Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Se nos va la única vida que tenemos. Se nos va mientras intentamos sobrevivir a una crisis que arrasa hogares, que empuja a muchos al borde del infortunio y convierte la existencia cotidiana en una lucha constante.
Se nos va la vida mientras algunos nos piden resistencia. Resistencia, dicen, quienes quizá nunca han sentido sobre sus hombros el peso de una carga verdadera. Me hubiera gustado verlos bajar y subir una faralla con un grueso tronco al hombro, sintiendo cómo la madera golpea la piel y cómo unas pequeñas hormigas, de esas que parecen correr a 24 por segundo, recorren el cuerpo mientras se intenta avanzar.
Me hubiera gustado verlos a ellos, y a todos los que piden sacrificios, recorrer barrancos cargando esos mismos troncos. Verlos después partirlos en trozos pequeños, apilarlos bajo el sol, esperando que sequen para poder encender un fuego.
Me hubiera gustado verlos preparar un fogón de leña con astillas, ramitas y tallos secos de palma. Verlos llorar con los ojos llenos de lágrimas, no por el dolor, sino por el humo que arde y obliga a entrecerrar la mirada. Ver sus manos ennegrecidas por el tizne, sus ropas impregnadas de ceniza y su cansancio después de una jornada que parece no terminar.
Me hubiera gustado verlos comer lo mismo que nosotros. Verlos sudar hasta el límite, sentir el cuerpo agotado y aun así continuar. Verlos llegar a la noche anegados de sudor, enfrentando el zumbido interminable de los mosquitos, sin medicinas para aliviar sus enfermedades, sin agua suficiente para sus necesidades más básicas.
Me hubiera gustado sentirlos como parte de nosotros. Pero cuesta creer que son nuestros cuando aparecen vestidos con ropas y zapatos costosos, con una piel que parece protegida de todas las heridas de la vida; una piel que muchos sienten tan distante que parece pertenecer a quienes nacieron con sangre azul.
Quisiera creer en ellos. Quisiera sentir que sus palabras nacen del mismo lugar que nuestro sufrimiento. Pero mientras no los veamos a nuestro lado, compartiendo nuestras carencias, nuestras noches difíciles y nuestras pequeñas batallas diarias, será difícil reconocerlos como parte de nosotros.
Porque no basta con hablar el lenguaje del pueblo: hay que vivir cerca de sus dolores para comprenderlo.
Cuánta falta hace verlos con la misma estampa del Quijote: con polvo en los caminos, con heridas en la piel y con la voluntad de luchar junto a quienes dicen representar. Quizás entonces volveríamos a creer en ellos.
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