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martes, 28 de febrero de 2017

Las ambigüedades de un revolucionario crítico



Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com   

En el Café de la ciudad intentamos pensar la Cuba vivida;  la que nos gustaría cambiar para bien, pero por mucho horizonte que buscamos, siempre aparecen los imposibles, los dogmas a ultranzas, la autocensura  a flor de piel;  los caminos marchitos diseñados por otros para caminar por ellos, solo por ellos y no caben las diferencias, las pluralidades.

Entonces uno se pregunta: ¿Qué es ser revolucionario en tiempos de refundación? Y las respuestas son magras, porque siempre un funcionario de oídos pone trampas a las palabras o hace a otros vigilarlas hasta en su mismo nacimiento.

Tiene más valor lo que hace el bando contrario para los funcionarios de oídos, que el pensamiento crítico, responsable, surgido en su propia orilla ideológica. Por ese camino, ¿puede un revolucionario erguirse, ser un hereje con causa, siguiendo los dictados de ese sabio intelectual llamado Fernando Martínez Heredia? ¿Adónde van a desembocar esas aguas estancadas? Se prefieren las conciencias adormecidas en la adoración de la ideología política y no el pensamiento crítico, comprometido, responsable. Aspiramos a un país ágora, abierto a todas las personas de bien, interesadas en hacer, más que en viejos rencores y agravios.   

¿Qué hacer si tus palabras son vigiladas por un censor instalado tras el buró cómodamente, para hacer sus interpretaciones tergiversadas siempre? ¿Cómo inspirarse en Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena y ser consecuentes con el tiempo que nos toca vivir?

Los hombres van en dos bandos, los que fundan y los que siembran ortigas, me siento de los primeros y me gustaría me dieran mi espacio de realización personal, no como mero repetidor de lo que otros deciden, sino siendo un protagonista activo en lo que mejor se hacer, con capacidad para señalar el lunar donde esté, pero también la luz bienhechora.

En el Café de la ciudad casi se nos quema el coco, pudiera decirse; pero no encontramos maneras enérgicas de ayudar al país, como sujetos críticos y participativos, -escuchados sobre todas las cosas-, y sentirnos portadores de esos cambios anhelados por Fidel Castro, cuando definió aquel 1 de mayo de 2000, en la plaza José Martí, el concepto de Revolución.

miércoles, 15 de abril de 2015

Hacia qué socialismos vamos en Cuba



¿Hacia qué socialismo futuro debemos llevar el arado?

Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeagua@cultstgo.cult.cu


Si le preguntan a cualquier cubano de a pie,  si el camino al socialismo es la opción al futuro, responderá: ¿cuál socialismo?, ¿cuáles socialismos?, ¿acaso hemos hecho el socialismo? Y no dejan de tener razón esos cubanos, pues el cauce recorrido no permite definir todavía ¿qué es el socialismo?. ¿Cómo entonces ilusionarnos con una armazón teórica que nos hizo creer un posible nunca tocado en lo concreto?. La realidad, mientras creíamos avanzar hacia él, más se alejaba.  Entonces llegaron las revisiones.

El socialismo de corte estalinista dejó su huella en el pensamiento político de la revolución, nadie puede negarlo hoy; tantas investigaciones realizadas lo demuestran. La pregunta que se cae de la mata es: ¿Hasta dónde nos hizo daño ese socialismo de corte totalitario que cercena los derechos inalienables de las personas en la consecución de su fines? ¿Por qué marxistas de la talla de Julio Antonio Mella, Antonio Guiteras, Ernesto Guevara y Raúl Roa se apartaron de los caminos de Moscú y fueron críticos lúcidos de los desafueros de ese socialismo antilibertario? ¿Por qué no han sido estudiadas hoy esas zonas de su pensamiento? ¿Por qué el socialismo jacobino de Guiteras sigue en el olvido y no es un referente autorizado para la Cuba actual? ¿Alguien conoce este tipo de socialismo promulgado por el máximo inspirador de Joven Cuba?

Al mirar el pasado uno se hace tantas preguntas, y a veces resulta traumático entender porque fuimos a dar un socialismo de corte europeo, muy influenciado por los dictados de Moscú, en detrimento de un pensamiento autóctono bien fundamentado en hombres que tenían muy claro  lo que estaba sucediendo en la Unión Soviética y hacia donde iba ese proyecto social. ¿Por qué no incorporamos esos paradigmas a la concepción liberadora que veníamos y venimos haciendo?

¿Cuál socialismo me gustaría para mi pueblo en el futuro? Muy sencillo, aquel que permita a la gente pensar, hacer y expresarse sin hipocresía alguna, inspirado en el culto a la dignidad plena del hombre, sin doble moral, sin retóricas divorciadas de la realidad. Me gustaría que ese socialismo creara las condiciones cívicas para el saneamiento moral de la sociedad, e hiciera posible que las personas vivan honradamente de su trabajo y no tengan que delinquir en todo momento para sobrevivir materialmente.

Creo, tenemos el potencial cultural e intelectual para dar esa vuelta de tuerca, si queremos salvar un proyecto que puso en todas las casas la independencia nacional como fin supremo de la Patria. Esa batalla hay que darla en la actualización del modelo, sin temor  a los métodos verticalistas que todavía reinan en muchos directivos, pero también en los jefes que se visualizan así mismo como señores feudales que deben saber todo y autorizar cuál verdad puede decirse, dónde y a quién o quiénes.

