúd, los huecos de la nariz y las orejas taponeados burdamente con algodón; una imagen que me sacó de la felicidad de mi infancia y, apenas con 8 años, me puso ante la dura verdad de que un día las personas que más uno quiere pueden dejarnos. Y así, si el rostro inolvidable de mi abuelo se convirtió para mí durante años en la imagen perfecta de la muerte; el rostro corrompido de José Martí, me permitió saber que él también una vez existió, amó quizás con la misma pasión con la que yo he amado, tuvo sueños y luchó por ellos igual que otros muchos lo hemos hecho, murió fatalmente un día y fue, como mi abuelo, aunque suene fuerte decirlo, pasto de gusanos. E imaginé a José Julián Martí, “Ismaelillo”, exhumando los restos de su padre (cosa que, supe luego, logró hacer sólo el 24 de febrero de 1907 allá en el cementerio de Santa Ifigenia). “La muerte es la más humana de las verdades”, diría un sabio poeta hindú, Tagore.

Era, lo dije al inicio, una tarde de 1985. El escenario, la casa de la ensayista y profesora universitaria Daysi Cué (amiga, consejera, una de las personas más inteligentes y lúcidas intelectualmente que he conocido). Y aquella imagen que reproducía a un Martí acabado de sacar de su primera tumba, con los evidentes estragos de la putrefacción (recuerdo especialmente las cuencas de sus ojos hundidas, su labio destrozado por lo que supe después había sido un disparo, la piel de su frente resecándose ya pegada a la osamenta) era un daguerrotipo tomado en el momento de la exhumación, una de las muchas joyas históricas que había logrado salvar de la destrucción y el vandalismo ese otro gran investigador que fue el padre de Daysi, si no recuerdo mal, llamado Juan Francisco Cué.

Ese día, impactado por la devastación biológica que algo tan común como la muerte física había provocado en José Martí, comencé a sentir que el hombre de yeso se humanizaba. Y desde entonces, del que sin dudas puede ser catalogado como el más grande de los cubanos, José Martí, jamás he podido hablar en términos que no sean humanos: gracias a lo grotesco de su muerte, a la putrefacción que se ensañó en su cuerpo como podría hacerlo con cualquier otro de nosotros llegado ese trance, descubrí que prefería mil veces a ese ser humano lleno de defectos, sueños, virtudes, fracasos, empeños, imperfecciones, vacilaciones y geniales o erradas decisiones políticas y de vida, que fue capaz de alzarse sobre toda la miseria que cargamos por igual todos los humanos para convertirse en un símbolo vivo de la historia cubana, en uno de los escritores imprescindibles de las letras en lengua castellana, en parte de un ideario nacional eterno que nada tiene que ver con ese Martí aséptico y desangelado que insisten en mostrarnos, y mucho menos con estatuas de yeso, mármol o cobre. 

viernes, 26 de julio de 2013

Nuestro cemento del porvenir: EL MONCADA

"...cambios materiales son más fáciles que los cambios culturales”, como dijera Pepe Mujica, en su intervención,  o “el mundo cambia y se mueve porque hay gente comprometida para hacerlo cambiar”, precisó el exguerrillero uruguayo".
Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu 

En casa el 26 de julio formaba parte del calendario familiar de celebraciones, al igual que el fin de año, el Día de las madres, e incluso la Navidad. Se asaba un lechón y todos esperábamos el discurso de Fidel para orientarnos en torno a los cambios y retos del socialismo cubano.

Con la llegada del período especial hubo que hacer a un lado la celebración festiva, pero nos quedamos con el ritual político cultural, y creo, que la mayoría de los cubanos se plantan frente al televisor a dialogar con el orador de turno, o con su líder,  en la tribuna de la Patria.

Esto último no es baladí, pues en la naturaleza secreta del hombre de esta tierra, ocurre una conversación virtual con Fidel o Raúl Castro, lo mismo se aprueban las palabras dichas, que se condenan los desaciertos en todo un año de trabajo. Yo diría que ese día, Cuba es una tribuna mediática, un gran escenario, donde el pueblo participa junto a sus dirigentes en proyectos pasados y futuros.

Este 26 de julio no ha sido igual, Fidel no está físicamente en el acto, es un cubano más frente al televisor, aprueba o desaprueba gestos, frases, y en silencio dialoga, lo mismo con Raúl, que con todos los mandatarios latinoamericanos que desfilan por la tribuna. Reconoce el hecho de saberse un paradigma de revolucionario en tiempos donde “los cambios materiales son más fáciles que los cambios culturales”, como dijera Pepe Mujica, en su intervención,  o “el mundo cambia y se mueve porque hay gente comprometida para hacerlo cambiar”, precisó el exguerrillero uruguayo, que no deja de tener razón también cuando señala: “Esta revolución, que fundamentalmente ha sido la revolución de la dignidad, de la autoestima para los latinoamericanos, nos sembró de sueños, nos llenamos de Quijotes, seguramente que soñamos que en 15 o 20 años era posible crear una sociedad totalmente distinta y chocamos con la historia”.

Fidel sabe que el  Moncada es  faro de dignidad para los pueblos de América Latina y el  mundo. Tal vez por eso, en fecha de rebeldía nacional, nuevamente resurge la frase del teniente  Pedro Sarría, su salvador en aquella epopeya, con más vigencia que nunca: “Las ideas no se matan”.

Como cubano de a pie, humilde por cuna y vida construida, sentí en lo más profundo de mi espíritu las palabras de Mujica, creo que habló a los revolucionarios del mundo, de América Latina, y en un gesto bohemio, de joven en cuerpo viejo, sentenció: “los cambios culturales son el cemento del porvenir”.

Con las ideas no se matan y los cambios culturales son el cemento del porvenir, es tiempo de seguir sobre Rocinante, por caminos cada vez más ciertos de integración americana, convencidos, como dijera Mujica, que “los cambios sociales no tienen un laboratorio donde se puedan experimentar…Los cambios sociales  no están a la vuelta de la esquina. Lo imposible siempre cuesta más”. 


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