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sábado, 9 de enero de 2021

Cuando cierra la casa de los abuelos


Por Caimán Pérez.

Uno de los momentos más tristes de nuestras vidas llega cuando se cierra para siempre la puerta de la casa de los abuelos , y es que, al cerrarse esa puerta, damos por finalizados los encuentros con todos los miembros de la familia, que en ocasiones especiales cuando se juntan, enaltecen los apellidos, como si de una familia real se tratase, y llevados siempre por el amor a los abuelos, cual bandera.

Cuando cerramos la casa de los abuelos , damos por terminado las tardes de alegría con tíos, primos, nietos, sobrinos, padres, hermanos, e incluso, novios  pasajeros que se enamoran del ambiente que allí se respira.

Ni siquiera hace falta salir a la calle, estar en la casa de los abuelos es lo que toda la familia necesitaba para ser feliz.

Los reencuentros en navidad, regados con el olor a pintura fresca cual incienso, con gaitas y música de trios  y baladas de leyendas románticas al fondo, las tertulias de enramada, que cada año que llegan piensas si será la última vez... Cuesta aceptar que esto tenga fecha límite, que algún día todo estará cubierto de polvo y las risas serán un recuerdo ido de tal vez tiempos mejores.

El año pasa mientras esperas estos momentos, y sin darnos cuenta, pasamos de ser niños abriendo regalos, a sentarnos junto a los adultos en la misma mesa, jugando desde el postre del almuerzo, hasta el cafecito de la cena, porque cuando se está en familia, el tiempo no pasa y ese café es sagrado.

Las casas de los abuelos siempre están llenas de sillas, nunca se sabe si un primo traerá a la novia, o a un amigo o al vecino, porque aquí todo el mundo es bienvenido. Siempre habrá una ollita con café, o alguien dispuesta a hacerlo.

Saludas a la gente que pasa por la puerta, aunque sean desconocidos, porque la gente de la calle de tus abuelos es tu gente, es tu pueblo.

Cerrar la casa de los abuelos , es decir adiós a las canciones con la abuela y a los consejos del abuelo, al dinero que te dan a escondidas de tus padres como si de una ilegalidad se tratase, a llorar de risa por cualquier tontería, o a llorar por la pena de los que se fueron demasiado pronto. Es despedirse de la emoción de llegar a la cocina y destapar las ollas, y disfrutar el plato de ese día.

Así que, si algún día tienes la oportunidad de llamar a la puerta de esa casa y que alguien te abra desde dentro, debes aprovecharla cada vez que puedas, porque entrar ahí es imaginar ver a tus abuelos o a tus viejos, sentados esperando para darte un beso, es sentir la sensación más maravillosa que puedas tener en la vida.

Si resulta que ahora nos toca ser abuelos, y ya nuestros padres no están, nunca perdamos la oportunidad de abrir las puertas a nuestros hijos y nuestros nietos y celebrar con ellos el don de la familia, porque solo en la familia es donde los hijos y los nietos encontrarán el espacio oportuno para vivir el misterio del amor a los más cercanos y a los que les rodean.

Disfruten y aprovechen la casa de los abuelos mientras puedan, pues llegará un momento en que, en la soledad de sus paredes y rincones si cierras los ojos y te concentras, podrás escuchar tal vez el eco de una sonrisa o un llanto atrapado en el tiempo, y al abrirlos de nuevo, la nostalgia te atrapará, y te preguntarás, ¿porqué se fue todo tan deprisa? Y será doloroso descubrir que no todo eso se fue,  sólo que lo dejamos ir....


sábado, 16 de noviembre de 2013

Educar el espíritu en Cuba es lo difícil

La gente olvidó los moldes simbólicos de una cultura familiar trasmitida de padres a hijos

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Aprecio con mucha inquietud los problemas espirituales del cubano en la actualidad, sobre todo a partir de las palabras del presidente Raúl Castro en la Asamblea Nacional, donde habló a corazón abierto de la profunda crisis de valores que padecemos y la pregunta que me hago, que se hacen muchos, es: ¿Puede educarse el espíritu de los cubanos?

Si partimos de una interpretación materialista de la historia, entonces las conclusiones son dolorosas: la base económica determina la superestructura de la sociedad, por tanto todo lo que sucede, en esta última, es reflejo de lo que ocurre en aquella. ¿Qué razones permiten demostrarlo? Analicemos algunas.

El cubano, a partir de 1992 y hasta hoy, ha sido sacudido en todas sus esencias espirituales, que han castrado, diría yo, sus fortalezas morales y resulta harto complejo sacarlo, en una operación quirúrgica, de esas aguas sucias y montarlo sobre un nuevo corcel y darle oxígeno natural para que actúe a partir de referentes propios que guíen su comportamiento.

La economía ha caminado varios  cauces, desde la despenalización del dólar, hasta empresas mixtas con capital foráneo; cada estructura económica asumida en una coyuntura determinada, ha impactado lo social para bien o para mal, pero lo cierto es que originaron, originan, problemas de fondo que tocaron, tocan, el tejido espiritual del cubano.

Una filosofía depredadora extiende tentáculos sobre el hombre masa, y poco a poco se impone la necesidad pragmática de tener para ser, y no ser para ayudar al otro. Me pregunto: ¿es posible, filantrópicamente hablando, creer que se puede modificar esa filosofía emergente nacida en el sobrevivir diario?

