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domingo, 6 de agosto de 2017

El retrato de la impunidad




La palabra queja es un derecho ciudadano como lo son otros que proclama nuestra carta magna.
Por René Fidel González García (Ensayista y Profesor Titular)
¿quién podría ser libre en un lugar en el que el capricho de cada hombre pudiera dominar sobre el vecino?
                                                                        Locke. 

Hace ya unos meses atrás visité una dependencia del Consejo de Estado de la República de Cuba y vi con asombro cientos de cartas allí depositadas, también el interminable goteo de personas que llegaba a entregarlas personalmente. Algunas de las misivas estaban con los matasellos aún húmedos, otras denotaban en los sobres las evidencias de travesías postales acaso más escabrosas.

Me conmovió de inmediato que el contenido de la mayoría de cartas que estaban allí abiertas, en lo que parecía ser un ríspido intento de pre clasificación realizado por silentes y diligentes funcionarias, estaba manuscrito en una impresionante multitud de caligrafías y colores, y no en los negros tipos de las impresoras que hoy pululan en centros de trabajo y no pocos hogares cubanos, pensé: el país se queja, pero la evidencia de aquella huella escritural de la antropológica política de nuestros tiempos me llevó a responderme: es tan solo la letra del pueblo, y casi de inmediato, por esos tirones que da la conciencia de la existencia del otro, me vino a la mente un vecino de cualquier parte del país escribiéndole sudoroso y dispuesto a su Presidente, como si su carta y cada rasgo trazado sin el pudor de la mala ortografía, fuere adarga suficiente para poner de rodillas a algún poderoso gigante.

En casa de mis padres alguna vez noté que a Hugo Chávez, en los lugares y oportunidades más insólitas, muchas personas – en ocasiones hasta infantes que por su edad no podían escribir – se le acercaban y le entregaban misivas que éste recogía y guardaba, o entregaba a algunos de sus ayudantes, también que eran gente, por su apariencia, casi siempre muy humilde. Recuerdo que mi padre me respondió en esa oportunidad, mientras le comentaba el problema de seguridad que aquello podía significar para un hombre que atrajo suficiente odio de sus enemigos, que al principio de la Revolución, cuando nuestras instituciones no se habían desarrollado lo suficiente, así pasaba con Fidel y con muchos de los dirigentes que en aquel entonces caminaban por nuestras calles.

La palabra queja no tiene, por lo menos en la Constitución cubana, por lo menos para los constitucionalistas cubanos, una connotación peyorativa, no puede tenerla: es un derecho ciudadano, como lo son otros que proclama, reconoce y pretende garantizar el texto de nuestra carta magna.

Recibirlas, así como a las peticiones que hagan los ciudadanos, es para cualquier organismo del Estado cubano y los funcionarios que en ellos trabajan para el bien común de la población una obligación, tanto como tramitarlas, investigarlas, darle atención y respuestas pertinentes y en un plazo adecuado, pero no pocas veces son también la última esperanza de quienes reivindican la razón y la justicia.

Muy pocas veces reparamos en ello, pero cuando nuestro pueblo envía sus quejas y peticiones a las instituciones públicas, ya sean gubernamentales o políticas, no es solicitando favores y prebendas, beneficios y privilegios personales, es casi siempre, por el contrario, apelando a encontrar la justicia que le han negado la arbitrariedad y la insensibilidad, el oportunismo, la abulia y la indiferencia de quienes deberían servirle. Esa apelación es también una denuncia.

En esa actitud insatisfecha e irreductible, en esa cultura de la inconformidad y de la búsqueda y consecución de la justicia que todavía integra el patrimonio ético de los ciudadanos cubanos, más allá del duro peaje que no pocas veces ha pagado – y paga – en su vida cotidiana a quienes han hecho del ejercicio de funciones públicas un zoológico de sus dogmas, caprichos e ineptitudes, descansa parte del espíritu que levantó y sostuvo a la Revolución en Cuba hasta hoy como una lógica extraordinaria nacida del pensamiento popular para hacer, por lo menos desde esa perspectiva, del Estado y de la política, por primera vez, los instrumentos esenciales de la transformación de su realidad.

