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Mi Abuelo junto a mi Padre. |
Hoy 4 de septiembre de 2014, es el cumpleaños de mi padre, llega a 69, celebraría como todos los años lo hacíamos, pero circunstancias muy personales, relacionadas con el amor de su vida, no permiten una fiesta. Pero no pasará por alto, todos los que lo amamos, brindaremos en la copa del amor sus 69. Guayabita del pinar es el regalo, junto a una caldosa cubana, arroz congrí y fricasé de puerco. Su vieja lo quiere así, a pesar de saberse muy enferma. Mi Caracol de agua, comparte este post (escrito el 18 de junio de 2011) dedicado a mi padre, para mí, el mejor del mundo, un hombre bueno, noble, siempre pensando en hacer el bien…..para todos los que me aprecian:
EL MEJOR PADRE DEL MUNDO
Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeagua@cultstgo.cult.cu
De niño esperaba el chiflido sobre la montaña para celebrar el Día de los Padres y corría a alcanzarte. Siempre traías dulces, juguetes; papá del mundo, de todos, el mejor para mí. Hasta decía a mis amigos de aula que eras maestro y el orgullo lo colocaba sobre mi cabeza como una corona de laureles.
Te recuerdo en el Día de los Padres con aquel sombrero negro, una especie de mago con aquella camisa a cuadros y la colonia que tanto me gustara cuando te abrazaba y te decía “Mi papá lindo”, y me extasiara en aquel olor tan familiar. Me dabas un gran beso y en mi inocencia creía que eras el mejor padre del mundo.
Cuando algo estaba mal me hacías los cuentos de aquel niño fantástico llamado Chopin que vivía en Palma Soriano, según tú, un hijo que tenías por allá y me podía robar el enorme cariño que me dabas, ese día lloraba y te pedía disculpas por mis errores. Chopin nunca existió, fue una fábula que inventaste para darme argumentos y rectificar mis errores.
Gracias a tus libros llegué a imaginar París una ciudad de caramelos, nostalgias asomadas al Sena, muchas casas de poetas, parques llenos de farolas, siempre creí los juguetes los traías de allá, esa noche caminaba el Arco de Triunfo, la Torre Eiffel, el Campo de Marte. Una mañana de 1992 regresaste, extrañas noticias decía el periódico, todos los días a la misma hora llegabas arrugado de cansancio, muchas veces imaginé París pero los juguetes nunca regresaron.
Con el tiempo comprendí que de mi vida eras todos los horcones, pues si mi barco hacia agua, ahí estabas para arrastrarme a puerto seguro y poner una brújula en mis manos y hacer como los versos del poeta: “dejar una promesa y seguir”.
Llegué a la universidad porque realmente la gané a golpe de batalla, nunca nadie me regaló nada, ni negocié los principios en los que me educaste; crecí limpio como un nardo, y eso me ganó enemigos que me enseñaste a olvidar leyendo aquellos pasajes de "El hombre mediocre": “Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección, y rebelde a la mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un ideal. Es ascua sagrada, capaz de templarte para grandes acciones. Custódiala, si la dejas apagar no reenciende jamás y si ella muere en ti, quedas inerte: fría bazofia humana. Sólo vives por esa partícula de ensueño que te sobrepone a lo real. Ella es el lis de tu blasón, el penacho de tu temperamento”.
Hoy te obsequio una flor cortada en nuestro jardín del bien. No olvido el ideal, nuestro ideal, no es una fórmula muerta, sino una hipótesis perfectible; para que sirva debe ser concebido así, actuante en función de la vida que incesantemente deviene y coloca trampas a la generosidad.. Debemos sobreponernos, seguir adelante, proa a una estrella, con la paloma en el alma y los ojos de Martí en el corazón. Felicidades padre, mi padre, para mí, el mejor del mundo.