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viernes, 13 de octubre de 2023

MORIR NO ES LA ELECCIÓN


Por Arnoldo Fernández
  

Sobrevivimos muy pésimamente. No hay otra vida para vivirla en ese futuro prometido al que nunca conseguimos llegar. 

La mediocridad toma posesión de casi todo; expulsa lo humano que aún existe e impulsa un reino de mentiras que nos destroza. 

Un nuevo poder económico de generales y doctores impone una fe, que requiere del ejemplo virtuoso para ser creída.  

Uno necesita esperanza, sentir que camina hacia algún lado. Es normal en todo ser humano ir hacia el porvenir; pero aquí no hay esperanza, no hay porvenir. 

El eterno sufrimiento no es vivir. Vivir sujeto a necesidades que nunca puedes, ni minímante resolver, no es vivir. Esperar por un mañana promisorio que hace mucho se olvidó de nosotros, no puede ser el sentido de la vida. La muerte no debe ser la elección. 

Vivir aquí es una fiesta innombrable,  dijo el poeta, y tal vez tuvo razón, yo creo en ese acierto, siempre y cuando nos permitan elegir entre todos el camino que nos devuelva la autoridad del amor.

lunes, 22 de mayo de 2023

SEGURIDAD CIUDADANA


Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Nos creíamos seguros dentro de casa, en la calle, en cualquier lugar de este país. Era una conquista que parecía lograda, sin embargo, en los años recientes, una oleada de robos, asesinatos, estafas...,  hace añicos la tranquilidad ciudadana y pone en peligro el mas importante de los derechos, el de la vida.

Lo sucedido en Matanzas llega profundo, duele, molesta, sentimos que la justicia es demasiado corta para juzgar el delito. Un niño, una mujer, un hombre, la clásica familia atacada por lo más oscuro. Quitarles la vida. No hay perdón, ni en el cielo, ni en la tierra,  para un hecho así. 

Pensar que un día te levantas y están ahí, no puedes defenderte con energía, porque luego la ley te sanciona; en esos segundos de duda, te matan y se llevan lo que con esfuerzo compraste o te legaron tús ancestros. Pensar que un día sales de casa y al regreso, al abrir la puerta, la muerte puede esperarte escondida en lo que siempre creíste tu mejor refugio. Pensar que un día, por necesidad, debes viajar y al regreso encuentras la casa saqueada y nadie vio, ni sintió nada. Pensar que por un teléfono, una motorina, un auto,  cualquier cosa de valor, alguien puede asesinarte, para luego lucrar con ellas.  

País mío, país, vas cuesta abajo, la tormenta no cesa. Urge devolver la decencia al cuerpo social, urge que la justicia no tenga bando, urge que tengamos seguridad al cerrar los ojos  cada noche, urge que la burocracia y sus cómplices sean identificados, condenados, porque hasta para comprar un sello de correos uno pasa trabajo. Urge que la seguridad ciudadana no se vulnere más por tanta gente villana que ha florecido como mala hierba.

martes, 31 de enero de 2023

HA MUERTO TERESA (Crónica)


Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Me parece una falsa noticia. Reviso varios perfiles, confirmo. Es verdad: TERESA MELO HA MUERTO. 

La conocí en la Feria del Libro de 2004. Conversamos mucho, nos unía la filosofía, la poesía, Martí y Guillermo Vidal Ortiz (Guille). 

Entre los regalos que guardo están Los cuervos de Vidal Ortiz, me lo trajo de uno de sus viajes a Uruguay,  sabía que Guille era imprescindible en mis lecturas. También conservo Las altas horas, El libro de Estefanía y El vino del error, dedicados por ella. 

Recuerdo que vino a muchas ferias a Contramaestre.  Vio crecer nuestro movimiento literario;  disfrutó cada libro escrito desde aquí.

Fue editora de dos de mis libros. Su palabra era mansa cuando lo merecía, pero era látigo en momentos necesarios. 

Teresa, quise creer hasta el último minuto que era una broma, una falsa noticia. Tú muerte sorprende, duele. 

