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sábado, 14 de abril de 2018

Mi velorio y la sociedad civil




Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com 

La librería del pueblo repleta de personas, organizaciones no gubernamentales; dentro, un ataúd, flores, cojines, coronas por doquier; no hay sitio ni para estar de pie. Corresponsales allí hasta de Tele Sur,  Cubavisión  Internacional, Tele Turquino, emisoras de radio, periódicos. Libros y revistas publicados por el fallecido pueden verse en una vitrina cuidadosamente ordenada. Sobre una mesa amplia, diplomas, premios, distinciones. La  Bandera Cubana cubre el féretro.  Las tazas de café van a uno y otro lado, muchos labios toman sorbos  seguidos; se habla de buena literatura, blogs, redes sociales, radio y televisión on line. Algunas mujeres improvisan gritos, al parecer sienten profundamente la partida de aquel hombre, martiano confeso y aferrado a una idea del bien, algo obsoleta en un mundo donde la gente se mide, no por lo que sabe, sino por lo que tiene o lo que ha viajado.  Un periodista detiene a Pedrito, pregunta sobre la hoja de vida del fallecido.  Destacado dirigente se acerca y le dice: “Nadie como usted para despedir el duelo”. Pedrito Verdecia despierta asustado;  el corazón salta;  el sudor anula su albedrío. Ha muerto el profe, dice a su mujer, o le ha pasado algo muy malo. Acabo de soñarlo. Le cuenta  todo. No dejes de llamarlo, dice ella, es salud para él. Así lo hace y sus palabras me llegan asustadas, siente alivio al oír mi voz. Me pregunta si estoy bien de salud; le respondo que sí. Profe, anoche lo vi en un sueño muertecito, había mucha luz, flores, libros, personas amigas;  me cuenta los detalles; algo dentro de mi espíritu despierta, asoman lágrimas de emoción. Pedrito Verdecia, uno de esos alumnos que no veía hace unos años, me ha soñado inquilino del Hades. Dios quiera y sólo sea un mal sueño.  

lunes, 16 de diciembre de 2013

Ha muerto gallo padre en Cuba

 
Ha muerto mi Gallo, aquí en Cuba, el padrazo que compré con dinero fuerte para asegurar buena descendencia.
Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Ha muerto mi Gallo aquí en Cuba, el padrazo que compré con dinero fuerte para hacer un patio con buena descendencia. Previamente había soñado que algo malo iba a suceder, un escalofrío estaba instalado en mi estómago, en clara señal de oscuros augurios.

Una noche antes había visto Atila, la muerte bárbara que tuvo en plena expansión de su liderazgo. Me sucedió lo mismo con La fiesta del chivo, pues en la madrugada de hoy supe cómo fue asesinado (el chivo es el alias del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo Molina).

La sensación de vacío no se iba; cuando echaba comida a los pekineses, mi mujer me llamó alarmada, mi Gallo, el padrazo, yacía de espaldas sobre el suelo. Las gallinas cacareaban asustadas. Corrí  a su reino, pero ya no había nada que hacer; un infarto masivo terminaba su vida. Cargué su cuerpo, y al compás del canto fúnebre  de las aves, lo llevé hasta la mesa donde haríamos la necropsia, para saber definitivamente las causas de su deceso.

Curiosamente, dos días antes, había visto Che, cuerpo y leyenda. Extraño, me dije, en todos los casos, gallos de estirpe gloriosa con muertes violentas.

Ha muerto mi Gallo, el padrazo que compré con dinero fuerte para asegurar buena descendencia. Llenaba su buche de granos de maíz, cantaba bonito y estaba en plena expansión de su reino; pero la muerte no creé en líderes, ni guerreros.
La muerte no creé en líderes, ni guerreros.
Mi gallo, el padrazo se ha ido. Hades lo llevó a sus dominios; compartió la misma suerte de otros gallos gloriosos de la historia, que una vez cantaron e hicieron soñar a las gallinas.


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