El lado oscuro de todo esto puede ser, sin embargo, un correlato de la impunidad. No es éste un tema escabroso y difícil de abordar, como no lo es ninguno. La impunidad es sobre todo un enorme fracaso a costa de nosotros mismos, que muchas veces confundimos como una consecuencia.

Nacida de prácticas antisociales y marginales aprendidas o validadas por el éxito obtenido en algún momento de la historia de vida de sus actores, cuando encuentra acomodo y ocasión en cualquier estructura social alcanza entonces su máxima expresión, ésta vez como una deformación del poder político público, opuesta, por su propia naturaleza a la cultura ciudadana, a la eficacia del Derecho y de las leyes y a la sociedad en su conjunto, a la que, por eso mismo, intentará defraudar siempre en su zona más sensible: los valores.

No disponemos de datos suyos en nuestras estadísticas públicas, y muy probablemente no sea un problema y un área de investigación de nuestras ciencias sociales, puede que porque identificarla como tal, e investigarla, acaso parezca una contradicción demasiado grande, demasiada amarga, con nuestras aspiraciones y concreciones como proyecto político. En cambio, desde cualquier punto de vista, su importancia como fenómeno es inobjetable, su existencia innegable.

Bastaría recordar los casos presentes en nuestra memoria histórica en que sus actores disfrutaron de ella por demasiado tiempo para por lo menos intentar meditar en sus peligros y las condiciones que la propician, y su enorme capacidad para viciar insidiosamente el funcionamiento de cualquier diseño de institucionalidad previsto a través de las relaciones endogámicas y las invisibles alianzas y redes de solidaridad que se producen entre funcionarios al interior de la ecología de las instituciones. Es sencillo: la impunidad conduce a la corrupción política.

Esa es una memoria colectiva que se inicia en la saga de crímenes, atropellos y violaciones cometidos a lo largo de tres siglos coloniales y se extiende íntegramente a la experiencia de nuestro primer ensayo republicano como un poderoso recordatorio de hasta qué punto la impunidad puede volverse un patrón de éxito y la coartada para hacer de la vileza y la ruindad, lo abyecto y abominable el método confiable para alcanzarlo; también de los nichos que le proporciona el irrespeto al otro, la ambición y el individualismo cuando la ausencia de transparencia, la acumulación de facultades discrecionales y el monopolio de la toma de decisiones públicas caracterizan el funcionamiento de las instituciones.

La impunidad necesita, se vale, del silencio tanto como del poder, aunque siempre tenga hambre de más poder. Si lo primero es su medio de acción, un recurso por excelencia para flanquear el civismo, la decencia, el sentido y el bien común, lo segundo lo necesita para distorsionar y oscurecer la realidad, para violar, atenuar, interpretar, o crear excepciones y pretextos a las normas sociales y jurídicas que burla, o que usa y crea selectivamente, también para conseguir el manto de la complicidad colectiva que le urge siempre, para abrumar, anonadar, aislar y perseguir a quienes le identifiquen y resistan.

Conspira igualmente para desterrar la noción de empatía y la tolerancia de la política, desprecia la igualdad y la demoniza, intenta desactivarla para legitimar la noción de la diferencia – y de la naturalidad e inevitabilidad de la diferenciación social, política y económica – mediante la creación de los estatus y – discretos – privilegios asociados a las funciones públicas.

La impunidad es una suerte de santo grial del abuso de autoridad, y por eso intenta pervertir los principios y la ética, para hacerlo los condiciona y favorece su aplicación circunstancial y casuística. Creará y entronizará de antemano zonas de justificación, discursos sociales de desmovilización y desidia en los que el control popular y la rendición de cuentas, la crítica y la posibilidad de la auténtica interpelación pública se vuelva una mascarada, un ritual dentro de estrategias comunicativas tan inertes y huecas como complacientes cajas de resonancia, o algo irreverente, inconveniente y contrario al orden, e incluso al ideal de ¨cordura¨ y ¨madurez¨ que postula como currículo de sus más aventajados alumnos.

