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jueves, 21 de junio de 2012

Hueso, pellejo y gordo para el cubano de a pie

El espíritu de Carlos Carnero, otrora dueño del restaurante, me perseguía. “52 años de gastronomía socialista y esto es lo que han conseguido”, eran sus palabras, una y otra vez acariciaban mis oídos hasta sangrarlos.
Por Arnoldo Fernández Verdecia.arnoldo@gritodebaire.icrt.cu 

Viernes 15 de junio. Inicia el carnaval en Contramaestre, uno de los municipios de Santiago, aquí en Cuba. Formidable impedimenta llegó al lugar desde todo el país.

La isla se muda de un lugar a otro. Juegos, comidas, dulces, helados, rifas, productos de artesanía y cerveza a granel, invaden cada rincón. Compran corredores, patios, salas, avenidas y calles para exhibir mercancías y venderlas. Orquestas de primer nivel, junto a otras de menor convocatoria, se unen a la impedimenta y, con el oído atento, escogen al mejor postor.

En el carnaval surge una especie de maridaje entre servicios gastronómicos  estatales y redes grupales por cuenta propia. De los primeros, desaparecen ofertas, siempre necesarias, en las fiestas, y del segundo, las encuentras por cantidades, pero a un precio inalcanzable. El problema tiene una respuesta, pero prefiero hacer dos preguntas, para que cada cual saque sus propias conclusiones: ¿Por qué la red de restaurantes y cafeterías, del servicio gastronómico estatal, no cubre la demanda en cuanto a diversidad de ofertas se refiere? ¿Qué hacen con los surtidos provenientes de los almacenes centrales?

El sábado acudí a uno de los restaurantes estatales, de mucha tradición culinaria antes de 1959: el Carnero;  hoy rebautizado con el nombre: Caribeño. Imaginé trato excelente, comida diversa y bien elaborada, bebida suficiente, y  sobre todo, mejores precios que los del mercado privado o por cuenta propia, como se dice por estos lares.

Como cubano tradicional pedí una ración de cerdo asado, por $24,  moros y cristinos, ensalada de pepino y una cerveza cacique. Creía llenar mi gusto con el pedido. Al revisar la Carta, era la única oferta. Suspiré. La duda se instaló en mi mente. A los quince minutos llegó el asado. ¡Sorpresa! Hueso, pellejo y gordo cubrían todo el plato. Ofendido me levanté de la mesa y llamé a la capitana. Me llevó junto al cocinero. Le pedí que separara gordo, pellejo, huesos y los pesara, garantizaba el pago del servicio. De 8 onzas, 5 eran de hueso, una de gordo y pellejo; y sólo una: carne.

Pregunté si era justo recibir un servicio como ese en una nación que se precia de conquistar toda la justicia. El administrador, un señor grueso, muy bien vestido, dijo que debía haber reclamado sin desmenuzar la ración. Le reiteré la pregunta: ¿Es justo recibir un servicio como este? El señor dio un respingo. “Claro que no”, precisó.  “A otros clientes les ha pasado y no crean un problema”, dijo. Cocinero se sacude. Es responsable de que el gramaje no esté en regla. Ha sido descubierto. ¿A cuántas personas les harán lo mismo?, interrogué. Por respuesta, silencio.

Una prieta salió detrás de un cajero y dijo que era la del sindicato. Anunció que finanzas y precios, en el gobierno municipal, eran los culpables. Mandaban la lista así y había que obedecer. “Nos interesa vender, sea gordo, huesos y pellejo. En la lista no se específica qué tipo de cerdo asado deberá ofertarse”. Una guapería, propia de la “gastronomía socialista”, para la que siempre lo malo tiene justificación, cayó sobre mis oídos. ¿Cómo era posible decir tantas estupideces?, pensé.

En el intercambio descubro que el asado tenía varios días de elaborado. Me comunicaron que no podían trabajar al pedido: “¿cómo era posible una idea así?, ¿a quién se le ocurre?” Pago un servicio y exijo calidad por el mismo, riposté, casi derrotado. “Usted nos disculpa compañero, pero no debía haber desmenuzado el cerdo”. Volvían sobre lo mismo para autoafirmarse. Convencido de que estaba en presencia de un círculo vicioso, del que nunca lograría salirme, opté por la variante de pagar la ración, y dejarles una propina en reconocimiento al mal trabajo.

Salí a la calle. El espíritu de Carlos Carnero, otrora dueño del restaurante, me perseguía. “52 años de gastronomía socialista y esto es lo que han conseguido”, eran sus palabras, una y otra vez acariciaban mis oídos hasta sangrarlos. La impedimenta cubría la vista. Fui hasta ella. Compré un pollo frito. No tenía opción. Sueño inquieto en la noche. Domingo nublado al amanecer.

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