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lunes, 22 de septiembre de 2025

OJO CON LA DESCONEXIÓN POR DATOS MÓVILES (La nueva moral del poder)


Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Nunca pensé que estaría escribiendo, décadas después, un texto como este, desde la condición de "no conectado." Es increíble, e inaceptable, después de años de gestionar contenidos culturales, artísticos y de pensamiento, de la Cultura local de la que soy parte, sentirme marginado hoy de la red digital, supuestamente por una cacareada “obsolencia tecnológica.” 

Creo que está en marcha una “nueva moral”, basada en la obsolescencia de los medios que sostienen los servicios que presta ETECSA, única empresa de comunicaciones en Cuba, para justificar un retroceso a la condición de “no conectado”. ¿A quién beneficiaría un proceso así?

Según Olu Oguibe, la red funciona en varios niveles: 

"Como medio, puede ser manipulada para realizar una categoría enteramente nueva de productos y situaciones culturales."

"...como vehículo para la transmisión, distribución y evaluación crítica de esas formas y contextos culturales."

"...posibilita la comunicación y la colaboración entre artistas, así como entre artistas y otros productores de contenido fuera de la arena cultural."

"...como medio de información e intercambio de mercancías."

Como gestor de contenidos culturales, desde lo local, a partir de 2006, luché por existir en la red y conectar con usurarios interesados en los productos que compartía. Asociado a este proceso, surgió una "nueva retórica" de defensa de la red, donde los "conectados" eran los que pertenecían a esas comunidades imaginadas que surgían. Los "no conectados" eran desechados como "personas insignificantes."

Mi lucha, a partir del segundo lustro del 2000, en lo local, la enfoqué a la argumentación de sumar la mayor cantidad de personas a la condición de conectados, y alfabetizarlos en la gestión de contenidos culturales y de pensamiento crítico, dirigido a conectar con una migración local dispersa por todo el mundo. Confieso que en principio fue hermoso, pues se alcanzaron resultados notables, hasta donde fue posible, porque siempre el "ojo orwelleano" estuvo sobre nuestros pasos, e incluso fuimos adversados varias veces, hasta cuestionados por esos mismos contenidos que prestigiaban la Cultura local de la que éramos parte.

Los avances tecnológicos y la conexión llegaron pasito a pasito; primero en salas de navegación de ETECSA, en parques wiffi, en centros de trabajo priorizados, Nauta hogar, hasta la democratización total al darle acceso a la condición de conectados, a todos aquellos que pudieran comprar un móvil, una línea y pagar un servicio de conexión mediante datos, muy caro, pero que muy pronto llegó a la mayoría, para convertirse en una "conquista social."  Nacía así una moral que hacía creer a todos en nuevos cauces de libertad, desarrollo personal y comercio digital de amplia resonancia.

Lo que habíamos venido preparando, en materia de pensamiento crítico y contenidos culturales, no resistió la avalancha e intercambio de mercancías que invadió todo. Revolico antes era una página dedicada al comerció electrónico, una tienda virtual al alcance de los conectados. Al llegar la navegación por datos móviles, surgieron numerosas caricaturas de Revolico; todo el que quería tener una tienda virtual la llamó así, y le agregó un apellido territorial. A través de los revolicos se difundió de todo, hasta volverse un proceso incontrolable, anárquico.

La red de artistas e intelectuales que habíamos creado en Contramaestre, para articular un pensamiento crítico, libre, capaz de gestionar contenidos culturales y llegar a los migrantes de lo local por el mundo, le costó existir en medio de esa anarquía de revolicos, porque muy pronto las audiencias necesitadas de comprar mercancías de primera necesidad se desplazaron a ellos.

