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domingo, 2 de agosto de 2020

Mi amor por un hombre

Tiene 104 años y cuatro meses de vida.

Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com

La guagua sale puntual. Deja atrás las calles del pueblo; se adentra en un mar verde donde alguien construye una industria en la vieja unidad militar. Allí fue reservista por décadas; ahora, silos elevados, instalaciones y sueños de recuperar lo que antaño era el granero de Cuba.

Una llamada telefónica prende sus alarmas. Está obligado a volver. Lo adelantan a la terminal. Aborda un camión. Llega. Entonces el dolor asoma; un brote de lágrimas libera la tensión que traía.

El único ser de su pasado tiene una falta de aire enorme; arquea, convulsiona muchas veces.  Recuerda lo que aprendió para darle oxígeno al cerebro, al corazón y lo pone en práctica. El milagro aparece antes que el médico y el oxígeno. Lo ve toser varias veces. La respiración empieza a normalizarse. Toma el camino del anoncillo y lo asalta un llanto solitario que no consigue aliviar.

Siente su llamado: -¡Hijo!, quiero decirte algo.

Ante la destartalada silla de ruedas, inclina su cabeza, habla muy alto al oído izquierdo. Asoma una voz perfumada de afectos:

- ¡Hijo!, toma la camisa a cuadros del armario.

Obedezco.

-¡Póntela!

- ¡Abuelooooooooooo!!!

- Quiero verte con ella. ¡Es tuya ahora!

Vistiendo la camisa que me regaló.
Rompo en llanto. La mejor prenda de su armario ahora es mía. Con sus 105 años y cuatro meses de vida no deja de sorprenderme. Agradezco profundamente. Lo abrazo. Una lluvia con mis besos colorea sus mejillas, su cabello, que ya no es tan gris. Sonríe y dice:

-Me pondré bien.



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