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Algún
ruido cerca, abría la ventana y Mariposa resoplaba. No me han llevado, parecía
decir.
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Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu
Mi
Abuelo tenía muchas vacas y una yunta de toros dedicada al trabajo agrario. Mariposa,
Estrella, Maquinaria, Pajarito, Candela, y Rosado fueron familiares en nuestro
mundo. Nunca faltó la leche en casa.
Oscuro,
Abuelo ordeñaba. Iba con mi jarro y un cuartito de café y pedía llenara directo de la ubre. Decían que
el guajiro, al ingerirla, crecía sano.
La tomé muchas veces, quizás por eso conservo mi dentadura.
Con
el Período Especial, 1991-1992, la vida cambió. El sacrificio de ganado cobró excesivas
víctimas. Vimos desaparecer a
Maquinaria, Estrella, Pajarito y no aparecían los ladrones.
Abuelo,
cansado de luchar, vendió la yunta y las vacas;
dejó una para la familia. Cuando paría, cuidaba al ternero hasta llegar a novillo; luego lo vendía, a la
pesa, muy barato. No era buen negocio, decía, pero qué otra cosa podía hacer.
Nunca
en casa se compró leche, pues teníamos sospecha de que estaba aguada, y la
etiqueta de industrial no funcionaba para el campo. La Vieja vivió 96 años. Murió tomando un vaso en la mañana,
durante el almuerzo y en la comida.
Para
proteger a su amada vaca, de los ladrones, Abuelo tenía una corraleta pegada al
cuarto. No tenerla implicaba ser multado por los inspectores de pecuario. Algún
ruido cerca, abría la ventana y Mariposa resoplaba. No me han llevado, parecía
decir.
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| La vista
se fue nublando; sintió como sacaban al crío. Luego perdió patas, rabo, cuero,
cabeza. Las mejores carnes, a unos sacos de yute. |
Una
noche, extraños hombres invadieron el patio, lograron abrir las ventanas y
esparcir un somnífero. Mariposa resopló muchas veces. Bramó asustada. Cargaba
un hijuelo en el vientre, pero su dueño no despertó. La llevaron hasta una
manga, cerca de la casa que tanto amara. Recibió un largo cuchillo. Sus ojos
lloraron. Creía ver al amo rodeado de hijos que llegaban a protegerla. La vista
se fue nublando; sintió como sacaban al crío. Luego perdió patas, rabo, cuero,
cabeza. Las mejores carnes, a unos sacos de yute. Atrás, la memoria de una vaca
buena que daba sólo leche a dos viejecillos adorables.