Busca el agotamiento y el desistimiento para encubrir su ocurrencia, para acallar y descalificar su denuncia endilga generosamente calificativos de ¨resentidos¨ o ¨criteriosos¨, pero cuando se siente amenazada suele mostrar su rostro más vulgar y soberbio, grotesco, o intentar confundir sus intereses y necesidades con los de todos, con los tuyo y el mío, o con los de la sociedad y la política, o con la ideología, es su forma de crear el control social que le evita exponerse. Su escudería tiene tallada una divisa absurda y surrealista – como apuntaran hace poco tiempo dos compañeros – pero muy eficiente: ¨mientras más pública y evidente sea la impunidad en más impunidad resultará¨.

El retrato de la impunidad es de seguro incompleto sin el de los que la practican y buscan desesperadamente. Uno sencillo, típicamente minimalista, los podría describir así: ¨personas pequeñas, cobardes, oscuras y tristes, que tienen plena conciencia de lo anterior porque perciben la dignidad, la integridad y la decencia que les es ajena e incomprensible¨. Aún así, en nuestro caso, ese retrato tendría una nota al pie descomunal y precisa para un estudio más ambicioso: ¨no son revolucionarios¨, porque para serlo hay que ser primero y ante todo, como decían nuestros abuelos, buenas personas.

Deberíamos tomar nota de ello en Cuba, ahora que nuevas generaciones de funcionarios en todos los niveles de lo gubernamental y lo político, electos o no, adquieren, o se aprestan a adquirir una responsabilidad – cada vez más enorme con nosotros – que siempre estuvo limitada por la presencia de una generación anterior de revolucionarios cubanos; ahora que tenemos el reto de construir con urgencia el Estado y la cultura de Derecho que nos hace falta para completar y preservar los esfuerzos y sacrificios de nuestros abuelos, padres y hermanos, no sea que mañana, esos mismos que ahora sueñan inconfesablemente con convertir un Estado poderoso y desarrollado como el nuestro en un parque de diversiones de sus intereses y caprichos, crean que puedan quitarnos la sonrisa, esa misma alegría que les asusta e insulta y que aborrecen porque no saben entenderla, o quizás tan solo, porque le falta amor, y lo saben.

jueves, 16 de mayo de 2013

"A Maduro le queda grande el personaje de Chávez"

 
Llegan a decir que la maquinaria chavista debe ir pensando en un reemplazo, pues el hombre no da la talla y debe apostarse por una figura carismática y con vocación de líder como lo fuera Hugo Chávez.
 Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

El venezolano, de clase media y alta, no está interesado en el socialismo del siglo XXI, ello obedece a las raíces profundas que el capitalismo ha desarrollado en sus conciencias. Clases como las citadas tenían esperanza de que, con la muerte de Chávez, todo retornaría al cauce favorecedor de sus intereses, en otras palabras, apostaron todo a ese sueño, pero apareció Nicolás Maduro en su camino, y desde el carisma y los argumentos del llamado Comandante Supremo, prosigue la ruta hacia un prometedor mundo  socialista. Entonces los mitos se construyeron, intentaron bajarlo de ese Rocinante, hacerlo tomar conciencia de los males que podía traer un sistema  como ese para Venezuela. No debe creerse el elegido para hacer realidad lo sueños de Chávez. Para malograr la imagen de Maduro han hecho de todo. Veamos algunos de esos mitos.

El primer mito construido es el que rebaja el perfil intelectual de Maduro, al negar sus condiciones de estadista para encabezar el destino de una nación, las élites económicas de ese país no aceptan que un obrero lleve el timón del país, para ellos, en la silla destinal, debe estar sentado un hombre de luces, procedente de las filas universitarias, con argumentos sólidos para encausar el futuro;  con ello dan por descartado que el presidente electo, no tiene posibilidad alguna de solucionar los problemas del coloso petrolero.

