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jueves, 10 de marzo de 2022

LOS CUBANOS EN FACEBOOK PIDEN VER A OMAR EN LA TELEVISIÓN NACIONAL

Por Arnoldo Fernández Verdecia

Cuba entera sigue a través de la red social Facebook la peregrinación de Omar, el de la promesa inquebrantable a la Virgen de la Caridad.  Los recibimientos en cada poblado han sido multitudinarios.  La gente reclama, desde su barrio virtual, que la Televisión Cubana transmita en vivo su entrada al Santuario del Cobre. 

Sin embargo, existe un silencio en la imagen nacional que difunden los informativos. El Noticiero Estelar de la noche nunca ha dedicado un titular al trayecto, ni siquiera una crónica de relleno. Algunos medios, muy contados, de occidente, centro y el oriente del país en sus páginas web, compartieron su narrativa del hecho. 

En pueblos de provincias, donde casi nunca ocurren noticias, la radio y las corresponsalías acompañaron ese silencio digital y analógico, prefirieron dar la espalda a la cobertura del trayecto y enfocarse en la propaganda de los valores positivos del nuevo Código de la Familia.

La hegemonía mediática recibió órdenes puntuales de no transmitir el acontecimiento; pero en la medida que Omar se acerca al Cobre, la indicación parece relajarse; hay que capitalizar todo el simbolismo del hecho, no permitir otras narrativas que ganen mayor visibilidad.

Omar se ha convertido en válvula para restarle presión a una olla que parecía estallar, pasado el 11 de julio de 2021. Por eso la reacción ha sido intensa. Las personas espontáneamente se lanzan en masa a manifestarle su apoyo a la causa que lo lleva al Cobre; recorren los límites geográficos de los poblados y lo entregan en cada lugar, como algo sagrado, necesitado de protección y cuidado.   

La multitud adora a este hombre, devenido símbolo de fe, resistencia; en un tiempo donde creer cuesta y los hijos emigran a cualquier lugar del mundo donde puedan vivir económicamente mejor y con alguna noción de futuro más creíble. 

Omar no pide nada, pero el pueblo dona miles de pesos a esa fe que lo inspira y él, en gesto de total desprendimiento, va devolviendo ese dinero a los más necesitados por los poblados donde pasa, lo mismo a un inválido, un enfermo de cáncer, un ciego, cualquiera que merezca su ayuda dadivosa. 

Viste el color de la Virgen de la Caridad, está ungido de su fe; cree en el milagro de la vida, su hijo ha sobrevivido 10 años a un diagnóstico terminal, nada más y nada menos que un tumor en el mediastino; después de operado no ha hecho metástasis, es un milagro y Omar siente cada vez más cercano el momento de encuentro, sanación, diálogo con la Patrona de Cuba, en un país donde el catolicismo ha escrito brillantes páginas en la fragua de la identidad nacional. 

Buena Fe expresó su voluntad de esperarlo en el Cobre y cantar, unido a él, Valientes, ante de postrarse a los pies de la Virgen. Algunos creen que debían acompañarlo allí, iconos de la música cubana que le han cantado a la Patrona; otros creen que no debiera convertirse en espectáculo algo tan serio como una promesa; lo cierto es que los criterios están divididos; el espíritu del país polarizado en torno al final de un hecho que ha conmovido a los cubanos desde el primer mes del año.    

La Televisión Nacional aún no decide si transmitirá la entrada de Omar al Santuario del Cobre y el momento de cumplir su promesa. El pueblo a través de Facebook lo pide en masa, son muchos los grupos allí que se hacen eco del reclamo popular. 

Omar Quintero Montes de Oca está a unos pocos kilómetros de lo que parecía imposible para un hombre de 56 años, adicto al cigarro y con una hernia discal en su cuerpo. 

La Televisión Nacional espera una llamada del nivel central, una voz que autorice la transmisión. En la vida real, millones de cubanos, celulares en mano, se toman videos y fotos con Omar; construyen la noticia en Facebook que los medios de prensa, en su resistencia secular, se niegan a transmitir.

miércoles, 18 de marzo de 2020

El amor en los tiempos del coronavirus

Como pueblo, tenemos un destino común y un deber: el de ayudarnos en el infortunio.

