martes, 12 de septiembre de 2017

EDUARD ENCINA: su último ensayo antes de la muerte

Eduard Encina comunicando su ensayo: La poesía: poder invisible de la realidad. Fot. Fabricio Estrada, editor de Bitácora del Párvulo.

La poesía: poder invisible de la realidad 

Por Eduard Encina.
         
   
"¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos?...
               La razón no triunfa sin la poesía".
                                             José Martí

No es la improvisación constante la que mueve los hilos de una sociedad. Una mirada simple pudiera develar los dominios que condicionan las aspiraciones y la movilidad de la gente, y cuando digo movilidad, refiero interacción entre grupos y sectores, necesidades e intereses, pero también agitación hacia el interior de nosotros mismos, la posibilidad de generar las ideas que nos empujan a fundar la vida y arriesgarla por una causa.
Siempre habrá un ejercicio de poder intentando legitimar la justeza de su modelo de dominación y para ello no escatimará en utilizar las más inusitadas tácticas, pues la sociedad ha de tener la falsa percepción de que se mueve por sí misma, la buena política parece ser construida por todos: el mejor poder es invisible.
El uso de la palabra conecta y atiza una extraña relación de poder entre política & literatura. La primera se afana en articular resortes ideológicos, siempre desde un discurso parcializador y homogenizante y la segunda desde la conformación de una sensibilidad cuestionadora y de resistencia. En este sentido, la porfía no se concentra en si leemos más o leemos menos, “si se consume más o se consume menos”, sino en el orden cualitativo “qué se lee y qué se consume”, he ahí el por qué los que ostentan el poder siempre pretenden controlar y dominar las cuestiones más “actuales” en el ámbito de la expresión literaria.
Colombia no ha estado ajena a estos procesos. Acudir al “olvido” es una práctica permanente del poder para suprimir la memoria de los pueblos y plantar campos de silencio que poco a poco se convierten en impotencia, desidia y falta de compromiso con la historia. Tal vez era Bukowski quien aconsejaba "vigilar el ruido del corazón”, más ello necesita esa sensibilidad bien entrenada para, en medio de la violencia, comprender los paisajes y matices de la realidad. Ante ese peligro no están solamente los supuestos “consumidores” distraídos, alejados de los libros y las maniobras encubiertas, también encuentra sitio la desmemoria en muchos intelectuales, que prefieren flotar y adaptarse cómodamente a los contextos en que viven, antes que forcejear, disentir y convertirse en resistencia.
Si bien es cierto que la escritura es un acto solitario, en el que opera un supuesto “aislamiento” de lo otro, en realidad lo que sucede es, que el poeta ha cargado su cruz y se “aparta” para alcanzar por medio de la poesía la resurrección, la sensibilidad futura, aquella que como la belleza en Carlyle se presiente antes de tener de ella cabal conocimiento. Está en la escritura la ruina definitiva del tiempo, anulado o reinventado por la posibilidad. Un lector puede re-descubrir y re-crear su lugar en la historia en tanto acceda a esa capacidad de transitar de la mera contemplación y disfrute, a la producción de conocimiento y luego en la construcción de una conciencia colectiva.
Escribir es un acto de poder, tal vez por ello muchos intentan anular los nervios individuales y así controlar mejor la sociedad zombi que camina hacia el desfiladero, sin un estruendo, sin un lenguaje que la despierte y asuma una actitud desacralizante, capaz de enunciar y trascender la realidad, demoliendo normativas y valores impuestos por determinado grupo hegemónico.
La experiencia con la poesía no es necesariamente racional, desde ella se operan cambios, estímulos que nos enriquecen y hacen mejores, aún volviéndose a veces inteligibles, sentimos que algo en nosotros ha cambiado, y es más importante sentirlo que explicarlo. El disfrute de un buen poema no posibilita que una realidad determinada se transforme, pero una buena lectura (Harold Bloom de por medio) ayuda a prepararnos para el cambio. ¿Es posible un estado de paz, sin haber creado antes un “estado de sensibilidad”? En eso la poesía actúa, regenera, cataliza, es capaz de juntar un espíritu, una especie de lenguaje babélico donde confluya la diferencia y el entendimiento.
En medio de un conflicto armado como el que ha tenido Colombia, todavía arden escollos que no pueden superarse sin antes reconocer que una conciliación política va más allá del cese de la pólvora y la sangre, tiene que ser desde el fondo la asunción de un nuevo pensamiento, que como la poesía, se mueva en lo invisible, pero termine convirtiéndose en una actitud ante la realidad.
Vivir hoy en una sociedad que constantemente reproduce las más disímiles formas de hegemonía simbólica, exige convertirse en un adiestrado lector de tales productos, para no terminar convertidos en adictos consumidores de cultura chatarra y modelos de vida ajenos al contexto y las urgencias del día a día. De pronto la poesía podría parecer el dinosaurio de Monterroso o el cisne salvaje de Luís Rogelio Nogueras, una visión ridícula, absurda, y no la aspiración de salvar un sueño, pues de nada sirve la gran poesía, si se quedase en los límites de lo estético y no se proyectara a fundar ciudadanos actuantes, responsables en su interacción social, seres críticos donde se producen profundas transformaciones hacia la comprensión de sí mismos y del mundo.
Mantener energizada la creación poética es una de las formas más eficientes para contrarrestar cualquier gesto totalizador. Todo pueblo necesita voces que concentren sus aspiraciones y se vuelvan reacción ante la apariencia de normalidad en que a veces intentan sumirlo. Hay en la literatura un sacudimiento, fuerzas telúricas que actúan sobre la conciencia de los hombres y despiertan conductas, nociones de verdad, paz y diversidad.
En medio del conflicto civil colombiano, fue necesario percibir el uso desafortunado de la violencia como única alternativa para “dialogar” entre las partes afectadas. Hoy, la poesía ha de confrontar esa violencia clarificando el corazón de los hombres, al añadirle a través de la palabra, fe y entendimiento.
No en vano un poeta como Juan Manuel Roca, en su poema BIBLIA PAUPERUM, se acerca a zonas angustiosas de su país, no como queja, más bien vuelto conciencia de los derrumbes espirituales que lo rodean y de la necesidad de encontrar nuevos lenguajes, capaces de vencer las raíces de amargura y asumir un nuevo tiempo imaginado, pero no imposible:
Crecen como flores venenosas las esquirlas
Del rencor en un país de lunas erizadas
Y soles que entibian los huesos de los muertos.
En ciudades asediadas por sí mismas
Entro a la estación de los amigos,
A la música y al coro, al mismo tiempo.
Los amigos, una cuota de cielo,
Flores que no son de temporada.
En la patria del rencor
Es como tener el oro del silencio.
Así como fue creado el mundo por la palabra, también la palabra puede consolidar la paz, no destruyendo el horror del pasado, sino impulsando la memoria futura, como sugería la Reina Blanca de “Alicia en el país de las maravillas”, “es muy pobre la memoria que sólo funciona hacia atrás”, hay que cambiar de actitud como ejercicio probatorio de que la historia no actúa, sin ser precedida por un espíritu sinérgico que prepara la mística y el impulso.
Esa es la zona que se ha de alimentar, intentando los nuevos nacimientos de la mente, asumiendo la poesía (poiesis) como un poder invisible que nos empuja (más o menos conscientes) hacia el ejercicio del perdón y la reconciliación. Únicamente así pudiera hacerse realidad aquella idea martiana tamizada por la lucidez de la escritora Fina García Marruz revelándonos que “la poesía quizás sea la moral venidera”.

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