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martes, 19 de septiembre de 2017

¿Ñángara o poeta?




Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com

Un “amigo” bajo sospecha. Unos dicen que para despojarlo de su teluricidad se dicen cosas. Las ofrendas florales a la vista pública. El pueblo sencillo con los ojos metidos allí. Barrios movilizados. Mucha gente extraña. Una llamada telefónica. La noticia cual pólvora sacude. “Era  uno de los nuestros”, dice un viejo en su caqui planchado. Entonces la gente lo eterniza en un duelo mitológico y olvidan al poeta, al narrador y lo llaman Tabo, ñángara y  se tejen  historias siniestras. Alejo, Virgilio, Mario, Lezama, Gabriel, lo apartan de su arca, aunque Eliseo Alberto lo defiende, Luis Rogelio Nogueras también. El arca parte al  futuro, muy pequeñito se ve al “amigo”, pero va entre los poetas; su obra habla, es su mejor expediente. Los ñángaras inician el festín de Calíope, saben que un mártir puede ser símbolo y eso no es bueno para los pueblos pequeños. Vendrán cantatas, homenajes, quizás amnesias provocadas; pero el ágora lo magnificará hasta disecarlo como animal común. Cerrados aplausos en el coliseo del patrioterismo; siempre los tendrá, aunque no lean sus libros de poemas, ni entiendan sus ensayos. Pan y circo. Todo respira  el nombre de mi “amigo”;  pero el va muy tranquilo en el arca, a pesar de las sospechas, porque sus poemas bastan para no olvidarlo. Los grandes poetas alcanzan el cielo; aunque algunos quieran fijarlos a la tierra.   

viernes, 3 de enero de 2014

Olvidado por la historia de Cuba

Su vieja mira el televisor krim 218, no habla, no sonríe.
Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Mi amigo  tiene la autoestima baja, quiere un discurso parecido a los tiempos. Anota frases, palabras. Ninguna apresa la esencia del futuro. No quiere darse un trago, como  lo hace siempre ante los naufragios cotidianos. Sueña una medalla, tal vez un diploma donde, al menos, esté la firma del hombre que tanto admira, pero nadie lo recuerda. Entonces habla del poema dedicado a una buena persona y  llora.

Recuerda que estuvo en Angola y hoy lleva una prótesis en lo que fuera su pierna derecha.  Le gusta reunirse en la esquina del barrio a beber ron barato y jugar dominó. De vez en cuando mira su destartalada casa. Cuántos esbirros de la Unita  tuvo que matar para hacer la revolución de la dignidad, piensa. Su vieja mujer debe haberse orinado en la silla de ruedas. No le alcanza la chequera para pagar a alguien  que la cuide. Suelta el doble 6 y experimenta alivio.

En la noche del 31 de diciembre recibe a unos vecinos con unos platos de cerdo asado, casi llenan el frío; al menos recuerdan que soy buena persona, dice para sus adentros. Su vieja mira el televisor krim 218, no habla, no sonríe. Sus hijos... Sus hijos, uh, uno vive en Francia y el otro en Estados Unidos. Quisieron llevárselos, pero dijo que morirían en Cuba.

Mi amigo tiene la autoestima baja. Temprano hace cola para comprar yogur de soya. Luego se sienta en un banco frente a la funeraria a recordar los tiempos que no volverán. Aquellos actos donde mostraba el pecho cargado de medallas. Las visitas a la escuelita del barrio a contar sus hazañas. Año tras año lo hacía, piensa. 

Al regresar, su mujer se ha defecado y sigue frente al krim 218 que hace más de una década no funciona. Si mis hijos regresaran, piensa, qué distinto sería todo.



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