El socialismo debe ser, como decía Raúl Roa, libertario por excelencia. Verdades tenemos todos y hay que aprender a escucharlas si queremos hacer una sociedad cada vez más justa, donde el hombre desarrolle un pensamiento crítico inherente a la libertad que soñamos. El socialismo futuro debe dar entrada a todas las Cubas dispersas por el mundo.

miércoles, 8 de abril de 2015

¿Cuál será la sociedad futura que tendrá Cuba?


Los grandes vacíos del socialismo, sus vulnerabilidades, son explicados por ese mundo en línea, apelando a veces al rumor, las falsedades, pero también a las verdades.

Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeagua@cultstgo.cult.cu 
Es imposible construir camino al futuro un socialismo liberador si el destino de la sociedad está regido por una burocracia cegada por una retórica triunfalista, que no admite la crítica inteligente, oportuna, y niega los medios para que los hombres participen y digan lo que piensan y sienten sin hipocresía alguna. ¿Cuántos espíritus menores en Cuba hoy, niegan esa democracia libertadora soñada por José Martí? No aludimos a los grandes adalides, no, tampoco a mesiánicas instituciones conductoras del tren al futuro, no; se trata de figuras de cera, esculpidas en el vino de sus vanidades, tan caras al socialismo, porque al final, no defienden la utopía, sino un estatus, un nivel de vida.

Los elementos funestos roen como gusanos las utopías más nobles y lo que parecía un camino a la dignidad plena del hombre, casi termina volviéndose contra los propios seres que una vez ayudó a ponerse en pie.

El socialismo europeo olvidó algo que un cubano como Julio Antonio Mella tuvo muy claro, aquí en Cuba: “dentro del cascarón de la sociedad actual se va formando la nueva”. El socialismo trajo en su cascarón un engendro nada parecido a lo imaginado por los fundadores del Marxismo. La sociedad nueva carecía de sólidos valores morales  y terminó hundiéndose en sus mentiras. Abel Prieto crea una metáfora literaria para recoger el acontecimiento: MULGAVIA. Allí todo puede ocurrir, menos lo real.

En medio de la oscuridad, ¿dónde están las resistencias morales que nos hacen falta a los hombres de bien, para no perder el rumbo e irnos por la cloaca de la historia, sin dejar sembrado a tiempo el árbol de la dignidad, allí donde todos puedan verlo y regarlo como merece? ¿Es posible imaginar un socialismo del siglo XXI en un país sin economía real? Vuelvo a Mella  y uno de sus pensamientos más puntuales: “no hay democracia política, donde no hay justicia económica”. No hace falta un diagnóstico de nuestra realidad inmediata,  para darse cuenta que es necesario volver al “verde de las palmas” aludido por Fidel Castro aquel enero glorioso de 1959.

Cuba y su diáspora aparecen enfrentadas en términos “culturales e ideológicos”, la primera expone en las vitrinas de la revolución las conquistas sociales más apremiantes de los seres humanos: salud, seguridad y educación para todos; la segunda, el ejercicio de la individualidad que lo mismo puede llevar al éxito que al fracaso. Lo cierto es que hoy nos hermanamos por encima de nuestras diferencias y predomina el sentido común, la necesidad de salvar viejos horcones que una vez acrisolaron la familia, en el sentido tradicional del término. Los de aquella orilla regresan, compran viviendas, hacen mansiones en viejas propiedades rurales y todos se funden en un nuevo ajiaco de un sabor todavía no definido por la historia cercana. ¿El socialismo del siglo XXI albergará en su seno estas nuevas cualidades de la nación, para refundarse en términos liberadores? ¿El imaginario de esas personas resistirá un socialismo de corte estatal que no les permita ser protagonistas junto a otros del nuevo tejido social y político? Nuestro cascarón: ¿qué tipo de sociedad moral traerá consigo?

La sociedad de la información que ya tenemos entre nosotros, con todas sus realidades, -somos un país ubicado en la periferia capitalista es algo que no puede olvidarse-, coloca sus espejismos en las casas y hasta los más humildes sueñan verse convertidos en celebridades de Facebook o Twitter. Celulares, ordenadores portátiles, navegación on line en joven club y salas  habilitadas para cobrar el servicio de Internet,  hacen creer a los “analfabetos digitales” otro  mundo posible, negado a ellos por los medios de masas donde habitualmente encontraban la verdad necesitada para fundamentar sus espacios vitales. Los grandes vacíos del socialismo, sus vulnerabilidades, son explicados por ese mundo en línea, apelando a veces al rumor, las falsedades, pero también a las verdades. No olvido al rey francés que prefería leer los periódicos enemigos para enterarse de sus fallas como Estado.

Navegamos en aguas turbulentas, tantas, que discernir un camino es imposible, tal vez por eso es normal escuchar las expresiones: “viaje a lo ignoto”, “cometimos el error de pensar qué era el socialismo”, “socialismo del siglo XXI”, o “reinvención del socialismo”.  La realidad sigue curso, no espera rectificaciones; los hombres que ayudaron a edificar el cascarón de ese mundo todavía indefinido, se irán a la tumba con muchas dudas en la cabeza. El socialismo, si definitivamente mantiene el empeño de ser posible cuando ellos no estén, necesitará de instituciones capaces de encausar civilizadamente  diferentes formas de pluralismo y conciencia crítica. Quizás entonces podrá definirse una mejor concreción del sueño para las generaciones futuras y las estatuas de cera terminarán en el museo de los olvidos.  


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