Acaricio los libros que me diste, regreso en el tiempo y te veo leer poemas de Las altas horas en mí pueblo con una sala llena de gente.

lunes, 30 de agosto de 2021

HUGO


Por Ania Álvarez Enamorado* 
(Poetisa y narradora) 

Llueve allá afuera . Me gustaría salir corriendo y saltar en los charcos, respirar el aire del mar que no está muy lejos, embarrarme de lodo y mataperrear con los demás, pero no puedo, lo único que hago es dar pequeñas cabriolas cuando me dejan salir al jardín o al patio de la casa. Me pregunto si alguna vez me permitirán hacerlo o si podré al fin levantar mi voz sin que amenacen con castigarme, como si la naturaleza no me hubiera dado voz para que haga gala de ella. 

Llueve cada vez más fuerte, truena y una luz inmensa ilumina todo encendiendo un sol gigante muy cerca de mí; eso me da mucho miedo por lo que sin esperar a que se repita me cuelo bajo la cama, la cama dónde él duerme, yo lo hago a unos pasos, en mi camita de algodón. En su favor puedo decir que me mantiene limpio, alimentado y alguna que otra vez me rasca la panza. Es mi dueño y yo soy su amigo fiel. 

Llueve y truena que da espanto, gimo. Él lo sabe,  por eso me saca de mi escondite diciendo.

— Hugo tranquilo , es sólo un trueno. Cállate ya y déjame dormir. 

A mí me ha parecido que piedras gigantes se despeñaban desde el cielo directo hasta aquí y que podían caernos en la cabeza. 

Pruebo a ladrar dos o tres veces para darme valor:

— ¡Hugo, cállate perro loco! ¿Quieres ver cómo te hago callar? ¡Perro estúpido!... 

Vuelvo a ladrar pero esta vez es por el gato de la vecina que pasa por mi lado burlándose de mí ¡Qué humillación! Me lanzo con un impulso tremendo tras el gato pero la correa me mantiene tan fuertemente sujeto que por poco sucumbo.

— ¡Hugo! 

El gato malcriado sonríe burlón y vuelve a pasar por mi lado con la cola levantada... 

Llueve, ya no se siente el ulular del viento, las gotas caen más suavemente , me recojo impotente en mi cama calentica y cierro los ojos para soñar que ya no hay nada que me impida ladrar, correr y saltar en los charcos mientras me lleno de lodo.      

*Ania Álvarez Enamorado, Maffo, Santiago de Cuba, 16 de Abril de 1966. Graduada de Instructora de Arte, Teatro, 1987. Ha trabajado en Casa de Cultura en Contramaestre, en Casa de las Américas, Habana. Ha obtenido numerosos premios en poesía. 


jueves, 17 de junio de 2021

La muerte de Babby


Por Arnoldo Fernández
 

Iba de un lado a otro con ese tumbao inolvidable que lo hacía único en los de su especie. Muchas veces me pregunté cómo mantenía el equilibrio en su andares por techos, árboles o sencillamente al improvisar alguna acrobacia mortal. 

Sus ojillos, a pesar del verde centelleante, no tenían luz. Lo llamé Babby Lichy para honrar a su padre Lichy Alberto, como el de Informe contra mí mismo. Comía con apetito insaciable. 

Tenía dos años y unos pocos meses. Siempre me perseguía el temor de que algo malo sucediera, por las tantas discapacidades en su cuerpillo barcino y blanco. 

El sábado 12 de junio desapareció pasada las diez de la mañana. A la hora del almuerzo lo llamé muchas veces, pero no me hizo llegar ninguna respuesta de su paradero. Con la esperanza desarmada lo busqué por todas las casas del barrio. Una oscura intuición me hizo subir al techo; allí dormía, luego de jugar con un cable eléctrico.

martes, 20 de abril de 2021

Cumples 106 años hoy


Por Arnoldo Fernández V.

Llegas hoy a los 106 años. ¡Dicha grande! ¡Júbilo en los que te amamos sin faltarte nunca!, los más humildes, los que menos tenemos, pero siempre encontramos la forma de que tengas lo necesario y sobre todo, mucho AMOR.  