Algunos me dirán que el Estado controla todas las instituciones y eso hace más fáciles las cosas, si queremos crear las condiciones para los cambios de mentalidad necesarios; pero pregunto: ¿Esas instituciones no han sido impactadas también por una base económica en crisis hace más de una década? ¿Las fórmulas emergentes adoptadas por esas instituciones, para sobrevivir la crisis, no han limitado la efectividad de las mismas en su intervención social?

Por ejemplo una institución clave es la familia, sin embargo: ¿qué ha sucedido con la misma? En una especie de nostalgia ingenua conversamos varios amigos sobre los moldes espirituales en que se educaron nuestros abuelos: el hecho de pedir la bendición a personas mayores ligados a ellos por vínculos de sangre o afectos; decir los buenos días, las buenas tardes, o las buenas noches; o sencillamente asumir la alimentación como un proceso cultural y no como mera necesidad biológica, en otras palabras, unirse en torno a la mesa y disfrutar el acto de comer, con el padre y la madre en ambas cabeceras, sabiendo los límites que esas jerarquías implicaban. ¿Por qué perdimos esos moldes? ¿Cómo recuperarlos?

Alguien de forma pesimista dijo, no se vive del pasado, no me quedó más remedio que ripostarle: los recuerdos sirven para no tropezar dos veces con la misma piedra.  Acudí al Martí visionario para fundamentarle mis razones: “Los hombres necesitan quien les mueva a menudo la compasión en el pecho, y las lágrimas en los ojos, y les haga el supremo  bien de sentirse generosos: que por maravillosa  compensación de la naturaleza aquel que se da, crece;  y el que se repliega en sí, y vive de pequeños goces, y teme partirlos con los demás, y sólo piensa avariciosamente  en beneficiar sus apetitos, se va trocando  de hombre en soledad, y lleva en el pecho todas las canas del invierno, y llega a ser por dentro, y a parecer por fuera, -insecto.”

No le quedó otro remedio que ripostarme con estudiada energía: ¿por qué antes el hombre crecía espiritualmente al darse al otro, a los otros y lo asumía como una filosofía de vida? Su pregunta me obligó a pensar largo tiempo; luego respondí; Marx se posicionó de mi espíritu sugiriéndome una extraña reflexión: “cada cual se mueve en un círculo exclusivo de actividades, que le viene impuesto y del que no puede salirse”. De ser así, las estructuras  económicas nos obligan a comportarnos según el círculo donde estamos ubicados en la sociedad y desde el cual hacemos visible la palabra. ¿Cómo remontar esos círculos desde una subjetividad llena de contenidos para transformar las cosas que nos circundan? ¿Tenemos reservas espirituales suficientes para construir esa subjetividad?  El Che Guevara salió del pedestal donde lo hemos tenido relegado y habló: es necesario “crear riquezas con la conciencia, y no conciencia con las riquezas”. “Si el comunismo descuida los hechos de la conciencia puede ser un método de repartición, pero deja de ser una moral revolucionaria.”

Me das la razón dijo mi amigo y se explayó en consideraciones lógicas: antes la familia era un grupo cerrado herméticamente al interior de la propiedad, todo giraba en torno a la tierra, a los bienes que generaban la satisfacción de necesidades básicas, por eso nadie se atrevía a transgredir los límites que los padres nos ponían en la formación. Al desintegrarse esa estructura económica, la sociedad se dinamitó en sus relaciones sociales y ello condicionó una reubicación de las personas; los límites se derrumbaron para bien o para mal. La gente olvidó los moldes simbólicos de una cultura familiar trasmitida de padres a hijos; el Estado asumió esa responsabilidad y los años nos convencieron que no debió ser así. Ahora tenemos el propósito de que el hombre regrese a la tierra, produzca bienes, restituya la moral familiar con el trabajo. Muchas preguntas nos hacemos íntimamente, sin tener las respuestas: ¿Será posible convertir el trabajo honrado en fuente de toda riqueza? ¿Será posible que el trabajo no genere formas de alienación del sujeto invisibles al poder político? ¿Creemos realmente en el comodín marxista de a cada cual según su trabajo?

Las preguntas de mi amigo fueron expuestas con vibrante energía; pensé en mi madre y aquel hermoso apotegma que guió mi vida: “con parches en la ropa, pero honrado”; o las veces que me llevó dándome fuete hasta una casa donde había cogido un juguete que no era mío para enseñarme a respetar lo ajeno; o sus lecciones al sentarme a la mesa a comer y aprender con ello a ser respetado en ese momento sublime; o ¿por qué unos recibían más alimentos que otros?. Mi madre tenía conciencia de estadista, sabía distribuir en correspondencia con el mérito y aportes dados a la familia.  Ninguno de los hijos tenía moral para criticarle algún acto, ella, en un hecho sin igual, era la que menos comía, la que más trabajaba, y la más responsable en el cumplimiento de los propósitos familiares. ¿Es posible recuperar esos propósitos familiares en los momentos actuales de la sociedad cubana? ¿La sobrevivencia agónica del día a día no habrá matado la conciencia de estadista de la madre? ¿No habrá entrado el egoísmo en los hogares dándole paso a los goces triviales que envenenan el espíritu? ¿No tendrán en el pecho todas las canas del invierno? ¿No parecen por fuera insectos enfrascados en pequeñeces egoístas que matan el larvario del darse a los otros y crecer con ello?

Mi amigo tenía razón, yo también la tenía, pero en eso de pensarnos en permanente bullir está la salvación; en esas alteridades que acuden una y otra vez a visitarnos debemos encontrar las fortalezas del espíritu, para entonces sentirnos quijotes y montar muchos rocinantes en una cruzada espiritual en la búsqueda de la esperanza posible.


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