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Luchar significa andar con una jaba o bolso, como
también se dice por acá, a mano, para
conseguir lo indispensable para la semana en términos culinarios.
Un
pariente llegó hasta mí en su motocicleta. Luego del apretón de manos, tan
normal en los nativos, preguntó: ¿Qué haces? Respondí: “Luchando”. En un giro
inesperado reflexionó: “hemos aprendido todos los deportes, somos muy buenos;
pero el que más resultado está logrando es la lucha. Inventar el día a día
requiere de ese deporte como nunca antes en la historia de la nación”. Muy sorprendido
por su ingenio, aprecié sus razones.
Volvió
a la carga y precisó: “son muchos los premios que el cubano ha ganado en esa
lucha donde la resistencia ha primado”. Nueva sorpresa. Intenté algunos
argumentos.
Luchar
significa andar con una jaba o bolso, como también se dice por acá, a mano, para conseguir lo indispensable para la semana
en términos culinarios. Significa ahorrar lo poco y conseguir estirarlo todo el
mes.
Luchar
es un eufemismo, nada tiene que ver con ese deporte, pero el cubano lo asume
como una especie de amateurismo, en el que le va lo diario y emergente, lo desconocido
y conocido, la felicidad y la pesadilla.
Luchar
es sobrevivir las contingencias económicas y no ahogarse; o sencillamente, no esperar
el paso del tiempo sentado en una butaca.
Luchar
es no dejarse vencer ante los imposibles que coloca la vida; implica ser un
buen pez, tanto en lo dulce, como en lo salado. Nunca salmón. Siempre
calibrando el aire e inclinando las decisiones según las fuerzas.
Mi
pariente se despidió. Su hijo, en un arranque afortunado, dijo: “Lucha tu yuca
primo. El que no lucha, muere”. La risa acudió. Jorge Mañach, desde una luneta
universitaria, aplaudía aquella conversación, de la que había sido testigo, a
través de sus espejuelos inteligentes para captar lo cubano.