Otra nueva retórica, el "síndrome de la sospecha", comenzó a socializarse desde las instituciones, en contra de la comunidad imaginada por blogueros y activistas en redes sociales”, que habían conectado con audiencias globales, urgía destruirlas por los peligros que entrañaban para el ejercicio de la Cultura en lo local. A partir de ahí, artistas e intelectuales fueron obligados a pasar numerosos filtros, si querían existir en la red y publicar contenidos. El miedo entró en muchos, y lo que creíamos un "palenque de resistencia" se desplomó; cada cual sobrevivió en la red como pudo. La mayoría emigró a la comunidad de intercambio de mercancías y servicios; otros se fueron del país, o a otras provincias. No resistieron la presión de las instituciones políticas y de seguridad, que actuaron, sobre cada uno, por separado.   

Lo que pudiera haber ayudado a la articulación de una “moral crítica en la red”, lo que McLuhan llamó, "campo global unificado de conciencia", fue descalificado desde los grupos de presión política en lo local, asesorados por los servicios de seguridad. Todo activista, influencer, del sector intelectual, o artístico, era potencialmente visto como "enemigo", así fue, aún lo sigue siendo.  

Desde hace unos meses, la supuesta obsolescencia que sostiene la visión de "conectado", asoma como argumento para justificar la normalización del retorno a los "no conectados." Otra vez gravita sobre nosotros, los normales como dijera el poeta, el hecho de ser considerados "personas insignificantes." Lo triste es que no existe una moral crítica en la red, articulada por las mayorías como resistencia cultural, para interpelar ese recurso al que apela la hegemonía política, vital hoy para imponer su poder en momentos donde el "relato altruista" es altamente adversado por otras narrativas en la red.

De imponerse como estrategia hegemónica, el recurso a la obsolescencia para sostener la “condición de conectados”, desaparecerá el poquísimo albedrío que aún nos queda en materia de información.

Termino estas líneas en el parque wiffi de mi pueblo, Contramaestre, donde a duras penas consigo captar la 4 G. En casa, hace un tiempo razonable, es muy inestable la comunicación mediante datos móviles. En cualquier momento desaparecerá para siempre, y la gente terminará aceptándolo como algo normal, igual que los apagones. 

BIBLIOGRAFÍA 

OLU OGUIBE: La conectividad y los no conectados, en Criterios, La Habana, nº 33, 2002. 

* Imagen: El grito de los desconectados.

jueves, 21 de junio de 2012

Ingenio y choteo en Viajes de Miguel Luna


Abel Prieto, su autor, nos presenta una caracterización del personaje Miguel Luna, que por momentos genera rechazo, y otras, aceptación.
 Por Arnoldo Fernández Verdecia.arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Un buen libro engancha desde la primera oración. Con Viajes de Miguel Luna no me sucedió así, llegué a confesar, luego de leer diez o doce hojas, que no servía. “Corría o trotaba o más bien reptaba tórrida  y lentamente aquel mes de agosto”. Así abría las puertas a dos historias: la novela de formación del protagonista, Miguel Luna (“Mikimún” para sus amigos); y el relato del primer viaje de Mikimún al extranjero, a la imaginaria isla de Mulgavia en vísperas de la caída del socialismo. Mi instinto alberga dudas. ¿Valdría la pena invertir tiempo en 537 páginas?

Tenía varios textos en cola, entre ellos, La carne de René. Pero algo etéreo, quizás mi linaje espiritista,  por parte de abuelo Jesús, motivaron un haraquiri, del que luego no me arrepentiría.  

19 días de Miguel Luna, en Mulgavia, ofrecen una mirada crítica, quizás en clave, tal vez entre líneas, de lo que representa tener talento literario en una isla, que premia la mediocridad e ignora la calidad.
Viajes de Miguel Luna apela al ingenio y al choteo como fórmulas para reflexionar sobre procesos destinales asociados a un escritor cubano, y a un sistema que naufragó en sus propias heces: el Socialismo de Europa del Este.

Abel Prieto, su autor, nos presenta una caracterización del personaje Miguel Luna, que por momentos genera rechazo, y otras, aceptación. Lo describe gordito, pequeño burgués, instruido en los clásicos; pinareño; y precoz en el español y el inglés. Es el típico niño que sus colegas desprecian y recibe motes; pero también es admirado por el conocimiento que atesora y sirve para sobrevivir en el universo escolar.    