Por Arian Pérez (Tomado del grupo en Facebook Contramaestrenses por el mundo)

Hermanas y hermanos que viven en Cuba: nosotros no los odiamos. Es más, la inmensa mayoría de los cubanos que residimos en otros países, amamos profundamente a los cubanos que viven en nuestra tierra. Con frecuencia, me llegan mensajes de compatriotas de la Isla que me preguntan el porqué del rencor de los que se fueron contra los que se quedaron. Esta interrogante está sustentada, en parte, por lo que ven en la Internet. Mucho de lo que se publica en las redes sociales está saturado de resentimiento y crueldad hacia nuestra gente. Pero no es así. Los cubanos que residimos en el exterior, amamos y no olvidamos a los familiares, amigos y vecinos que viven en nuestra tierra. Esta relación trasciende las ideologías.

Pero entiendo la razón por la que tantos me hacen la misma pregunta. Hay una parte reducida de la comunidad cubana en el exterior, que exacerba el odio y promueve medidas punitivas contra nuestro pueblo. Este grupo de hermanos, buscan acrecentar el dolor de la familia cubana dentro y fuera de Cuba. Aunque reducidos en número, ellos son cómplices de las crueles restricciones implementadas por el gobierno de Estados Unidos que penalizan a cubanos de aquí y de allá.

Ellos idearon y apoyaron la cancelación de los viajes de aerolíneas norteamericanas a los aeropuertos del interior de la Isla. Abogaron públicamente porque se prohibieran los envíos de remesas desde terceros países a Cuba. Lo expresan a voz en cuello; no solo se oponen a los contactos familiares entre las dos orillas, sino que exigen que el hijo que emigró, deje de ayudar a la madre anciana que se quedó en la Isla. Algunos incluso hablan de bloqueo naval y hasta de invasión. Ante esta realidad, es lógico que muchos de los cubanos dentro de Cuba tengan la percepción de que sus compatriotas de afuera desean el holocausto del pueblo cubano.

Ahora mismo, confrontados a la pandemia mundial que sufre el planeta, varias de esas personas han expresado públicamente su deseo de que el coronavirus arrase con la tierra que los vio nacer. Es doloroso ver cómo lo dicen en público, en las redes sociales, jubilosas y burlonas ante la desgracia ajena. Tomando como justificación la contención del virus, se oyen voces que incluso abogan por la cancelación total de los vuelos entre Cuba y los Estados Unidos. Irónicamente, naciones como Brasil, México, República Dominicana y otras, han reportado ya decenas de casos de la epidemia. Sin embargo, nadie pide que se cierren los vuelos a esos países, ¡pero se exige la liquidación de los viajes entre Miami y la Habana! No han podido truncar totalmente los lazos entre la familia cubana de aquí y de allá y manipulan ahora el miedo a la epidemia para lograr sus objetivos.

Compatriotas de Cuba, por cada hermano confundido o enfermo de rencor, hay miles que creemos en el amor. Amamos al país adoptivo que un día nos recibió con los brazos abiertos, pero también amamos a la tierra maternal que nos dio la vida. En vez de medidas punitivas que recrudezcan el sufrimiento, abogamos por la cooperación entre nuestras naciones. No queremos muros que nos separen sino puentes que nos unan.

En cuanto a nosotros; no somos una jauría de lobos. Como pueblo, tenemos un destino común y un deber: el de ayudarnos en el infortunio. Pero incluso, si el odio nos robara la ternura y nos convirtiera en jauría, aún así, haríamos lo que fuera por salvar a nuestros cachorros, que son los niños cubanos de quienes somos nosotros los responsables.

Y si en el peor de los casos, nos azotara una epidemia de olvido, si termináramos todos desmemoriados —los de acá y los de allá— huérfanos de humanidad y transformados en lobos, incluso entonces, un instinto ancestral de Patria y amor subiría desde nuestros corazones para recordarnos lo inolvidable: ¡que somos miembros de la misma manada!

domingo, 25 de agosto de 2019

Caracol reyoyo e internacional


Por José Miguel Garofalo Fernández (Escritor y amigo)

LO ACTUAL ES QUE EL BLOG CARACOL DE AGUA HOY CUMPLE SUS PRIMEROS DIEZ AÑOS Y ANDA DE REGOCIJO MI QUERIDO AMIGO, INTELECTUAL, HONRADO Y VALIENTE, CUBANO REYOYO PERO INTERNACIONAL, ARNOLDO FERNÁNDEZ, IRRADIANDO AMOR DESDE SU CONTRAMAESTRE, PERO QUE SU LUZ ALCANZA HASTA EL ULTIMO RINCÓN DE CUBANOS EN LA ISLA Y EN LA DIÁSPORA, QUE EN UN FINAL, CUBANOS SOMOS LOS QUE NACIMOS ALLÁ Y LOS AMIGOS QUE AMAN NUESTRA ISLA EN TODO EL MUNDO!

lunes, 30 de julio de 2018

Cuando los sueños unen (making of de la verdadera ruta funeraria de José Martí)


Donde comienza la verdadera Ruta Funeraria.

Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com 

Cuando los sueños unen,  no importan las diferencias. Qué malo fuera si estuviéramos de acuerdo en todo. Con esa energía a cuestas nos fuimos un día  a salvar la memoria de uno de los trayectos más olvidados de la Historia de Cuba, “la verdadera Ruta funeraria de Martí Apóstol”, esa que inicia en Dos Ríos y pasa por el Jobo de Martí, Remanganaguas, Los Pasos, el Anoncillo Macho de Juan Varón, y la guásima y la palma real de la Aduana, saliendo por Tamarindo.

Contramaestre tiene muchos kilómetros de la Ruta Martiana y es un honor visibilizarla, sin esos afeites ideológicos que  muchas veces niegan el valor de la historia. Desde Dos Ríos hasta la Aduana somos dueños de un patrimonio de un valor histórico enorme.

Para filmar esa verdad, en los predios de Contramaestre, mucha gente colaboró, desde las autoridades del gobierno, el Partido, hasta las personas que cuidan celosamente el pasado que los une a lugares vinculados con el recorrido del Martí cadáver. Hubo que tomar muchas tazas de café, cenar espléndidos almuerzos, incluso algunos tragos de ron, pero fue tanta la solidaridad de las familias con mi colega Roque y conmigo, que uno cree todavía que el alma cubana, como diría Martí, está en los campos.

Fuimos, sobre todas las cosas, muy humildes; nunca llegamos a una casa con la verdad en la mano, supimos negociar historias y la gente nos vio como cercanos; por eso nada quedó escondido, mucha historia con dolor asomó en cada relato de los octogenarios y los que andan ya cerca de los cien.
 
Nunca en nuestras vidas habíamos visto el Anoncillo de Juan Varón, creo que la mayoría de los once millones de la isla tampoco;  saberlo regio ante los huracanes, la lluvia, el tiempo, nos hizo respetarlo más; aunque tememos a las  manos inescrupulosas, ignorantes, que un día puedan tomar un hacha y derribarlo, porque nada dice que bajo esa sombra descansó el cadáver de José Martí el 25 de mayo de 1895.

En el Jobo quieren tumbar el nuevo árbol porque está enfermo, sembrar otro, así hicieron con el histórico, alguien decretó su muerte, porque una plaga comía su tronco; sin embargo hoy retoña y parece que a muy pocos importa ese nuevo despertar. Quizás un día retornemos y ya no estén las ramas que en el centenario de la caída en combate de José Martí fueron sembradas allí.
 
La Aduana duele recorrerla. Ya no tiene la palma y una pobrecilla guásima  intenta vivir en medio del sol, la falta de agua y el polvo terrible que cae sobre ella. El espíritu de Martí únicamente perdura en los más viejos que ya casi dejan lo terrenal.

Qué bueno saber el valor sentimental e histórico de nuestra serie “Remanganaguas: la verdadera Ruta funeraria de José Martí”, porque visibiliza a los cubanos, al mundo, esos lugares que el hombre de a pie no recorre por ignorancia y el ilustrado no visita, porque no tiene los medios de hacerlo.

En septiembre de 2018 Contramaestre recibirá en sus predios a los martianos de toda la provincia Santiago de Cuba. Como parte del encuentro los participantes podrán ver algunos capítulos de la serie “Remanganaguas: la verdadera Ruta funeraria de José Martí”, inspirada en el libro “José Martí, el Apóstol de Remanganaguas”, de los autores Antonio Isaac Hechavarría y Arnoldo Fernández, que gracias a los recursos personales y la pasión de dos periodistas, compañeros de labores en Radio Grito de Baire, se convirtió en documento histórico, pieza valiosa de una memoria que ya nadie podrá olvidar.
Vuelvo a mi pensamiento inicial, “cuando los sueños unen”, bienvenido todo lo que ayude a fundar en medio de la transparencia, la investigación seria, sin falsos protagonismos, ni egolatrías enfermas. Martí tuvo muchos enemigos en vida, gente que no lo quiso bien, esa es la verdad. Ningún hombre es tan perfecto como el sol, los agradecidos ven la luz de su obra; los otros se detienen en las manchas. Con Martí a cuestas seguimos por los caminos de Cuba, tras esas historias escondidas que las nuevas generaciones deben conocer. Agradecemos a todos los que generosamente colaboraron para que “Remanaganaguas: la verdadera Ruta funeraria de José Martí", fuera posible.

martes, 26 de junio de 2018

El cubano de verdad, sin estereotipos




Por Pepe Garofalo. 

