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lunes, 14 de diciembre de 2009

Canela para un Fénix

Por Ismael Fuentes Elías (Profesor universitario)

Cuando cursaba estudios de medicina a finales de los años ochenta en la ciudad de Santiago de Cuba, en una tarde memorable, tuve la sorpresa de descubrir uno de los misterios que hacen de esta ciudad el alfa y el omega de un recorrido, me refiero a su librería Renacimiento.


Una librería situada en la conocida calle Enramada, con los grises y los pátinas del tiempo fijado, sin pretensión monumental, más bien estrecha, íntima y maternal, brindando refugio a los caminantes y curiosos, que fatigados por la luz y el calor, recorrían sus mesas y estanterías, palpando aquellos ejemplares tostados y olorosos, ese olor de resguardo que evoca antiguas realizaciones espirituales, soledades refugiadas en la tinta de una dedicatoria estacional: Para Amalia, invierno de 1936, o en las letras de editoriales argentinas, chilenas o mexicanas, ya olvidadas, o de encuadernaciones hechas con piel, testimonio de épocas en que la carne igualaba el libro al hombre, sin resentimientos de perdurabilidad, única validez de la creación, no reconocer la sustancia para que la muerte sea simultánea, sin sobrevivientes orgullosos.

Aquella tarde fue el inicio de obligadas visitas semanales, en ese tiempo me conformaba con la sorpresa del hallazgo, recuerdo que compraba los libros por los títulos, me dejaba llevar por esa magia de las letras, así me hice de los primeros libros de J.K. Huysmann, con títulos de aparente intrascendencia, que te alejaban para luego remontarte a universos insospechados, Rada, Mochila al hombro, En familia, entre otros.

Luego vinieron muchos más, de filosofía, ciencia, arte, pero sobre todo de literatura, cada semana era una fiesta, recuerdo que del dinero que podían darme mis padres siempre dejaba reservado una parte, -cuando no la mayor -, para las compras de libros.

Siempre hacia el recorrido a pie, desde la Facultad hasta el centro de la ciudad, unos cuatros kilómetros, bajo el sol y resistiendo las tentaciones de comprar algún refrigerio para la sed. Sin embargo, ésta desaparecía con tan solo entrar y con los saludos del librero, conocido por los habituales como Pepín, aquel hombre permanecía al fondo del local, revisando, tasando, siempre entre libros, con una sonrisa tímida, como en un verdadero taller renacentista.

Más tarde conocí que gracias a su gestión la librería mantenía su exquisita oferta, y a precios asequibles para todos, aún me parece estar viéndolo recargar los estantes y yo en asecho de las nuevas ganancias.

La librería fue un espacio para la amistad y los encuentros con otros lectores asiduos. No puedo dejar de mencionar al poeta Reinaldo García Blanco, debo a él muchas de las importantes lecturas realizadas en esos años, siempre se las agenció para sorprenderme. Su labor de promotor de lecturas pesa sobre muchos de los escritores e intelectuales que le visitaban, la mayoría de ellos estudiantes de letras o de medicina que por resonancias orales iban a buscar la orientación o a llevarle algún poema o narración. Todo esto bajo el auspicio de los Mirándola y de los Erasmos, que giraban como astros en órbitas de luz y color, infinita presencia del suceso épico, participación en el hecho común, cuando se avanza en un mismo cuerpo de fuerza redentora.

Hoy, 14 de diciembre -cuando el sector cultural se resuelve entre vítores y agasajos-, se cumple casi un año del cierre de esta librería como consecuencia de la indolencia burocrática de algunos ejecutores, brecha dejada para los demonios de la cultura, en asecho siempre cuando ha faltado la oración y el agua del Jordán que les cierre el paso.

No hay razones. Ni siquiera la argumentación postmoderna de la muerte del libro sobrenadando en la lengua de algunos funcionarios, que en su despiste llegaron a conocer al ratón por el mouse.

