domingo, 22 de abril de 2018

Mejor Díaz Canel que jugar a la Asamblea de Guáimaro




Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com

Verlo con su cabello largo, metido en jean, pulóver ajustado, siempre en la vanguardia del pueblo de Villa Clara, me hizo seguirlo en su carrera política;  era muy cercano a los jóvenes que éramos entonces. Saberlo amante de las artes, amigo de artistas e intelectuales, impulsor de lugares como el Mejunje donde los homosexuales se reunían, me hizo admirarlo más. No es cualquier dirigente en Cuba el que sabe interactuar ante lo diverso, lo escucha razonablemente y toma decisiones para ayudarlo a cambios progresistas de fondo.

Recuerdo que en la universidad hablamos acaloradamente sobre, “El socialismo y el hombre en Cuba” de Che Guevara, y el modelo de dirigente socialista que debíamos tener. Por nuestras valoraciones pasaron aquellos que hasta para orinar iban en auto y sus familiares no podían imaginar la vida sin ese medio de transporte, y un ocio programado en lugares suntuosos, que el hombre noble y altruista que construía el socialismo no podía aspirar. El dirigente que más se acercaba a nuestras representaciones del dirigente comunista, era Miguel Díaz Canel. Es la verdad, siempre lo creímos así, además de tener algo que muchos debían aprender para guiar a los seres humanos, saberlos escuchar, confrontar y tomar las mejores decisiones. Canel es de esos, siempre lo fue; de ahí nuestra admiración en aquellos tiempos.

Era de los dirigentes que iba en una forever (bicicleta china) al trabajo día por día y no era politiquería como afirman algunos. No llevaba seguridad alguna, pues como hombre de pueblo, nadie tenía interés en hacerle daño a una persona que trabajaba por el bien común.

Otra cosa admirable era que, todos los días, se levantaba oscuro y se iba a trotar para mantenerse en forma. Nunca se percibió así mismo como un hombre de guayabera y levita, sino un ser nacido de las entrañas del pueblo, hijo de padres humildes;  de ahí su vocación de servicio al prójimo.

Muchas son las anécdotas que circulan en la oralidad popular sobre esta joven figura, nacida en 1960;  algunas mal intencionadas, otras evidencian desconocimiento de su trayectoria vital. En el caso de los primeros,  buscan minar la credibilidad de la elección, argumentando todo tipo de versiones; la segunda intenta poner a su lado a otras figuras que han hecho carrera política en la Revolución en diferentes zonas vitales;  a estos últimos les recuerdo, que algunas de esas personas que mencionan  fueron formados por Díaz Canel cuando era secretario del Partido Comunista en Villa Clara, elogiada en aquellos años del Período Especial por ser la provincia más estable en el desarrollo de la isla y cantera de cuadros  para el país. De ahí salieron muchos que harían vida política después hasta llegar a cargos claves. No digo nombres, para no ser mal interpretado, pero honor a quien honor merece.

¿Qué me hubiera gustado a mí? Bueno, como hombre de pueblo que otros estuvieran nominados junto a Díaz Canel y que su probada hoja de servicios, fuera el aval suficiente para ganar los 604 votos de la Asamblea Nacional. Estoy convencido que hubiera obtenido la mayoría de los votos por amplio margen, porque creo que nadie en Cuba tiene tantos méritos como él para conducir los destinos de la isla. Es un dirigente que cuenta con la aceptación de los intelectuales, los hombres de ciencia, los artistas, los jóvenes universitarios, en fin, con la mayoría del pueblo cubano. No fue alguien nombrado a dedo como dicen algunos, sino alguien que trabajó por décadas para, llegado el momento, merecer esa elección.

El método de elección ha traído discusiones, valoraciones encontradas incluso;  pero no cabe errar y jugar a la Asamblea de Guáimaro aquí, el mundo anda fabricando guerras sucias, desarmando procesos populares, el tío Sam ha regresado con el “divide y vencerás”;  Cuba no está en una urna de cristal, de espalda a todo eso;  así que debe obrarse fino para mantener la paz y crear las condiciones  que conduzcan a un país mejor;  pero sin improvisaciones.

Qué Raúl Castro permanezca al frente del Partido por un tiempo determinado es algo estratégico; cualquier hegemonía que se respete lo haría si el mundo anda orbitando en una locura demasiado demencial; desde esa posición, tendrá que quitarle varios años a su familia y seguir atento, a todo lo que vaya sucediendo; alertar, orientar y enjuiciar cuando sea necesario. Lo mismo tendrá que hacer Díaz Canel en sus dos períodos sucesivos de gobierno (por diez años);  en sus manos estarán concentrados todos los poderes políticos y de gobierno; tendrá que construir el proceso de cambio, sin dar espacio a improvisaciones e ingenuidades. El nuevo presidente que salga electo, luego de Díaz Canel, tendrá a este último como máximo secretario del Partido por tres años y a él tendrá que subordinarse, hasta tener las condiciones óptimas que le den la concentración estratégica de poderes para asegurar la unidad de los poderes de la nación cubana.

Las hegemonías se construyen, tienen momentos de consensos, crisis, reorientación. Cuba vive un momento de cambio generacional, es algo biológico, histórico;  desconocerlo es un error;  preparar el cambio es vital;  no puede ser, reitero, una Asamblea de Guáimaro, sabiendo que primero hay que ganar la guerra y luego hacer la República;  Céspedes tuvo muy claro eso, aunque camagüeyanos ingenuos y habaneros idealistas estuvieron contra él;  en la hora actual, no cabe el “contra sí” que sabiamente analizó Joel James en un magnífico libro.

En la coyuntura de la isla: ¿quién podría llevar los destinos de la nación, gozando del consenso de todos y creando los puentes culturales de la próxima década? Con toda honestidad, pienso que Díaz Canel y ahí está su hoja de servicios. Los que no piensen como yo; están en su derecho;  mi criterio es sano, no es viral, ni busca efectismos instantáneos que llamen la atención sobre mi valoración del clima generacional que vive Cuba. Creo que se ha hecho lo correcto.

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