Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeagua@cultstgo.cult.cu
Crecí bajo la impronta del Fidelismo. El fervor revolucionario nos hacía pensar que todas las soluciones pasaban por las manos del líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, quizás por eso mi Abuelo siempre ha dicho que cada cubano tiene un Fidel adentro. Nadie, -ni afuera-, puede escapar a ese magnetismo, incluso sabiendo que el Líder no está al timón del sistema insular.
Sin embargo, algunas dudas me preocupan como cubano de a pie. ¿Qué es el Fidelismo? ¿Es una concepción del mundo, que tiene conceptos definidos, leyes científicas determinadas? ¿Es un hábito de pensamiento incorporado a la toma de decisiones en la vida real? ¿Es acaso una pasión por el Líder que raya en el fanatismo?
En el café de la ciudad donde vivo, aquí en Cuba, conversamos sobre estas interrogantes y con preocupación pensamos en las nuevas generaciones que no crecieron junto al Líder y no apreciaron la anchura de su acción y pensamiento revolucionario. Analizado así, el Fidelismo pertenece a un momento de la Historia de Cuba, y de seguir la desmemoria, terminarán imponiéndose construcciones mediáticas dirigidas a vaciar de significantes la personalidad de este revolucionario del siglo XX.
Los tiempos son cada vez más cavernarios, el capitalismo revuelto y brutal es más poderoso que nunca. El Socialismo, luego de su órbita errante por la Época Contemporánea, termina abruptamente con la caída del Muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética; a partir de ahí se habló del fin de las ideologías y los grandes meta-relatos colectivos, que hasta ese tiempo parecían inamovibles. El Socialismo perdió credibilidad ante los ojos del mundo. En todo ese contexto, Fidel Castro capitaneó el Socialismo cubano y el barco no hizo agua, aunque fue cruelmente atacado por todos lados. Tormentas y probables naufragios asecharon el recorrido, pero el Líder los sorteó con sus habilidades políticas y, cuando todos esperaban la caída de la Revolución Cubana, la nave pareció tener un horizonte a la vista.
La enfermedad del Líder lo obligó a apartarse de sus labores, entonces el pueblo sintió la necesidad de otros significantes que fueran construidos por el nuevo Presidente. La sociología política aconsejaba gobernar sobre la base del liderazgo carismático de Fidel Castro y afianzar el Fidelismo, al extremo de convertirlo en una doctrina, mejor, en un sistema de pensamiento social, sólidamente fundamentado, que sirviera al cubano de referencia simbólica para enfrentar los desafíos de una sociedad cercada por el Capitalismo. Pero a Fidel Castro sólo se le recuerda en momentos vinculados con fechas germinales de la Revolución y no ha surgido, digamos, un instituto de estudios de sus ideas políticas y sociales. Hasta donde sé, sus memorias no sabemos si el propio Fidel Castro las ha escrito, o alguien cercano se ha encargado de hacerlo bajo su guía. Algunas veces creímos que el fallecido Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez sorprendería con una obra literaria sobre el Líder, pero todo parece indicar que el Gabo se fue a la tumba y no dejó nada.
Si queremos un Fidelismo en el que la gente crea, debemos comenzar por construirlo a partir de su personalidad y obra, no esperar a que muera para entonces convertirlo en Héroe inalcanzable. Creo, y es normal en cualquier sociedad tercermundista hacerlo, gobernar con arreglo a un liderazgo carismático. Fidel Castro logró, gracias a sus conocimientos y habilidades, ser sobredimensionado por su pueblo al extremo de idealizarlo como dirigente. No logro explicarme entonces: ¿Por qué el Fidelismo parece algo del pasado y aprecio que las nuevas generaciones, aquí en Cuba, están muy lejos de comprender las dimensiones continentales y globales de su estatura política en el siglo XX? El futuro, los futuros parecen darle la razón a los descreídos, tal vez preferirán llamarse cubanos y el Fidelismo sea una asignatura pendiente del pasado.
