Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com
Había
una vez un tipo gordo que quería robarle la luz al que la tuviera. Recorría
pueblos en el campo, ciudades del mundo y averiguaba con todas las personas que
pudieran darle alguna información. Quería encontrarlos a cualquier precio.
Cuando llegaba a ellos, inventaba algún truco para atraerlos, lo mismo con
bebida, que mujeres y discursitos sabidos de memoria. Así logró engañar a
muchos. Dicen que gustaba mirar el pene de los hombres cuando orinaban. Otras
noticias lo ubican borrachito y haciendo de ninfa de cabellos crespos. Era
feliz cuando eso sucedía, porque la mujer que vivía en su espíritu salía con
fuerza y se apoderaba de su cuerpo. Cuando pasaba la curda, el tipo gordo
volvía a las poses de grandeza y perseguía a todos los que tenían luz, se las
arreglaba para apagarlos y quedarse con toda su energía; pero un día llegó a su
vida un extraño hombre, intuyó que tenía mucha luz, así que lo atrajo, se bañó
en sus rayos dorados y simuló cierta
ductilidad; dirían los que lo conocían, como ha cambiado este gordito; pero la
realidad, el quería hacerse con la luz y el cuerpo de aquel ser divino, ya no
toleraba sus caderas abultadas, sus crespos, sus ojos saltones, quería ser luz,
pero también ser bello, así que acudió a una bruja y ésta lo mando a preparar
un brebaje; allí tenía la solución. Ya en casa, tomó la pócima y espero unos
minutos. Todo comenzó a ponerse muy oscuro, la lluvia llegó con estruendosos
pasos; el hombre de la luz apareció en medio de todo aquello, entonces el tipo
gordo quiso hacerse de toda su luz y robarle la belleza, pero una descarga
eléctrica lo carbonizó en el acto.
