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jueves, 27 de febrero de 2014

Estar en Santiago de Cuba

 

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Estar en Santiago es sufrir el intenso calor que destilan sus calles. Bajar Enramadas y subirla es una de las mejores opciones para el que viene de un pueblo cercano. Proliferan timbiriches por doquier, pregones, frutas que llaman del Caney, en fin, todo lo inimaginable para un ojo poco entrenado en la cotidianidad del santiaguero.

En una esquina, algo llamó mi atención, un mercado de mascotas y accesorios: perros, periquitos, ratones blancos, pececitos de colores, gallos finos, gallinas, palomas, comida, nidos, medicinas, bozales, cadenas, sogas, todo a precios inalcanzables para el bolsillo obrero. Un pastor alemán y un pastor belga me arrancaron lágrimas, no llegaban a dos meses de nacido y su precio dolía verlo en aquella tablilla: $40 CUC y $45 CUC respectivamente. Dormían en jaulas tristes y miraban al viajero con ganas de irse a casa y tener comida y cariño a montones.

No pude resistir aquella imagen, por  lo que me volví a la calle desconsolado. Nuevamente los timbiriches llovían con su peculiar manera de pregonar. El calor   era insoportable. Mi esposa tenía dolor de cabeza. La invité al Mamá Inés para sorprenderla con buen café y trato a prueba de oficio, sin embargo había una sola oferta, de muy mala calidad por cierto, alguien se encargó previamente de endulzarlo antes de servirlo. Dije a mi esposa, no era así, he venido otras veces, no tengo razones para explicarlo. Ella me dijo, no importa, estamos acostumbrados a que nos traten de esa forma. No te mortifiques, fue su sentencia final.

Decepcionado nos fuimos a la calle de nuevo, el calor estaba en su punto. Plaza de Marte nos miraba con su gorro frigio y sus banderas. Los fanáticos no hablaban de Santiago en la pelota. El cielo tenía una capota gris, amenazaba lluvia. La fuente del parque Abel Santamaría reclamó mi presencia. Me hice varias fotos con ella a la espalda, me hacía recordar el carnaval universitario que siempre celebrábamos aquí. Obligué a mi esposa a tomarse algunas, sería uno de los gratos recuerdos de nuestro paso por Santiago de Cuba.

Fue un día de intenso calor,  pero no fue una barrera para captar con el lente de la cámara imágenes, que hoy Caracol de agua comparte con sus amigos del mundo. Al agotarse las baterías, no quedó más remedido que irnos a la Terminal de Calle 4 y montar esos camiones que nos hacen sentir desriñonados al llegar a nuestro destino. 
 


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