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viernes, 14 de enero de 2022

QUIERO TENER LA FUERZA DE CRISTO

Día por día el gris, la tarde asomando como un grito, el sobresalto en el estómago, la estupidez en todos lados. Soy un zorro azul y quiero volar muy alto, pero mis alas cortadas sólo me hacen imaginar cómo será. No tengo lengua, el cazador de perdices la ha anudado a un tronco inmenso; estoy obligado a pastar a su sombra, tomar el agua sucia que me sirve, tolerar sus humillaciones, tener que hacer como los esclavos de las Guerras Púnicas, esperar, mientras el grillete pudre mi carne y la jaula me separa de la luz, esperar a ver qué trae el futuro, si es que hay futuro. 

Tengo muchas palabras almacenadas pero no consigo decir ninguna; se han atorado en mi garganta. 

Me creía un Nemo de los tiempos nuevos, como aquel viejo capitán que viajaba en submarinos cuando nadie pensaba en ellos. Ser Nemo era bueno, pero ahora prefiero convertirme en un cucarachón cuando lleguen los del arsénico; volver en el tiempo y ser el niño que comía naranjas en las inmensas siembras de su abuelo; el que leía La isla del tesoro y Los tres mosqueteros a la luz de un candil; pero no puedo regresar; ante mí, un oscuro laberinto me interroga, no tengo respuestas para salir. El dedo acusador en alto. Voy a morir. No quiero la clemencia de los emperadores, ni sus falsas palmaditas en el hombro. Prefiero la muerte indócil y no la palabra arrinconada.   Los hombres felices no dejan memoria. El dolor es condición de los nacimientos. ¿Hasta cuándo?, preguntaría Cristo; pero Cristo se dejó clavar en la cruz en defensa de su verdad. Quiero tener la fuerza de Cristo, su valor. 


jueves, 29 de marzo de 2018

Aquel “Viernes Santo” que Cuba olvidó




Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com 

“No barras la casa mijo, porque se llena de hormigas”, decía Mamá cuando era Viernes Santo. Si lo hacíamos, en verdad el hogar se llenaba de colonias de aquellos insectos. No era superstición de la gente del campo, era una verdad transmitida de generación en generación, a partir de la observación  de los procesos que acontecían cuando se violaba el ritual.

Durante toda la semana las campanas de la Iglesia “La Sagrada Familia de Contramaestre” las escuchábamos y hacíamos la señal de la cruz. A las 12 del día, cerraban todos los comercios. Las escuelas cesaban sus actividades. En la radio, música sacra todo el tiempo. Las familias en masa acudían al Sermón de la siete y a la Celebración de la cruz.

Decía la vieja, con esa sabiduría tan contagiosa: “En esos días se produjo el calvario y resurrección de Cristo, luego de ser crucificado.  No debemos comer ninguna carne”. “Abstinencia de carne roja”, precisa uno de los católicos más importantes de estos lares, José Emilio Ropero, cuando le pregunté, -vía teléfono-, por esta práctica. “Sólo pescado era lo normal en toda esta zona del oriente de Cuba”, argumenta el  destacado creyente, oriundo de Baracoa.

Mamá se enfocó siempre en el frijol con dulces. Era una delicia el olor que esparcía aquel manjar, sobre una espaciosa fuente de vidrio azul, con detalles moriscos. Dice Ropero que este plato “donde único se come es en Contramaestre”, pues en el resto de la isla no sucede así.

Las ensartas de peces de agua dulce: truchas, mojarras, biajacas;  las vendían discípulos de “Juan el misionero”, que venían a las casas a cumplir los encargos, previamente hechos por los cabezas de familia. Lo mismo se comía pescado en salsa, frito, en sopa, o mezclado con arroz.

En esos días se hacían procesiones al río para atraer la lluvia, orar para que los campos tuvieran buena cosecha, por la salud de los hijos y  la armonía de los miembros del hogar.

La noche del “Viernes Santo” todos compartíamos la mesa y el “frijol con dulce” era el rey de los alimentos. Otras golosinas como roscones en almíbar, turrones de maní, coco, arroz con leche y vino de pasas, completaban la cena. No faltaban las frutas tropicales, sobre todo para los niños, que nos volvíamos locos con las guayabas, los caimitos, los nísperos, los zapotes... Toda la noche, los elegidos de la familia, los que tenían los dones de Dios, se la pasaban haciendo oraciones, mientras los más chicos, jugábamos al Zunzún de la carabela, a los Escondidos, o al Cogío.

