lunes, 2 de octubre de 2017

Hemos perdido la capacidad de reverenciar la Bandera cubana




Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com  

Con asombro al venir para el trabajo vi a dos personas izar la Bandera cubana sin ritualidad alguna. Sencillamente la trasladaron como una cosa insignificante. Luego la amarraron a la driza, acto seguido la izaron y punto final. Era un círculo infantil. El dolor del momento me hizo recordar a mis viejos maestros de primaria, la devoción inculcada en nosotros. Era una pasión izar la Bandera de la estrella solitaria. Lo hacíamos personalmente una vez a la semana:  dos niñas y un niño.  Se ensayaba cómo doblarla; el protocolo de llevarla a su destino final;  cómo se bajaba del asta en la tarde, siempre a una misma hora; el lugar sagrado donde se conservaría hasta el otro día;  quién era el responsable  de su lavado en el mes. A la señal de atención y al conteo para su recorrido hasta la plaza de formación, todos nos poníamos en atención. Cuando ya estaba lista, una voz de mando decía firme con voz solemne e iniciaba ese momento, donde nos sentíamos orgullosos de nuestra Bandera, la que nunca ha sido mercenaria, la que sangre cubana lavó en la manigua insurrecta, la de los poetas José María Heredia y Bonifacio Byrne. Hay que reverenciar a los viejos maestros, pues tenían una educación cívica esencial, sabían comunicarla a sus alumnos. No logro explicarme hoy tanto olvido, tanta afrenta. ¿Qué valoración merece un país que ha perdido algo tan esencial como el amor a su Bandera? ¿Qué pensar de las instituciones del Estado que la izan día por día e ignoran los significados culturales y simbólicos de ese momento? ¿Por qué no actualizar ese hecho  valiéndose de los adelantos de las nuevas tecnologías? Tal vez va siendo hora de actualizar sus prohibiciones y contextualizarlas en los nuevos tiempos. Creo que debemos acostumbrar a niños y jóvenes a traer la bandera en medios portátiles, insignias; tener capacidad  para ubicarla en el nuevo contexto y  que siga comunicando ese orgullo de ser cubano, es el reto de las generaciones mayores; no con obligaciones, amenazas de las organizaciones de masas, políticas; sino con inteligencia, sentido del momento histórico. Los símbolos dejan de comunicar significados, cuando los hombres pierden la capacidad de reverenciarlos. Toca a los cubanos sinceros, los de corazón, darle alma a la Bandera; porque un día viene cualquiera e iza otra en el  Morro de La Habana y nadie notará el cambio. Izarla no debe ser un acto de patrioterismo estéril para complacer a políticos menores interesados en verla ondear a la vista pública, DEBE SER UN SENTIMIENTO PROFUNDO DE LA CUBANÍA MÁS GENUINA.  

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