El cubano real es galante. En el extranjero venden la imagen de un cubano chabacano, que dice groserías. No es la realidad en general. Somos bastante extrovertidos, de buena comunicación, con un buen nivel cultural, el machismo se ha ido extinguiendo.

Los esposos ayudan en las labores de la casa, llevan a los hijos al círculo infantil, participan en el paritorio de sus esposas, difícilmente hallarás noticias de hombres pegándole a las mujeres. Nos gusta piropear, admirar la belleza y el buen gusto. Algunos comicastros le hacen el juego a esa imagen y otros por envidia o con propósitos de insultar al sistema de gobierno desvían el tiro y meten en el mismo saco los errores de la política y se refocilan en mostrar solamente calles destruidas, casas, viejas sin dientes....que las hay, y la ciudades y calles descuidadas.

Ah, nos señalan que damos muchos "teques", que charlataneamos un poco. Somos así, somos como somos, con virtudes y defectos como todos los pueblos, pero aunque no lo parezca somos personas nobles, profundos cuando es necesario, amorosas, solidarias con los semejantes y bastante cultos -quizás con un nivel de instrucción medio que rebasa dos años de universidad. Y sobre todo que respetamos como es cada quien. Los estereotipos que nos cuelgan son interesados en opacar nuestras virtudes!

sábado, 16 de junio de 2018

Cubanos emprendedores triunfan en Guyana




Por  Leonides Penton Amador (Agencia de Periodismo Independiente Continental México Estados Unidos. Apic Alternativa la Decana) 

Recordamos una Cuba receptora de jamaiquinos que se volcaron al corte de caña y a las labores de la industria azucarera. También franceses que se establecieron en oriente, huyendo de la Revolución de Haití y desarrollaron importantes plantaciones de café. Japoneses en Isla de Pinos, irlandeses y norteamericanos que dejaron sus países, para comenzar una vida de negocios en Cuba.

Recordamos aquel “comercio de ropa” de los judíos, o como se decía de los polacos: "vendo corbatas baratas, corbatas baratas"; pero que fueron asimilados con amor por el pueblo cubano.

El cubano sin embargo no salía del país y si lo hacía era a cuentagotas y por problemas políticos antes de la Revolución. Pero ahora tenemos un fenómeno muy importante que hay que tener en cuenta, aparte de la salida masiva a los Estados Unidos, en busca de mejoría económica. Ahora se está dando un fenómeno sui generis que hay que comprenderlo en su esencia.

Desde que la República Federativa de Guyana dio la oportunidad de entrar al país sin necesidad de una visa, un grupo de cubanos emprendedores se ha dado a la tarea de conseguir dineros necesarios para pagar el alto pasaje de mas más 1000 dólares que se usa para salir del país y llegar sin visa a ese país de Sudamérica. Es una pléyade que viene en cada vuelo; judíos, mercaderes de la era moderna, judíos del Caribe, no en sentido peyorativo, sino en el mejor sentido de la palabra, comerciantes emprendedores y hombres de lucha y de porvenir, que en Guyana tratan de adquirir aquellos productos que son total y completamente deficitarios en la isla de Cuba.

A través de su gestión de compra y venta han surtido las ciudades de Cuba y los campos con blúmeres, ajustadores, pantalones, blusas, zapatos, adornos de pelo y bisutería de todo tipo, pero necesarios, que de una manera inexplicable no pueden encontrarse en las tiendas estatales.

Los cubanos salen hoy del país temiendo que un mal día este tipo de comercio termine; sienten el temor, como la espada de Damocles sobre su cabeza,  que por una decisión burocrática se les quite esa oportunidad de comerciar y suplir necesidades que el pueblo tiene, de las cosas que ellos venden. Algunos han decidido quedarse en Guyana, y armar sus negocios allí,  entre los que sobresalen importantes servicios de hospedaje con sus anuncios en español e inglés.

