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jueves, 7 de enero de 2021

EVOCACIÓN DE MI PADRE

 


Por  A. Fernández. 

Parecía insólito, pero era una verdad cruda, de esas que tocan el alma y la fragmentan en millones de pedazos. Era la noche del 8 de enero de 2020. Atrás, los últimos días de diciembre de 2019, los tragos, la música, la última alegría que vi en sus ojos. 

La llamada, cuando la media noche era cercana;  el llanto al otro lado del auricular;  mi camino apresurado al hospital y él allí, sobre una cama, tembloroso, con los ojos bailando, no como fue en la vida real, donde era el mejor de los bailadores, el Pillín amoroso,  de pasos sublimes y una cubanía tremenda, el de lo saltos al cielo, el del pañuelo al aire, el de la voz ronca de tanto convocar a la alegría, el que soplaba la botella de licor y producía un sonido que a todos hacía reír. 

Parecía insólito, pero el hombre más serio que he conocido, yacía allí, sobre una cama que no era la suya, con la mirada apagada y su cuerpo como Quijote, hermoso, aunque enjuto, como el caballero de la triste figura, según el divino Cervantes.  Hablé  al padre, al hombre, tomé sus manos, lo afeité, como él lo hacía día por día, pasé talco blanco por sus mejillas, como lo hacía  en sus romerías cotidianas, unté perfume en sus oídos, lo vestí de gala… 

Al verlo en aquella caja ordinaria, escasamente digna, con problemas de realización, sin ningún detalle artístico, un azul tristemente célebre; sentí que algo grande había pasado que no me lo traería de vuelta nunca más.  Algunos me creyeron loco, porque al acercarme abría sus ojos y me miraba como siempre lo hizo, con una ternura infinita y sus palabras protectoras. Yo lo veía, pero nadie más conseguía verlo. Llamé a varias personas para que se convencieran de que me miraba, pero la gente sentía pena de mí y me volvían la espalda, con un manojo de lágrimas asomadas. 

Algunos materialistas, de esos que te abrazan y no sienten nada me dijeron: está igualito, incluso más joven que cuando estaba vivo;  qué palabrería más  hueca para un hombre ante su padre muerto. 

Entonces, mientras nadie nos veía, me dijiste con los ojos bien abiertos que te llevara en andas por la avenida y el parque Rabí, y, allí, bailar las últimas canciones de tu  vida, antes de entrar a una tumba fría. Los trinos llegaron en la voz de amigos que no dudaron en hacerlo. Lágrimas negras entró dulcemente a tus oídos, bailaste frente a la emisora del pueblo, volviste a ser el Pillín, el hombrecito que adoró los sombreros y vestía con una pulcritud inimitable, el padre más bueno del mundo, el de aquellos regalos en mi niñez y el narrador de historias de un niño negro llamado Chopin, que habías adoptado como hijo, porque no tenía madre ni padre; irremediablemente mi llanto llegaba a lágrima viva, porque no quería compartirte con  nadie, entonces me decías que un padre bueno reparte amor, incluso con los que la vida les negó ese derecho. 

Así eras viejo, inmenso, mucho mejor que yo en todo; servicial;  nunca dijiste una palabra obscena, nunca ofendiste a nadie; los mejores atributos que te acompañaron fueron la honradez, la sinceridad y una bondad infinita. 

Un día me donaste tu biblioteca, hoy la conservo con sano orgullo, porque estoy convencido que me miras desde cada libro que leíste y me sigues iluminando en las decisiones más duras, como la que debí tomar un 10 de noviembre de 2020, en medio  de una crisis económica asfixiante, luego de ser aplastado por un hombrecito de paja, deseoso de quemarme en la hoguera por  palabras que otras personas decían sobre algo que yo había escrito;  ese día viniste, estrechaste mi mano y aprobaste mi nuevo camino;  luego te vi pederte en el cuarto donde dormías y volver al retrato en la pared, donde cada día me sonríes para que siga el camino recto de la virtud y tratar de acercarme a tu sencillez, que fue la mayor grandeza que te acompañó en vida. 