¿De qué se habla entonces cuando se dictan resoluciones para proteger el patrimonio nacional? ¿Es que acaso los libros irán a parar a los infiernillos de algunos libreros cuyos intereses están puestos no precisamente en el número de páginas? Esperemos no sea una de las tantas derivas de la que luego tengamos que recuperarnos con golpecitos en los hombros.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Juan Fajardo Vega. El último de los mambises cubanos

Juan Fajardo Vega: “Cada vez que la Patria ha estado en peligro, he dejado mis oficios y me he puesto al servicio de su defensa y cuando volvía la paz, de nuevo a mis oficios. ¡Nada de estar viviendo de la Patria!”.
Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com 

Juan Fajardo Vega, el último de los mambises cubanos, un hombre que mereció la gloria, a pesar de morir en un oscuro rincón del oriente cubano, lejos de La Habana y Santiago, las ciudades más importantes de Cuba. Había nacido el 15 de agosto de 1881, en el poblado de Contramaestre, actual provincia de Santiago de Cuba, formando parte de una familia pobre, sustentada en las labores agrícolas.

Este hombre de mirada humilde, tuvo la suerte de compartir la lucha con figuras como el general Saturnino Lora, del que confiesa: “me impresionó tanto, que aunque después pude contemplar al gran general Antonio Maceo, la imagen que guardo mejor y con más detalles es la de Lora montando aquella yegua rocín, cuando me conducen a su presencia y me enseñan como un candidato guerrero”.

Siendo apenas un niño, unos catorce o quince años, se lanza a la guerra contra España, convencido de que el único camino es la libertad y la independencia de Cuba por encima de cualquier ambición personal: “En un libro importante de Carlos Roloff, estaba anotado que yo, Juan Fajardo, con el número 20992, ingresé en la guerra con el grado rasante de soldado”.

“Lo que hicieron fue darme enseguida tareas de armero. Reparar carabinas, fusiles, escopetas. Yo en la guerra fui ayudante de armero”.

En los años de la República Neocolonial tiene vivencias que lo marcan, entre las que se cuentan la Guerrita de la Chambelona, un hecho que pasó a la historia de Cuba, como algo triste, pues cubanos deshonestos se enfrentaron con aspiraciones arribistas de ambos lados.

En La Chambelona, Fajardo Vega estuvo a favor de la libertad de Cuba, sin compromiso de partido alguno, siempre con el honor como escudo y los ideales libertarios como armas.

En las luchas desarrolladas por el Ejército Rebelde liderado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, participó como armero del III Frente Oriental. El triunfo revolucionario del primero de enero de 1959 lo sorprende con la carabina al hombro, ya no es el bisoño mambí que tuvo la desdicha de llevarse a la tumba la última imagen de Antonio Maceo vivo, es un hombre dedicado a las faenas agrícolas, un simple campesino que no escribió libros sobre la guerra como lo hicieran muchos de sus contemporáneos.

Este sencillo hombre de campo se comprometió con la causa de Fidel Castro y es de los que se vincula a las diferentes acciones que emprende la Revolución.

No dejó obra escrita que lo inmortalizara, ni ningún poeta cantó sus glorias. Como hombre anónimo salido de lo más profundo de lo cubano, su misión fue darse a los humildes con los que compartió suerte como uno más, no tuvo grandes hechos de guerra, ni se distinguió por sus hazañas militares, pero sus ojos fueron los últimos que vieron al Ejército Libertador, los últimos que vieron a Antonio Maceo vivo.

Esas razones son más que suficientes para que la Revolución entierre sus restos mortales en el Cacahual, junto al invicto general Antonio Maceo y su joven ayudante Panchito Gómez Toro.

Juan Fajardo Vega es el hombre humilde que dijo ante el tribunal de la historia:

“Cada vez que la Patria ha estado en peligro, he dejado mis oficios y me he puesto al servicio de su defensa y cuando volvía la paz, de nuevo a mis oficios. ¡Nada de estar viviendo de la Patria!”.


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