Por otro lado acuden a fabricar otro mito, Maduro lo que hará es profundizar la división de la familia venezolana, y eso es perjudicial para la nación, pues estimula, según ellos, el fanatismo por un líder, y está llevando al país a un estado de derecho que pone en peligro las libertades conquistadas por la democracia. Atizan el fuego de la mentira, para sembrar confusión en el pueblo, generar condiciones de desestabilización y proclamar a los cuatro vientos, que el país va rumbo a una guerra civil.

Ciertamente debe reconocerse que la economía venezolana atraviesa una profunda crisis, los niveles de inflación son elevados, la corrupción alcanza escalas abismales,  los índices de violencia necesitan tener freno inmediatamente. Los problemas citados, son manipulados una y otra vez, por esas clases empoderadas en su poder económico, fabrican el mito de que Maduro no gobierna, en su lugar lo hacen intelectualmente los hermanos  Castro desde La Habana, Cuba. Nuevamente acuden al axioma de la falta de liderazgo y preparación del presidente electo para conducir los destinos de la nación bolivariana. ¿Por qué están aferrados a estos mitos eugenésicos que anulan el papel de un hombre proveniente de los condenados de la tierra para presidente?

Tengo una respuesta, porque no tienen otra carta que jugar, y valiéndose del poder mediático que tienen, siembran imágenes en las audiencias que deslegitimen al chavismo, y evidencien las insuficientes condiciones morales e intelectuales que tiene Maduro para llevar los destinos de la nación por buen camino. Llegan a decir que la maquinaria chavista debe ir pensando en un reemplazo, pues el hombre no da la talla y debe apostarse por una figura carismática y con vocación de líder como lo fuera Hugo Chávez. A Maduro, según ellos, interpretar el personaje le queda muy grande. ¿Por qué fabrican estos mitos mediáticos sobre Maduro? Sobre el tema volveré en un próximo comentario.

sábado, 16 de marzo de 2013

San Chávez de Nuestra América redentor de los pies descalzos


“San Chávez de Sabaneta”, pudiera decirse, aunque también pudiera afirmarse: “San Chávez de Nuestra América”, el “Redentor de los pies descalzos”.

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

La reciente muerte del Comandante Presidente de Venezuela, Hugo Rafael Chávez Frías, me hace hurgar en las teorías del imaginario de Castoriadis, y encontrar todos aquellos elementos que se convierten en campo fértil para abonar su sacralización como icono de los humildes de la tierra.

Un primer elemento es el relacionado con la infancia de Chávez, nacido en casa forrada con tablas y piso de tierra, marcado por una ruralidad carente de recursos, por eso ayuda en lo que puede a la familia, de ahí que se llame a sí mismo “arañero de Sabaneta”, su tierra natal.

Otro argumento es la devoción apegada al catolicismo. Su oratoria siempre estuvo acompañada de alusiones, giros, frases, peroraciones, tomadas del imaginario religioso, que él, magistralmente, sabía colocar donde hacía falta, para que el pueblo, en sus estratos más humildes, pudiera comprender el alcance de su mensaje y los objetivos que perseguía. No rehuía tampoco,  en la escena pública el uso de atributos católicos, así lo hacía en el seguido programa  Aló presidente, uno de los más esperados por la audiencia venezolana y latinoamericana.

Los usos de la historia condimentaron su retórica, la hicieron vigorosa, pues cada vez que acudía a ella, sabía porque lo hacía y los efectos que perseguía. Bolívar fue su mayor pasión, aunque Miranda, Sucre y toda una constelación de próceres latinoamericanos no faltaron en su piezas oratorias.

La devoción por escuchar la palabra de Chávez también ungió su prédica revolucionaria de fuertes elementos simbólicos, oírlo provocaba un raro placer; personas  semianalfabetas lo entendían perfectamente, sin verse obligado, como estadista, a extenderse en largas explicaciones. La palabra de Chávez tenía efectos milagrosos, pues movilizaba a las masas y le impregnaba una energía sólida para lograr cada propósito revolucionario.