Signan el comportamiento sexual de Luna,  una adicción a la masturbación que no lo abandona hasta sus últimos momentos de vida. No tiene actitudes ante el trabajo, padece complejos con su físico, que lo hacen incapaz de atraer a alguna mujer, al menos se valora así mismo de esa forma. En fin,  es un tipo de cubano crecido en décadas anteriores al parto glorioso de 1959. Toda la complejidad de ese mundo anterior, identifican al personaje, que desarrolla la peligrosa tendencia de querer ser escritor, en una Cuba efervescente, matizada por transformaciones revolucionarias, y la imagen machista del guerrillero que baja de la Sierra Maestra,  dispuesto ha construir la sociedad nueva, instalada en el imaginario, pero sin un acabado profético.

Miguel Luna nos permite conocer las complejidades de su familia: disfuncional a partir del exilio del padre a Estados Unidos por razones económicas; había perdido sus propiedades en la Cuba castrista; una madre que entra en locura ante el viaje inesperado de su esposo; una migración forzada a La Habana por razones de vivienda; convivencia junto a tres tías beatas y un tío espiritista: “Benigno”; una realidad signada por las escasez de alimentos y la tosquedad en los procesos productivos de las industrias; un mundo donde no hay espacio para la individualidad, pues tiene una razón de ser: servir a la Patria.  En ese contexto se desarrolla la vida de Luna. Muchos sueños permanecen albergados en su cabeza, pero no le queda otra opción que estudiar para profesor de español, e irse al servicio social en la Isla de la Juventud.

El interregno que va de la universidad al adiestramiento en tierras de piratas, corsarios y tesoros, determina sus inclinaciones literarias, y sobre todo, la vocación de viajero, proceso que lo lleva a devorar literatura de viajes, ya iniciadas precozmente en edades anteriores, pero que definitivamente consolida en estos años.

Balada para Eva es la obra que lo hace famoso en la universidad, gracias a ella recibe un premio. Gana reconocimiento y admiración en el mundillo literario, incluso es recibido en un selecto grupo de escritores que se llaman así mismos: Los Tres. Con su ingreso serán: Los Cuatro. Balada para Eva es la narración en versos del proceso experimentado por el autor, al acudir a la mayor adicción de su vida: la masturbación. Gracias a las emisiones eróticas que generan los poemas, logró atraer a la mujer ideal: Eloísa Pantoja.

Miguel Luna padece el trauma de la insularidad, proceso que permite al personaje, reflexionar sobre limitaciones que sufre un ser humano rodeado de mar. Quizás por esas razones, lo persiguen fantasmas de famosos viajeros en tierras continentales: Phíleas Fogg,  Marco Polo, Gulliver, Aladino, Popeye, Simbad, Supermán... Viajar, viajar, romper las rejas simbólicas de la isla. Todas las islas son prisiones, parece leerse en el espíritu total del libro.

Las peripecias realizadas por un creador para ingresar a la “venerable Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC)”, son narradas con un toque de humor e ironía. Luna sueña ganar un premio que le abra las puertas a la benemérita institución. Sin embargo, un peligroso crítico, ensayista por más señas, ha leído su Balada para Eva, al ser publicada en la universidad, y siente una fuerte hostilidad hacia el autor, que no lo abandona nunca. Muchos malabares tiene que hacer el protagonista, entre ellos, uno muy famoso, escribir para complacer al jurado que lo evaluaría. Su amigo Heriberto Fresneda, alias El Bemba, aconseja eliminar cosas, poner otras, para poder alzarse con el galardón.

La forma en que funcionan los jurados literarios, en Cuba, son cuestionados desde la obra en formación de Miguel Luna. En realidad no interesa la calidad, sino los grupillos formados alrededor de uno u otro autor y sus poéticas, que como regla, premian, a los que siguen su obra o les son afines incondicionalmente.

