Por Arnoldo Fernández Verdecia.
Vivimos un tiempo de profunda polarización ideológica, en el que viejos fantasmas de la Guerra Fría son invocados en nombre de una supuesta razón absoluta. Mucho daño nos han causado la ausencia de diálogo, la falta de respeto, la intolerancia y el escaso cultivo de las virtudes cívicas.
¿Cuánto tardará este pueblo en elevarse hacia la decencia, los valores esenciales de la humanidad y el respeto a la diversidad? ¿Cuánto tiempo habrá de pasar antes de que aprendamos a sostener un verdadero diálogo entre quienes piensan distinto, sin odio, sin resentimiento y sin convertir al otro en el depositario de las heridas del pasado?
Será una tarea ardua construir una Cuba donde puedan convivir todas las diferencias; una Cuba en la que la virtud, el conocimiento y la tolerancia ocupen el lugar que les corresponde como fundamentos de la vida pública.
Uno de los grandes intelectuales cubanos del siglo XX, Jorge Mañach Lobato, realizó una de las radiografías más penetrantes del carácter nacional. Describía al cubano como ligero, choteador, poco respetuoso de la ley y de la autoridad, inclinado a convertirlo todo en relajo, a someter sus opiniones a la temperatura de las pasiones y, con frecuencia, incapaz de elevarse al ámbito sereno de las ideas. Aunque su diagnóstico pueda parecer severo, todavía es posible encontrar en él elementos que resultan inquietantemente actuales.
Nos ha costado sanar las heridas del pasado. Nos ha costado superar el odio y la polarización. Nos ha costado reconocernos como miembros de una misma nación y hacer de Cuba un país querido y respetado por todos sus hijos.
Regresan los fantasmas de la Guerra Fría. Regresa el pensamiento descontextualizado, el ataque a las personas en lugar del debate entre ideas, la descalificación antes que la deliberación cívica.
Se dice que Enrique José Varona fue uno de esos cubanos capaces de marchar con las ideas de su tiempo. Por ello fue admirado y respetado por una juventud que lo reconocía como maestro y guía intelectual. Incluso el dictador Gerardo Machado conocía el peso de su autoridad moral y comprendía los límites que esta imponía a su propio poder.
A muchos cubanos les ha resultado difícil acompasar el ritmo de las ideas de su época. De ahí que, con demasiada frecuencia, reaccionen desde una lógica de confrontación inmediata, apelando a lo visceral antes que a la reflexión, sin detenerse primero a discernir qué es exactamente aquello que rechazan: si a la persona o a sus ideas.
Una nación incapaz de albergar la pluralidad y de abrir espacios para la diferencia, que recurre al etiquetaje excluyente como mecanismo de descalificación, es una nación que corre un grave peligro. Tarde o temprano termina refugiándose en las ideas más rígidas para imponer aquello que considera verdadero. Allí donde desaparece el diálogo comienza a debilitarse la vida cívica; y cuando la diversidad deja de ser una riqueza para convertirse en una amenaza, la nación empieza a perder una parte esencial de sí misma.
El futuro de Cuba dependerá menos de la victoria de una ideología sobre otra que de la capacidad de los cubanos para reconstruir un espacio común donde la discrepancia no sea entendida como traición, sino como una condición natural de toda sociedad libre. Ninguna nación puede sostenerse únicamente sobre el consenso; también necesita aprender a convivir con el desacuerdo. Solo cuando el respeto prevalezca sobre el odio y las ideas sustituyan a los prejuicios será posible hablar de una comunidad nacional verdaderamente reconciliada consigo misma.
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