Cuando Madre murió, creí que no podrías soportarlo; sin embargo, ya hace 10 años y sigues retando al tiempo, timonel de un cuerpo que aún responde y unos pensamientos que hablan de la inmensa lucidez de tu cerebro. 

De niño a hombre guiaste mi crecimiento espiritual. Nunca olvido la muerte de tu padre y el dinero que había puesto en tus manos, allá por el Machadato; mucha plata de una venta de reses; podías haberte callado, pero pasado el entierro, llamaste a tu madre y entregaste una cifra memorable; ella te abrazó y elogió una seriedad que, en lo que a mí persona respecta, inculcaste siempre.  

Una sola vez me castigaste por unas sucias palabras dichas por un niño de seis años. Recuerdo cuánto corrí huyendo la reprimenda, hasta que no me quedó más remedio que entregarme y conocer el rigor de una paliza eterna, de la que nunca he podido olvidarme, pero que me enseñó el respeto a los mayores como algo sagrado. 

Me inculcaste la pasión por la pelota; la de aquellos tiempos y la de ahora, la del Habana y el Almendares, la de Orientales y Serrano. Del boxeo, qué placer escuchar tus disertaciones. ¡Cuánta sabiduría viejo.  

Las tardes, una y otra vez las evoco, pegados a la radio para escuchar Campo Alegre, Ritmos Latinoamericanos, La Gran Aventura de la Humanidad; o las noches junto a Sector 40, Alegrías de Sobremesa y Nocturnos. ¡Qué vida más sana,viejo! En mis pensamientos están todas tus narraciones, desde las más surrealistas, hasta las más cotidianas; por ejemplo, la de aquel aparecido en tus noches mostrándote señales de un dinero enterrado; el que sentías como una presencia incómoda cuando ibas a caballo a lugares lejanos; o las apariciones de tu padre cuando la muerte te ha rondado mostrándote un camino y abriéndote los brazos. 

En mis pensamientos están todas tus narraciones, desde las más surrealistas, hasta las más cotidianas; por ejemplo, la de aquel aparecido en tus noches mostrándote señales de un dinero enterrado; el que sentías como una presencia incómoda cuando ibas a caballo a lugares lejanos; o las apariciones de tu padre cuando la muerte te ha rondado mostrándote un camino y abriéndote los brazos. 

Gracias a la vida, por darme el regalo de tus 106 años. Espero, Dios lo permita,  sigas retando al tiempo; y en cada estocada, ganarle siempre, empeñado en recorrer el mismo camino que empezó un 20 de abril de 1915. 

domingo, 24 de enero de 2021

SOY EL HOMBRE MÁS TRISTE DEL MUNDO


Por Arnoldo Fernández V. 

Soy el hombre más triste del mundo. DHa muerto Cuquita, la que dormía cada noche con  su hociquillo sobre mi axila derecha. El amor más puro de mi vida.  Nunca hizo preguntas, siempre con tiempo para oír mis palabras, incluso para impulsarme luego de mis caídas de los últimos años, cuando la oscuridad pedía mi cabeza;  pero no sabía de ti, de la energía manando a raudales durante el alba, en la tarde o al amanecer, del trote breve, los ladridos comunicando decisiones anheladas, todo eso dio contenido a mis días y seguí, a pesar de la noche llegando a mi alma y la fuerza inaudita tomada por la noche, al extremo de alojarse en palacios de cristal y creer que podían mancillar mi moral convocando al rebaño  a denigrarme.  

A la 1:50 de la madrugada, del 24 de enero de 2021, se durmió con los ojos abiertos. El corazón, ya con un peso de catorce años, no pudo más. Días antes había tenido su período con abundante sangramiento; incluso una vaginitis necesitada de antibióticos... Lo intentamos todo para salvarla, pero se fue apagando despacio, con una humanidad en su mirada que me arrancó aguaceros de lágrimas.  Tuve que permanecer a su lado; no me quería lejos; el ladrido oportuno era la señal acordada entre los dos, por si alguna vez sucedía la muerte y la compañía no podía faltarnos. 