Finalmente, Luna ingresa a la UNEAC y viaja. Por ironías de la historia, vive los últimos días de un país comunista, en Europa del Este, con el nombre imaginario de Mulgavia, aunque bien pudiera ser, cualquiera de los que formaran parte del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME).  La interacción con personas e instituciones, ofrecen al escritor cubano, una imagen de un país decadente, cerrado a la cultura occidental, atascado en las coordenadas del realismo socialista; pero también, las complejidades de una sociedad, al transitar hacia otro régimen,  y alojarse el capitalismo en su espacio físico y espiritual.

19 días de Miguel Luna, en Mulgavia, ofrecen una mirada crítica, quizás en clave, tal vez entre líneas, de lo que representa tener talento literario en una isla, que premia la mediocridad e ignora la calidad.  Luna tiene un alter ego, que lo hace verse como un genio que merece más y es marginado de viajes, prestigios, reconocimientos. En vida, sólo viaja a provincias, en el interior, a eventos sin etiqueta. Otros son los que reciben honores, aplausos.

Evadirse de la realidad, a través de la adicción a la bebida, es otra de los zonas desnudadas ante el lector. Asoma el estilo de vida de un escritor, con mucha fertilidad creativa, que decide anularse a sí mismo, ante la ausencia de oportunidades para crecer espiritual y materialmente.

En la distancia, Miguel Luna aprende que el odio no es fórmula para triunfar, a pesar de perseguirlo durante cuarenta años. Aprecia el valor del mundo afectivo inmediato: mujer, hijo y su único amigo (EL Bemba), aunque comprende que es un poco tarde para recuperarlo.

Su pierna gangrenosa, víctima de un vidrio adherido a la misma, durante una borrachera en Mulgavia, devora gordura, estropea la fertilidad creativa, y asiste a la mutilación de los últimos seres que aman y sienten por el socialismo. A pesar del dolor, asume la decisión de denunciar, en rueda de prensa, a su regreso a Cuba, los asesinatos masivos de que son víctimas, por parte de bombardeos del capitalismo occidental.

No podrá hacerlo. Llega a Cuba muy grave. Es internado en un hospital con un shock séptico. Tienen que amputarle la pierna. Muere el 28 de septiembre de 1989, una fecha simbólica en el calendario épico, fundación de los Comités de Defensa de la Revolución, un día antes de cumplir 41. 


Para un escritor lo más preciado es la lengua materna. Miguel renuncia a ella, vísperas de la muerte. Sus últimas palabras las dijo en mulgavo: “Mulg-hüssh, mlg-hüssh,  mulg-hüssh!”, las mismas que pronunciara una enana antes morir, víctima de  bombardeos imperialistas. ¿Cuántas lecturas pueden hacerse del citado hecho? No pidió luz como Goethe. “El barrio exageró y vino en pleno o casi en pleno al último viaje de Luna”. “Los principales dirigentes de la UNEAC  y de la Sección de Escritores no asistieron a la ceremonia… ”Lopito, el exnovio  de Eloisa Pantoja “también estuvo ahí”.

Mi haraquiri ha terminado. Diversas ideas flotan. Miguel Luna llega a los 40 sin viajar a ningún país del mundo. Tiene talento, a pesar de los defectos que caracterizan su personalidad, pero el contexto en que se desarrolla, no favorece a las individualidades creativas. Odio, alcohol, cigarros, pajas y lecturas, son antídotos ante la mediocridad que invalida. Recibe como premio, por defender lo individual ante lo colectivo, tremenda sátira, casi cercano a la muerte, e incluso en su réquiem, viajar a un país decadente y socialista de apellido.

Abel Prieto ha logrado, inteligentemente, apelando al ingenio y al choteo, construir el arquetipo del creador cubano, hijo de una revolución utópica, que hizo como Saturno. El mensaje final para los lectores: Sólo queda fantasear, desde el trozo de tierra que recibimos “socialistamente”, e imaginar que un día, alguna persona o institución, nos seleccionen para un viaje.  

Tengo 40 años anclado al fondo de la isla.


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