Pero este hombre también tenía el don de la música, la lectura, el deporte, en fin, integraba todo eso que José Martí llamara “alma americana”, que piensa y siente con el corazón. Él  puso oído en tierra y universalizó canciones de Alí Primera, así la ruralidad venezolana se hizo más universal, y hoy es difícil no asociar a Chávez con esas letras que animaron la revolución bolivariana.

En el imaginario épico latinoamericano encuentro dos referentes que tuvieron similar fertilidad para convertirse en símbolos sagrados: José Martí, llamado por los humildes, apóstol de las libertades de Cuba, el hombre que integró en su prédica los atributos del catolicismo y llegó a decir, días antes de morir, que por la causa de Cuba era capaz de dejarse clavar en la cruz. No por gusto también  fue llamado Mesías, Sanador, Milagroso, Maestro. Ernesto Guevara (Che), es el otro. Su beatificación comienza cuando llega la imagen bajando del cielo atado a los pies de un helicóptero del ejército boliviano, según algunos, con los ojos abiertos. En ese momento germinal, el pueblo, en lo profundo de su religiosidad, pareció ver un mensaje extraterrenal, la encarnación de Jesucristo en la tierra. San Ernesto nace en La Higuera y toma el nombre -La Higuera- del poblado boliviano donde muere asesinado el 9 de octubre de 1967 tras su intento de generar un foco rebelde en la nación andina que se expandiera al resto de Latinoamérica. Hay gente que lo toma por un santo, hasta le llevan flores. Le tienen fe y quieren que el alma del Che se les aparezca, 'San Ernesto de La Higuera', Santo de Valle Grande, el Jesucristo de los humildes!

Mirado así, no debe temerse a aceptar la entrada de Hugo Chávez al imaginario latinoamericano como redentor de los más necesitados, como santo de América Latina, como el  Cristo que resucita en la revolución continental y llega hasta cada casa de la gente de a pie y los libera y echa a andar, para que hagan realidad sus sueños y puedan emanciparse de las cadenas de un capitalismo salvaje que nunca los tuvo en cuenta. “San Chávez de Sabaneta”, pudiera decirse, aunque también pudiera afirmarse: “San Chávez de Nuestra América”, el “Redentor de los pies descalzos”.

viernes, 8 de marzo de 2013

Ha muerto Chávez qué puedo decir yo

Qué puedo decir yo, anónimo hombre de la historia, de este gran hacedor de pueblos.


Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Ha muerto Chávez, el hombre que más se parecía a los pueblos de Nuestra América. El que integró las raíces identitarias y las proyectó al futuro. El reconocido por la intelectualidad mundial como un “fenómeno político”. El nacido en un barrio humilde de los llanos venezolanos.  El  niño criado por su abuela paterna, Rosa Inés Chávez, su verdadera madre, por la que sentía una devoción especial. El que amó y sintió cada triunfo o dolor de  los desposeídos de la tierra. Ha muerto Chávez y no temo a los adjetivos, pues su vida es rica en aportes y honestidad.

Qué puedo decir yo, anónimo hombre de la historia, de este gran hacedor de pueblos. Desde mis ojos acostumbrados a lo cotidiano, no salgo de la tristeza y me niego a creer  que ha muerto.  Hombres, como Chávez,  no mueren, siguen vivos en otros que saben asumir las energías revolucionarias y canalizarlas en los soñadores de un mundo mejor.

Qué pudiera decirle yo a sus cuatro hijos, al pueblo venezolano en esta hora de la historia. Sencillamente acudir a Martí y recomendarles mantenerlo vivo en el amor, el recuerdo. No convertirlo en letra muerta, o  héroe inalcanzable en un pedestal, sino en posibilidad  latente de excelencia y creación, en paradigma de revolucionario en la América nueva.

Qué pudiera decirle yo a los jefes de estado y a los religiosos del mundo que respetan su obra, e incluso reconocen sus aportes a la lucha por un mundo mejor. Decirles que un líder así es posible encontrarlo en el futuro. No deben adaptarse al comodín de raíz oriental y mesiánica, de que hombres así sólo nace uno entre miles,  de aceptar esto último, estaríamos negando su sentencia: “En el pueblo hay muchos Chávez”.