En un momento determinado, los mayores se concentraban  en torno a Radio Vaticano para escuchar “El vía crucis de Roma”;  después se abrazaban, hacían la señal de la cruz y decían “Amen”. Los pequeños debíamos pedir la bendición y hacer silencio. Con la evolución de la noche, las familias regresaban a sus hogares y nosotros a soñar el “Viernes santo” del próximo año; el pesebre donde nació el niño Jesús; la torpeza de los que lo crucificaron.  No comprendíamos como después de muerto, había podido resucitar.

domingo, 24 de diciembre de 2017

FELIZ NAVIDAD Y AÑO NUEVO

FELIZ NAVIDAD A TODAS LAS PERSONAS CON LAS QUE COMPARTO AQUÍ EN MI BLOG CARACOL DE AGUA.
MUCHA SALUD Y COSAS BUENAS EN EL AÑO NUEVO...
ABRAZO EN CRISTO A TODOS Y TODAS, POR ENCIMA DE LAS COSAS TRIVIALES QUE NOS ALEJAN, NOS DIVIDEN  Y NOS HACEN SENTIR INFELICES...
QUÉ DIOS NOS BENDIGA EN EL AMOR AL PRÓJIMO, SIN MISERIAS MORALES, MATERIALES, EN LA BONDAD, EN EL DARSE AL OTRO CON SINCERIDAD. EN EL AMOR A CRISTO COMO MÁXIMA ASPIRACIÓN ÉTICA.

lunes, 3 de agosto de 2015

Sin agua en casa para llevar los días



Al amanecer se inclina nuevamente, entonces comprende que todo seguirá igual por un largo tiempo.

Por Arnoldo Fernández Verdecia. afdez@enet.cu 

Día tras día el hombre inclina el cuerpo, revisa, pero ni una gota de agua, entonces hace una mueca de disgusto y camina sin dirección. Piensa en lo difícil de los tiempos, lo caro que está todo,  pero un rayo de esperanza cruza por su mente y decide tomar unos envases grandes y cargar agua al hombro desde un lugar cercano a su casa donde la almacenan en grandes cantidades. Sus necesidades fisiológica las hace en un pequeño orificio cavado en el patio de casa, no puede usar el retrete habitual porque no tiene forma de descargarlo. Sus animales de corral reclaman el anhelado líquido, pero el hombre no sabe qué hacer. Tendrá que sacrificarlos, comerlos o venderlos; pero otro rayo de esperanza surca su mente y entonces busca más agua y calma la sed de aquellos que alivian sus días con huevos y carne. En la noche vuelve al mismo lugar, se agacha, pero ninguna señal. Hacen una procesión al río cercano, llevan en alto imágenes de Cristo redentor, pero la lluvia no aparece, ni el agua corriente tampoco, sólo viento, y, de tan ríspido, muele árboles y esparce hojillas en el patio como pequeños triángulos de dolor. Al amanecer se inclina nuevamente, entonces comprende que todo seguirá igual por un largo tiempo, debe hacer una cisterna para almacenar todos los tanques probables. Esa es la solución y el último rayo de esperanza camina su cabeza.

lunes, 9 de febrero de 2015

Santiago de Cuba camino a los quinientos tiene mucho que aprender de su pasado

Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeagua@cultstgo.cult.cu
Santiago de Cuba llega a quinientos años en próximos meses; es una de las villas más añejas de la isla. Desde sus orígenes hasta hoy, siempre ha estado marcada por unas características que la hacen inolvidable. En el siglo XIX, principios de la década de 1860, la joven Carolina Wallace*, procedente de Estados Unidos, vive en ella; es hija del cónsul de ese país; pero su nacionalidad no es una barrera para legarnos unas estampas conmovedoras de lo que me atrevo a llamar: santiaguerías de aquel entonces. ¿Por qué lo afirmo?

Describe el puerto, la fortaleza del Morro y la Bahía con “ojos bien afectivos”, su admiración es tan grande que llega a decir  que “Santiago está especialmente dotado por la naturaleza para ser un Gibraltar del occidente, y, después de la de Río de Janeiro, su bahía es sin dudas la más atractiva de este hemisferio”.  

Sobre los modales de sus habitantes dice que son muy hospitalarios. La amabilidad del trato “hacen al visitante sentirse en casa, y la sencillez…, unida a la libertad de conversación, contribuye  a un bienestar  que mucho se agradece cuando uno se encuentra en tierra extraña”.

