domingo, 15 de abril de 2018

Mi profe de historia



El profe Manolo.

Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com

Mi profesor de historia es un alcohólico incurable, pero eso no lo hace una mala persona, pues es muy servicial, siempre con esa carga de recuerdos que lo vincula a mi pasado, allá por el bachillerato en Bungo 7, casi pegado a Resbaloso, oriente adentro, en aquellas memorables becas surgidas en la década del 70 en Cuba.

A todo el que me acompaña, no importa la edad, el país, la provincia, el barrio, le cuenta de aquel alumno  que el descubrió escondido tras el pupitre, metido en su mundo guajiro, con temor a decir tres o cuatro palabras juntas, pero que leía como un demonio cualquier cosa, sobre todo libros  de historia universal y de Cuba.

Manolo Silveira es su nombre, quizás a algunos no le diga nada su identidad, tal vez a otros sí, lo cierto es que era uno de los mejores dando clases; considerado en la década de los 80 del siglo XX, entre los más capaces para enseñar cualquier tipo de historia. Tenía una bellísima mujer, se llevaban bien.

En sus ratos libres me enseñó un poco de artes marciales, quizás por eso algunos se burlaban del guajirito y me decían Bruce Lee o Chenqui; pero me sentía orgulloso siendo formado por el “Tigre”,  alias con el que sus cercanos nos gustaba llamarlo. En señal de aprobación asomaba un suki que llevaba hasta nuestras mejillas.

Perdí la memoria de los concursos de historia a nivel de escuela, municipio, provincia y nación que fui, las medallas que gané, Manolo vivía ese orgullo, por eso me luchaba pases de fin de semana en aquella beca  que yo veía que demoraba una eternidad en pasar; el trato era ir a todos los concursos y traer alguna medalla. De tan bueno que era, según Manolo, me lo empecé a creer y la vocación se formó en mí sin darme cuenta.

Un día me vi en la universidad estudiando Licenciatura en Historia y ya la cosa era muy seria. El profe Manolo es el responsable, por eso no temo abrazarlo en sus alcoholes diarios, meterme la mano en el bolsillo y regalarle cinco o diez pesos; tomarme una foto con él o sencillamente dejarlo decir aquellos recuerdos de mi paso por el bachillerato, cuando me descubrió escondido en una pose de muchacho de campo, lector enfermizo de Herodoto, Plutarco, Julio César y Gerardo Castellanos.  

1 comentario:

  1. Es otra prueba de la DESatención al hombre... Por ella estamos varados en Chile mi mujer y yo, somos un dato estadístico, no personas destacadas como somos.

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