Qué suenen las guitarras;  otra vez te veo bailar, cantar, aunque es 10 de enero de 2021 y hace un año te fuiste a un evento de la Década Prodigiosa, y decidiste quedarte allá, en esa eternidad donde vives, a la que espero ingresar un día para regalarnos un concierto de Miguel Matamoros y cantar otra vez Lágrimas negras a llanto tendido. 

lunes, 24 de febrero de 2020

Mi padre no ha muerto


Mi padre falleció el 10 de enero de 2020.
Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com

Asomas cuando menos lo imagino, veo tu sonrisa bajo la guásima, los cafetos, los limoneros; aún tus olores en el cuarto, tus cosas, tu música, tus memorias, los periódicos que leías.

Te veo en cada mañana apurando la taza de café para ir a cuidar a padre viejo, o en la tarde el andar cansado, luego de los recorridos por calles, avenidas y casas, donde hiciste nidos de alegría.

Nuestra última conversación versó sobre una vieja escalera, cuidarla  para que durara; un apretón de manos; luego verte en el bolso al hombro, las grandes botas, la delgadez quijotezca.

Todavía recuerdo tus ojos tiernos apurando una sopa de pato, porque te ibas a una fiesta con esa familia nueva que creías tener. Me acuerdo de las empanadillas que nunca comiste, porque un asado de puerco era mejor.

Tus espejuelos siguen en el mismo lugar; no aceptan una partida inesperada, dolorosa; sin saber cuáles fueron tus últimas palabras en la casa del padre viejo, aquella noche del 8 de enero de 2020.

Algunas personas cuentan lo sucedido durante el día, -miércoles-; el coroto, el alboroto en cada full, las manos en alto, los ojos prendidos de emoción, el jugo de piña, el bocadito sabroso.

Por eso no comprendo esos pasos tuyos en la agonía final hasta el abuelo, cuando debieron cuidar el oxígeno de tu cerebro: ¿por qué no llegó a tiempo el jugo de limón, o el de naranja agria, el Captopril bajo la lengua?

La soledad de tus últimos minutos es un enigma. Alguien me habló de palabras ásperas, ofensas enfebrecidas por el licor; pensé en la justicia, hacerla con mis propias manos, pero no te traeré de vuelta, no serás más el hombre bajo el árbol comiendo mangos, cerezas, o un trozo de pan con café, o el bailador admirado por sus amigos, o el abuelo amoroso que cada tarde recogía a su nieta y en sus brazos rendía honores al amor.   

Algunos me creen loco porque aún te veo llegar cada tarde, en la noche, la mañana, al mediodía; poner la radio, leer ese texto arrugado que guardaste en un cofrecillo con una foto de tus hijos y un título que mereciste siempre: MEJOR PADRE DEL MUNDO.

Ahora me toca sobrevivir, hasta encontrarnos de nuevo.

miércoles, 29 de enero de 2014

Cometas en cielo de Cuba


Por  Arnoldo  Fernández Verdecia. caracoldeagua@cultstgo.cult.cu 

La vida cotidiana de niños, adolescentes y jóvenes en el oriente de Cuba está signada por un pasatiempo ideal: empinar cometas. No hay calle, azotea, campo de deportes o finca que olvide esta práctica recreativa.

Todo comienza con la búsqueda de los güines en los sembrados de caña, esta última produce una flor que tiene un largo tallo; cuando la gramínea está madura, es el momento ideal para cortar el mismo y ponerlo al sol a secar.

Luego elijen el modelo: coronel, picúa, estrella, cubanita o sencillamente la que se pueda inventar, según los recursos disponibles para armarla. Debe tenerse a mano suficiente papel, pegolín e hilo, sea de nylon, saco o cabuya para poder empinarla. Los frenillos tienen que estar bien hechos, porque si no culebrea y se viene abajo. El rabo se hace con recortes de tela;  el largo depende del tamaño; al final se le amarra una cuchilla con el fin de combatir otras que pongan en peligro su reinado.

Algo que no puede faltar es el aire, así que el tiempo ideal para empinarlas se enmarca entre diciembre y marzo. Como estamos a enero, florecen muchachos y cometas en Cuba, sobre todo en el cálido oriente, donde es encantador apreciar cómo se pinta el cielo de colores, y  familias completas se van a un campo de beisbol a disfrutar junto a sus chicos de ese pasatiempo. 

Si está en algún lugar del mundo y decide venir a pasar unas vacaciones en Cuba, durante los meses citados, no deje de apreciar las cometas en su cielo; tal vez se embulle y sea usted otro de nuestros cometeros.  







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