Algunos rasgos llaman su atención y entre ellos destaca el alto consumo de café, no falta en las comidas del día;  su calidad es muy buena, agradable al paladar, casi siempre va acompañado de cigarrillos.

Algo especial es el desayuno, “…consiste habitualmente en cinco o seis platos. Comienza con huevos y arroz, plátanos fritos, un pescado delicioso, bistec, boniatos, ensalada, frutas y algún dulce, todo acompañado de vino rojo…”

Sobre los días de la semana, el domingo es su preferido  porque es jornada de fiesta, primero se asiste a misa y luego se reciben visitas en casa;  en la tarde noche  van a escuchar la banda  de la Marina  a las cinco en punto y luego recorren la Alameda, donde comparten con amigos, familiares.

Identifica la volanta como el único medio de transporte;  “es un artículo lujoso y confortable”, sólo las familias adineradas pueden darse esta comodidad.

En los recorridos por la Alameda “reinan la sociabilidad y el flirteo…todos con inmaculados atuendos se pasean arriba y abajo, diciendo  con las miradas lo que no se atreven  con las palabras, cuando pasan junto a las damas objeto de su adoración, sentadas bajo la custodia paterna o familiar…”

No puede faltar en las páginas de Carolina la mención al Cobre y la Virgen: “El Cobre  es igualmente  célebre  por su milagrosa Virgen de la Caridad  -miles de personas  vienen aquí  como peregrinos desde todas partes del mundo, con la esperanza de  hallar cura  a enfermedades  y males de toca clase” (…)  fue descubierta  flotando cerca de la costa, y según reza la historia popular  fue recogida y trasladada  a una iglesia  donde se le colocó en el altar(…)”

Dice que las mujeres tienen un tipo de “belleza muy peculiar” y son extremadamente “seductoras”.

Un día en un hogar permite afirmar que  la frase con que siempre un cubano recibe a sus visitas: “Usted está en su casa”, no es un mero cumplido.

Las viviendas atraen su atención: “edificios vulgares, de un solo piso, sin desván, chimenea, ni ventanas, a menudo sin elevación alguna del nivel de la calle, apenas un escalón  hasta la entrada”.  Esto tiene  su causa: los terremotos.  Sin embargo  dice que: “No hay nada más fascinante  que sentarse  en el corredor cuando cae la tarde y disfrutar la vida que se extiende a nuestros pies”.

Resulta interesante el paseo en tren al Cristo,  le permite apreciar el paisaje cubano: “Flores y plantas  desconocidas se presentaban ante nuestros ojos a cada lado, con espléndidos capullos y enredaderas  colgantes, todas  brillantes  bajo la primera luz del sol, todavía cubiertas  por humedad abundante de la noche pasada”. Habla sobre los caballos, se sorprende ante su paso muy peculiar,  “no encontrado en otros lugares del mundo”.

Los santos en Santiago ocupan un lugar en  las estampas de Carolina, sobre todo el  Corpus Cristo: “Tiene  lugar  casi siempre a principios de junio y sus cuidadosos preparativos toman mucho tiempo (…) La procesión con la sagrada  efigie sale de la catedral  con mucha pompa  y boato, escoltada  por numerosos personajes de alto rango   dentro de la Iglesia y el Estado”.

El San Juan también ocupa a la Wallace: “jolgorio grotesco, con el acompañamiento de instrumentos musicales  de todo tipo, voladores y fuegos  artificiales. Se permite  el despliegue de la alegría  más ruidosa a lo que contribuyen  en gran medida  las procesiones  de los negros y la gente más pobre, con retozos y bailes  de los más primitivos y salvajes…” 

Según la autora, y no deja de tener razón, pues aún hoy es así: “En Santiago todo recibe su nombre en honor a algún santo, no solo las calles e iglesias, plazas y cuarteles, sino incluso los clubes y cafés, islas y fortalezas, así como también las haciendas, ríos y cementerios”.

Santiago de Cuba muy pronto estará de cumpleaños, para ello viste sus mejores galas; pero en honor a la verdad, si sus pobladores no se alimentan de un pasado memorable, donde el culto a las buenas costumbres y modales reinaba, probablemente lo que se hace por los quinientos años sea destruido sin reparar en eso que tanto admiró Carolina Wallace: “… fascinante (…) sentarse  en el corredor cuando cae la tarde y disfrutar la vida que se extiende a nuestros pies”.

* Carolina Wallace: Santiago de Cuba antes de la guerra, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2005.


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