Qué pudiera decirle yo a los procesos democráticos de los pueblos a partir del ejemplo de Chávez. Sencillamente precisar que sólo habla la obra del hombre, ella dice más que sus palabras. Hugo Chávez concibió una política de programas sociales, muy activo llamados "misiones", entre las que sobresalen Robinson para enseñar a leer y a escribir en los barrios populares, basada en métodos venezolano-cubanos. La Ribas para facilitar los estudios primarios y la  Sucre para los secundarios y universitarios. La Barrio Adentro, un programa médico-asistencial para las zonas más deprimidas del país y la  Vuelvan Caras un incentivo  para la producción de bienes y servicios por parte de las sociedades organizadas conocidas como "Consejos Comunales". En total son veintiuna misiones. Desde 1999 hasta el 2007, logró que se construyeran cerca de 260.000 soluciones habitacionales.

Qué pudiera decirle yo a los pueblos de Nuestra América en un momento así, y aquí retomo a José Martí de nuevo: “Buscamos la solidaridad no como un fin sino como un medio encaminado a lograr que nuestra América cumpla su misión universal”. En este momento americano, los ejes a partir de los cuales Chávez concibió e implementó la solidaridad, no deben quedar en el discurso, ni en la propaganda, deben convertirse en razones de lucha para seguir creyendo, como siempre lo hizo él, en que un mundo mejor siempre será posible.

martes, 5 de marzo de 2013

Chávez si se despidió de su pueblo. Chávez habló directo al corazón

Chávez si se despidió de su pueblo. Chávez habló directo al corazón.

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Ha muerto el presidente de Venezuela Hugo Rafael Chávez Frías, como se puso al lado de los débiles, merece honor. Con estas palabras de raíz martiana me gustaría reflejar el dolor profundo que experimenta el pueblo de Contramaestre, al conocer la triste noticia. Falleció hoy a las 4:25 de la tarde en el Hospital Militar Doctor Carlos Arvelo. Lo supe por las palabras del vicepresidente ejecutivo Nicolás Maduro a través de Tele SUR.

Al saber su deceso, recordé a mi madre, fallecida hace un año y medio, sencilla mujer que llegó hasta un cuarto grado y murió de 95.  A mi vieja le encantaba escuchar a Chávez  discursar. “Dice las cosas que hasta  el más humilde de los seres humanos lo puede entender”. Así lo retrató el ser que más quiero en la vida y ya no está entre nosotros. Hoy, quiero unir mi dolor, al de todos los hombres y mujeres de América Latina y el mundo. Mi vieja desde su tumba llora la muerte del hombre que hablaba a los pobres con palabras sencillas, pero directo al corazón.

Hoy quiero decir que en mí casa todos lloramos. Nos abrazamos y pensamos en el hombre que se despidió de su pueblo con la certeza de que podía morir. Lo hizo el pasado 8 de diciembre de 2012, antes de partir a la ciudad de La Habana, explicó que tras una revisión surgió "la presencia de algunas células malignas", por lo que sus médicos tratantes consideraron que era “absolutamente necesario e imprescindible someterme a una nueva intervención quirúrgica. En todos estos procesos hay riesgo, toda operación de este tipo y contra este mal implica un riesgo (...) eso es innegable".

Nunca imaginamos que hoy 5 de marzo afrontaríamos la noticia de que el Comandante de los pobres, el hombre de palabra ágil, sería arrebatado por un maldito cáncer,  contra el que no pudo la medicina, ni las oraciones de los pueblos, que lo amaron y amarán por toda la eternidad. Descansa en paz COMANDANTE DE  AMÉRICA, la espada de Bolívar  está en buenas manos, nunca la dejaremos caer, ni será robada por apatridas que esperan órdenes de Washington. 

Chávez lo reclama: "REGRESA CARACOL DE AGUA" a ocupar su lugar en esta batalla por la gran Patria Americana.


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