Las dos últimas noches fueron complejas; el dolor ganó terreno y sufría por la falta de oxígeno, que su corazón no podía irrigar equitativamente  a las partes del cuerpo. Sus quejidos eran como el llanto de un pueblo, herido por decisiones y prácticas erradas. Parecía una abuelilla silenciada por el precio de los comedores, el pan agrio, el tarifazo eléctrico… 

¿Cómo serán mis días y noches sin ti? ¿Cómo será llegar a casa y sentir el silencio de la soledad? ¿Cómo será ir al baño y no verte echada frente a la puerta, o al lado de la taza, mientras mi cuerpo libera sus heces? ¿Cómo podré seguir con este peso enorme de saber que te has ido a un viaje  sin retorno? ¿Cómo será llegar a mi vejez, si es que tengo suerte de conseguirlo, y contarles a los niños sobre una perrilla con el don de convertirse en madre, amiga, niña y estar en todos los momentos necesarios del espíritu atribulado por las circunstancias? ¿Cómo vivir en medio de una pandemia, aislado de la gente, sin tu presencia? Me queda honrarte infinitamente, por serla heroína más sublime de mis pasos terrenales. 

Te fuiste en enero como mi padre, pero resucitaste  en José Martí, aún estrella de mis hechos y decisiones. 

Ya despido con honores ese cuerpecillo de olor único y ladridos inconfundibles. Me dejas un pañuelo donde está fijada la agonía de tus últimos momentos; con él, junto a mi cruz y mi calvario, sigo el camino indescifrable del destino.  

jueves, 7 de enero de 2021

EVOCACIÓN DE MI PADRE

 


Por  A. Fernández. 

Parecía insólito, pero era una verdad cruda, de esas que tocan el alma y la fragmentan en millones de pedazos. Era la noche del 8 de enero de 2020. Atrás, los últimos días de diciembre de 2019, los tragos, la música, la última alegría que vi en sus ojos. 

La llamada, cuando la media noche era cercana;  el llanto al otro lado del auricular;  mi camino apresurado al hospital y él allí, sobre una cama, tembloroso, con los ojos bailando, no como fue en la vida real, donde era el mejor de los bailadores, el Pillín amoroso,  de pasos sublimes y una cubanía tremenda, el de lo saltos al cielo, el del pañuelo al aire, el de la voz ronca de tanto convocar a la alegría, el que soplaba la botella de licor y producía un sonido que a todos hacía reír. 

Parecía insólito, pero el hombre más serio que he conocido, yacía allí, sobre una cama que no era la suya, con la mirada apagada y su cuerpo como Quijote, hermoso, aunque enjuto, como el caballero de la triste figura, según el divino Cervantes.  Hablé  al padre, al hombre, tomé sus manos, lo afeité, como él lo hacía día por día, pasé talco blanco por sus mejillas, como lo hacía  en sus romerías cotidianas, unté perfume en sus oídos, lo vestí de gala… 

Al verlo en aquella caja ordinaria, escasamente digna, con problemas de realización, sin ningún detalle artístico, un azul tristemente célebre; sentí que algo grande había pasado que no me lo traería de vuelta nunca más.  Algunos me creyeron loco, porque al acercarme abría sus ojos y me miraba como siempre lo hizo, con una ternura infinita y sus palabras protectoras. Yo lo veía, pero nadie más conseguía verlo. Llamé a varias personas para que se convencieran de que me miraba, pero la gente sentía pena de mí y me volvían la espalda, con un manojo de lágrimas asomadas. 

Algunos materialistas, de esos que te abrazan y no sienten nada me dijeron: está igualito, incluso más joven que cuando estaba vivo;  qué palabrería más  hueca para un hombre ante su padre muerto. 

