A finales de diciembre, del 2011, recorrí Santiago con algunos amigos del Caribe. No comprendían cómo, en lo personal, podía aceptar que mi vida valiera la pena vivirla, con dignidad, desde un lugar desconectado del sistema económico y cultural mundial: Contramaestre.
Escuché atentamente cada historia narrada sobre sus
respectivas naciones. La imagen construida sobre los cubanos en los medios, e
incluso las tangibles. Sentí pena al saber la cosificación de mis compatriotas,
que reducen la vida al tener. Acumular cosas materiales es la máxima aspiración
de un ser humano. Los cubanos no dejan de pregonar este eslogan en la diáspora.
Ante las ideas que expongo en Caracol de Agua, muchos
replicarán, desde esa diáspora: La
imagen sobre los cubanos de la Isla se reduce al vivir para subsistir,
y tener milagrosamente alimentos, y
otras necesidades materiales cubiertas. Los cubanos de la emigración no dejan
de pregonar este eslogan sobre sus hermanos de adentro.
¿Cómo justifico entonces el hecho de permanecer en la Isla ? ¿Cuáles son los valores espirituales y
materiales a los que me agarro para justificar mi decisión? ´
Ante las interrogantes aludidas, prefiero responder
con las ideas de Iván Cárdenas Maturel, uno de los personajes protagónicos, de
la novela “El hombre que amaba los perros”, periodista y escritor, al igual que
yo:
“Los que por convicción, espíritu de resistencia,
necesidad de pertenencia o por simple tozudez, desidia o miedo a lo desconocido
optamos por quedarnos, más que reconstruir algo, nos dedicamos a esperar la
llegada de tiempos mejores mientras tratábamos
de poner puntales para evitar el derrumbe (lo de vivir entre
puntales, en mi caso, no sido una metáfora, sino la más cotidiana realidad de mi
cuartito de Lawton”. A ese punto en el que enloquecen las brújulas de la vida y
se extravían todas las expectativas fueron a dar nuestros sacrificios,
obediencias, dobleces, creencias ciegas, consignas olvidadas, ateísmos y
cinismos más o menos conscientes, más o menos inducidos y, sobre todo, nuestras
maltrechas esperanzas de futuro.”(Padura, L: p.460-461)
“…hemos asistido a la dispersión de nuestros amigos
más decididos o más desesperados, que tomaron la ruta del exilio en busca de un destino personal menos
incierto, que no siempre fue tal. Muchos de ellos sabían a qué desarraigos y
riesgos de sufrir nostalgia crónica
se lanzaban, a cuántos
sacrificios y tensiones
cotidianas se someterían, pero
decidieron asumir el reto y pusieron
proa a Miami, México, París o Madrid, donde arduamente comenzaron a
reconstruir sus existencias a la
edad en que, por lo general, ya éstas
suelen estar construidas”. (Padura, L: p.460)
Luego de aquel memorable encuentro, con mis amigos
del Caribe, al regresar al lejano lugar donde vivo, Contramaestre, desconectado
del sistema económico y cultural mundial, me hice muchas veces la gran pregunta
de Lenin: ¿Qué hacer? La novela, El
hombre que amaba los perros, me dio algunas respuestas. Las otras, no logro
encontrarlas en mi propia vida. Sencillamente debo decir, sigo aquí, aferrado a
lo insular, y no critico al que se ha
ido. Es un derecho. Nadie puede negarlo. Amo a
Cuba más que a mi propia vida.
PADURA, LEONARDO (2010): EL HOMBRE QUE AMABA LOS
PERROS, Ediciones Unión, La Habana.
