viernes, 10 de julio de 2026

LA NOCHE SIEMPRE GANA📖🤔

Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Nos aplasta el calor.

No hay tregua para mi gente del circuito 3. No hay descanso, no hay alivio. No existe una hora en la que el cuerpo pueda olvidar que está encerrado dentro de un horno que lentamente lo cocina.

Uno sube al pueblo y observa las luces encendidas del circuito priorizado. Las ve brillando incluso durante el día: lámparas de avenidas y calles que permanecen encendidas mientras abajo la gente cuenta las horas de oscuridad; mientras los niños lloran sin comprender por qué el aire quema, por qué respirar se vuelve difícil, por qué dormir se ha convertido en una batalla.

El desespero parece no tener final.

Cada noche es un viaje hacia el límite. Uno espera hasta la medianoche, incluso un poco más, con la esperanza de que llegue una temperatura más soportable, de que alguna brisa tenga compasión de los cuerpos agotados. Pero nada cambia.

La noche llega igual: pesada, inmensa, interminable, como si alguien hubiera cerrado todas las puertas y nos hubiera dejado atrapados dentro de un horno.

Una noche cualquiera todo acabará.

Una noche será el viaje hacia lo eterno.

Una noche todo habrá terminado. Todo.

Un abuelo lo dijo con una tristeza que parecía venir de muchas generaciones:

—Si la prioridad es el circuito del hospital, ¿por qué allí no hay medicinas? ¿Por qué hay que comprarlas en el mercado informal? ¿Por qué, si te van a operar, tienes que comprar todo lo necesario para que la operación sea posible? Una hora diaria de corriente eléctrica es un martirio.

Lo dijo con un dolor infinito, con esa voz que ya no reclama porque está cansada de reclamar; con esa voz que sólo intenta comprender cómo se puede llamar vida a esto.

¿Cómo creer en el mañana si el mañana parece otro infierno? ¿Cómo esperar el día siguiente cuando hoy y ayer también fueron pruebas de resistencia?

Nos aplasta el calor.

No hay tregua para mi gente del circuito 3.

Uno vuelve a subir al pueblo y observa las luces del circuito priorizado.

Alguien dice que los de arriba leen mis escritos. Que saben. Que conocen. Pero que es una directiva de arriba, una orden que no puede cambiarse. Aunque lo escrito sea justo. Aunque la razón acompañe a quienes sufren. Aunque el dolor sea evidente, nada puede modificarse.

Entonces recuerdo una frase del servicio militar:

“Las órdenes se cumplen sin discusión alguna”.

A veces siento que el país es un gran cuartel. O un antiguo señorío donde sólo decide el caballero, mientras los demás esperan, obedecen y resisten.

Nos aplasta el calor.

Nos aplasta.

Las noches son tan largas que uno teme terminar gritando como un loco, o convertirse en un zombi sin pensamiento: un cuerpo que sigue caminando, pero que ya no siente nada.

La noche llega como una enemiga. Te quema, te golpea, te roba las fuerzas y, cuando ya no puedes más, te expulsa hacia el día convertido en un guiñapo.

La noche siempre gana.

Porque tiene un aliado poderoso: el miedo.

Contra la noche parece imposible luchar. Y los del trueno sólo esperan la orden. Sólo esperan para salir a buscar a quienes, agotados y desesperados, se atrevan a desafiarla.

Mientras tanto, mi gente del circuito 3 sigue esperando.

Esperando una hora de luz.

Esperando un poco de aire.

Esperando que vivir vuelva a parecerse a la vida.

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