Entonces, mientras nadie nos veía, me dijiste con los ojos bien abiertos que te llevara en andas por la avenida y el parque Rabí, y, allí, bailar las últimas canciones de tu  vida, antes de entrar a una tumba fría. Los trinos llegaron en la voz de amigos que no dudaron en hacerlo. Lágrimas negras entró dulcemente a tus oídos, bailaste frente a la emisora del pueblo, volviste a ser el Pillín, el hombrecito que adoró los sombreros y vestía con una pulcritud inimitable, el padre más bueno del mundo, el de aquellos regalos en mi niñez y el narrador de historias de un niño negro llamado Chopin, que habías adoptado como hijo, porque no tenía madre ni padre; irremediablemente mi llanto llegaba a lágrima viva, porque no quería compartirte con  nadie, entonces me decías que un padre bueno reparte amor, incluso con los que la vida les negó ese derecho. 

Así eras viejo, inmenso, mucho mejor que yo en todo; servicial;  nunca dijiste una palabra obscena, nunca ofendiste a nadie; los mejores atributos que te acompañaron fueron la honradez, la sinceridad y una bondad infinita. 

Un día me donaste tu biblioteca, hoy la conservo con sano orgullo, porque estoy convencido que me miras desde cada libro que leíste y me sigues iluminando en las decisiones más duras, como la que debí tomar un 10 de noviembre de 2020, en medio  de una crisis económica asfixiante, luego de ser aplastado por un hombrecito de paja, deseoso de quemarme en la hoguera por  palabras que otras personas decían sobre algo que yo había escrito;  ese día viniste, estrechaste mi mano y aprobaste mi nuevo camino;  luego te vi pederte en el cuarto donde dormías y volver al retrato en la pared, donde cada día me sonríes para que siga el camino recto de la virtud y tratar de acercarme a tu sencillez, que fue la mayor grandeza que te acompañó en vida. 

Qué suenen las guitarras;  otra vez te veo bailar, cantar, aunque es 10 de enero de 2021 y hace un año te fuiste a un evento de la Década Prodigiosa, y decidiste quedarte allá, en esa eternidad donde vives, a la que espero ingresar un día para regalarnos un concierto de Miguel Matamoros y cantar otra vez Lágrimas negras a llanto tendido. 

viernes, 10 de enero de 2020

Mi padre Quijote se ha ido


Arnoldo Fernández Ramos, nació el 4 de septiembre de 1945.

Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com 

El hombre al que una vez llamé padre y amé por siempre está muriendo; su nombre: Arnoldo Fernández Ramos. A él están dedicadas las páginas de este blog que hoy acabas de leer.

Creyó que vivir era darlo todo a una princesa africana, veinte años menor que él.

Sólo un milagro de Dios puede traerlo de vuelta, ojalá suceda y  encuentre el camino de la familia, los amigos.

Mientras el pueblo duerme y un inmenso aguacero desborda la ciudad; lo arropa una tela roja y negra, perfumada con hierbas aromáticas del monte y una pulsa de ojos de buey.

A las 9:30 de la noche del miércoles 8 de enero de 2020, dijo sus últimas palabras, después cayó en un coma del que nunca regresó.

Tantas aventuras de caballería, todas victoriosas; pero la Dulcinea de ébano de sus últimos suspiros lo llevó al abismo.

Es la una de la madrugada del jueves 9. Mi mascota Cuquita duerme; no imagina lo que está sucediendo.

Padre lucha por ganar el último torneo de sus fantasías caballerescas.

La princesa africana burla la guardia familiar y llega a su cuerpo en Terapia Intensiva, busca en su mano derecha la sortija de oro, -vieja reliquia traída de España en los primeros 10 años del siglo XX-, que siempre quiso como muestra de poder, pero no la encuentra.

El viernes 10, a las 8:40 de la noche, padre cae de Rocinante. Lluvias de flores invaden su trono final. Luego lo llevan en hombros por la Avenida Jesús Rabí, por el Parque de sus alegrías y tristezas; el pueblo de Contramaestre en un arranque emotivo canta sus dos canciones memorables: Lágrimas negras de Miguel Matamoros y Mi linda Guajira de Lorenzo Hierrezuelo.

El aplauso es cerrado. Despiden al hombre que hizo del baile, una de las mayores pasiones de su vida. Mi hermana llora sobre el Quijote que mi padre nunca dejó de interpretar. Todos lloramos. La princesa africana está allí, pero nadie la ha visto.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Últimos días de una perrita callejera



Esta imagen es de hoy en la mañana en el parque de la ciudad.
Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com 

Con los claros del día la veo siempre en los mismos lugares. Tiene una mirada muy triste y un andar pesado que habla de su edad. Lo mismo come un trozo de pan sin nombre, que un hueso, mendrugos de arroz, cualquier cosa que alivie su hambre de perra callejera.

La fijé una vez en la memoria cuando la vi bajo un carrito de ventas ligeras, con un eslogan curioso: “Pasaje a lo desconocido”;  yacía allí, oculta ante un torrencial aguacero. Me dolía mucho verla desprotegida, viviendo donde la tomara la noche, comiendo cualquier piltrafa, recibiendo insultos de un país entero, maltratos físicos.

De tanto verla en mi cotidianidad inmortalicé su imagen y no puedo evitar pensar en ella. Quizás no tuvo dueño nunca; tal vez vino al mundo de una madre que nunca pudo darle amor; lo cierto, desanda las calles con una profunda tristeza en sus ojillos.

Ayer supe, gracias a dos personas que saben de mi filantropía por  los animales, que había tenido un parto complejo y uno de los perritos yacía muerto en su barriga. “Se va a morir Arnoldo. Tarde o temprano la infección la mata”. Desconsolado escuché aquellas palabras, pero era callejera, podría morderme si la llevaba al médico; quién la cuidaría luego, hasta se quitaría los puntos y moriría desangrada, -pensé-.

Seguí a casa, la olvidé en la profundidad del miércoles. Con el jueves y la mañana asomando con un sol bravo, pude verla de nuevo; yacía en el césped del parque Jesús Rabí, con sus ojitos llenos de lágrimas. Sentía la muerte aproximarse. Me miró como diciéndome: “es la última vez que veraz mi imagen hombre bueno”.

Corrí a casa, busqué la cámara y vine a captar estas imágenes, me conmueven sobremanera, -verla viviendo sus últimos minutos en el más inhospitalario de los abandonos-; es la soledad metida en el cuerpo de una perra callejera que llega a sus últimos días. Pudiera interpretarse metáfora de pueblo viejo, insensible, que olvida a sus venerables ancianos cuando más necesitan afectos, mimos.   

Mal anda un país en sus valores cuando ninguna institución o persona,  tienen sensibilidad para dar protección a los animales.  Quizás eso del mejor amigo, es tan sólo un eufemismo de los tantos compartidos en nuestra televisión. 

sábado, 14 de abril de 2018

Mi velorio y la sociedad civil




Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com 

La librería del pueblo repleta de personas, organizaciones no gubernamentales; dentro, un ataúd, flores, cojines, coronas por doquier; no hay sitio ni para estar de pie. Corresponsales allí hasta de Tele Sur,  Cubavisión  Internacional, Tele Turquino, emisoras de radio, periódicos. Libros y revistas publicados por el fallecido pueden verse en una vitrina cuidadosamente ordenada. Sobre una mesa amplia, diplomas, premios, distinciones. La  Bandera Cubana cubre el féretro.  Las tazas de café van a uno y otro lado, muchos labios toman sorbos  seguidos; se habla de buena literatura, blogs, redes sociales, radio y televisión on line. Algunas mujeres improvisan gritos, al parecer sienten profundamente la partida de aquel hombre, martiano confeso y aferrado a una idea del bien, algo obsoleta en un mundo donde la gente se mide, no por lo que sabe, sino por lo que tiene o lo que ha viajado.  Un periodista detiene a Pedrito, pregunta sobre la hoja de vida del fallecido.  Destacado dirigente se acerca y le dice: “Nadie como usted para despedir el duelo”. Pedrito Verdecia despierta asustado;  el corazón salta;  el sudor anula su albedrío. Ha muerto el profe, dice a su mujer, o le ha pasado algo muy malo. Acabo de soñarlo. Le cuenta  todo. No dejes de llamarlo, dice ella, es salud para él. Así lo hace y sus palabras me llegan asustadas, siente alivio al oír mi voz. Me pregunta si estoy bien de salud; le respondo que sí. Profe, anoche lo vi en un sueño muertecito, había mucha luz, flores, libros, personas amigas;  me cuenta los detalles; algo dentro de mi espíritu despierta, asoman lágrimas de emoción. Pedrito Verdecia, uno de esos alumnos que no veía hace unos años, me ha soñado inquilino del Hades. Dios quiera y sólo sea un mal sueño.  

miércoles, 17 de enero de 2018

Como un ave sin destino



Poeta  y autor de canciones.




















En el museo de la muerte
cuando todo está en silencio
se oyó el gemir de un ave
que dejó su nido hecho
se cayó la última estrella
que alumbraba nuestro cielo
lloró un niño
y se hizo viejo el recuerdo.
Cuando todo quedó en silencio
en el museo de la muerte
cayó la última estrella
que cantaba desde lejos
se ha visto llorar a un niño
que dejó su nido hecho
y quedaron en tu pelo
las cenizas y el recuerdo.

lunes, 12 de junio de 2017

Tirarme del puente




Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com  

No puedo dormir, extrañas visitaciones en mi cabeza. Mi gato Bartoly corre  a mí, a su manera me comunica un cariño enorme. Dejo caer el cuerpo sobre el corredor de la vieja casa;  siento unos deseos enormes de tirarme del puente del ferrocarril,  pero es una muerte demasiado dolorosa para un hombre tan humano como yo, que le duele hasta ver morir a un gorrión. Apuro dos prú orientales; necesito engañar a los procesos mentales de mi cabeza;  no creer que estoy a un paso de la locura más loca del planeta. Espero y la tormenta irracional sigue, me veo junto a mi madre vieja en una tumba del cementerio local, bajo una espesa palma; ambos calaveras, conversamos como siempre lo hicimos;  ella me arropa entre sus huesos; siento que poco a poco voy al polvo, a la noche inmensa que siempre viene con esas visitaciones que hablan de mis cables flojos, mis angustias terribles por los días congelados en el más absoluto de los veranos:  el hambre de  felicidad;  la paz perdida en el hogar…Mi madre me llama hijo y hace una señal; espantado creo ver un camino, pero la zarza es tupida y el almacigo señorea. Tomo otro antidepresivo (mucho más fuerte) y no llega el éxtasis.  Dos casas más allá, los vecinos lloran sus desgracias, unos sobre el transporte cada vez más caro; “a Santiago en camión hasta 50 pesos; Bayamo piden 40”;  uno muy joven habla de los países donde la gente se aburrió de comer carne vacuna y la consideran maligna para la salud;  “aquí, tan solo la vemos en una barra de picadillo de 1.25 centavos (CUC) y más del 70 por ciento es pura soya”. Bartoly me mira con sus ojos amarillos, pasa una y otra vez su cuerpo menudo sobre mí;  me quiere en la cama, allí donde todos los días me da la bienvenida al amanecer con sus maullidos. El puente magnífico se ve bajos las farolas, otra vez siento unos deseos enormes de tirarme al vacío, pero mi  humanismo se resiste a darle al cuerpo una muerte tan absurda.  Me levanto y ya pasan las doce; el lunes empieza  y el círculo se me viene encima. Volver a donde la gente se caza como fieras, sedientas de guillotinar cabezas,  verlas caer desde el graderío en cerrado aplauso; seguir la ruta de los cuerpos que siguen vivos; extraña manera de morir en vida. ¡Qué locura la que llevamos!. El puente ahí, muy cerca;  ya el bacalao me convida, trepo, el viento helado se mete en mis huesos y  soy Matías Pérez camino al río de Céspedes, al de Martí.  Alguien propone mi nombre para una vieja escuelita de un barrio de campos  pero ya no tengo ojos, cerebro, oídos. Soy una no persona, sin amigos, familia, sueños.


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