Esperamos que sigan teniendo esta posibilidad hasta tanto Cuba les permita desarrollarse por ellos mismos y tener todos los derechos consustanciales a su ciudadanía, además de tener  sus tiendas de ropa, zapatos, etc, porque no es un delito, ni demérito, ni nada que vaya en contra de ningún tipo de revolución, el derecho a negociar y propiciar una mercancía mejor al consumidor cubano. 

Espero que estas palabras lleguen a oídos receptivos que comprendan que es un derecho fundamental comerciar. Así pues, luchadores, que viajan a Guyana, les felicitamos y auguramos mejores días en esa travesía que se da como en la antigüedad, en busca de la tierra prometida, la de las especies, la seda, la  de los emprendedores que aprenden a volar aún con las alas cortadas.

domingo, 6 de agosto de 2017

El retrato de la impunidad




La palabra queja es un derecho ciudadano como lo son otros que proclama nuestra carta magna.
Por René Fidel González García (Ensayista y Profesor Titular)
¿quién podría ser libre en un lugar en el que el capricho de cada hombre pudiera dominar sobre el vecino?
                                                                        Locke. 

Hace ya unos meses atrás visité una dependencia del Consejo de Estado de la República de Cuba y vi con asombro cientos de cartas allí depositadas, también el interminable goteo de personas que llegaba a entregarlas personalmente. Algunas de las misivas estaban con los matasellos aún húmedos, otras denotaban en los sobres las evidencias de travesías postales acaso más escabrosas.

Me conmovió de inmediato que el contenido de la mayoría de cartas que estaban allí abiertas, en lo que parecía ser un ríspido intento de pre clasificación realizado por silentes y diligentes funcionarias, estaba manuscrito en una impresionante multitud de caligrafías y colores, y no en los negros tipos de las impresoras que hoy pululan en centros de trabajo y no pocos hogares cubanos, pensé: el país se queja, pero la evidencia de aquella huella escritural de la antropológica política de nuestros tiempos me llevó a responderme: es tan solo la letra del pueblo, y casi de inmediato, por esos tirones que da la conciencia de la existencia del otro, me vino a la mente un vecino de cualquier parte del país escribiéndole sudoroso y dispuesto a su Presidente, como si su carta y cada rasgo trazado sin el pudor de la mala ortografía, fuere adarga suficiente para poner de rodillas a algún poderoso gigante.

En casa de mis padres alguna vez noté que a Hugo Chávez, en los lugares y oportunidades más insólitas, muchas personas – en ocasiones hasta infantes que por su edad no podían escribir – se le acercaban y le entregaban misivas que éste recogía y guardaba, o entregaba a algunos de sus ayudantes, también que eran gente, por su apariencia, casi siempre muy humilde. Recuerdo que mi padre me respondió en esa oportunidad, mientras le comentaba el problema de seguridad que aquello podía significar para un hombre que atrajo suficiente odio de sus enemigos, que al principio de la Revolución, cuando nuestras instituciones no se habían desarrollado lo suficiente, así pasaba con Fidel y con muchos de los dirigentes que en aquel entonces caminaban por nuestras calles.

La palabra queja no tiene, por lo menos en la Constitución cubana, por lo menos para los constitucionalistas cubanos, una connotación peyorativa, no puede tenerla: es un derecho ciudadano, como lo son otros que proclama, reconoce y pretende garantizar el texto de nuestra carta magna.

Recibirlas, así como a las peticiones que hagan los ciudadanos, es para cualquier organismo del Estado cubano y los funcionarios que en ellos trabajan para el bien común de la población una obligación, tanto como tramitarlas, investigarlas, darle atención y respuestas pertinentes y en un plazo adecuado, pero no pocas veces son también la última esperanza de quienes reivindican la razón y la justicia.

Muy pocas veces reparamos en ello, pero cuando nuestro pueblo envía sus quejas y peticiones a las instituciones públicas, ya sean gubernamentales o políticas, no es solicitando favores y prebendas, beneficios y privilegios personales, es casi siempre, por el contrario, apelando a encontrar la justicia que le han negado la arbitrariedad y la insensibilidad, el oportunismo, la abulia y la indiferencia de quienes deberían servirle. Esa apelación es también una denuncia.

En esa actitud insatisfecha e irreductible, en esa cultura de la inconformidad y de la búsqueda y consecución de la justicia que todavía integra el patrimonio ético de los ciudadanos cubanos, más allá del duro peaje que no pocas veces ha pagado – y paga – en su vida cotidiana a quienes han hecho del ejercicio de funciones públicas un zoológico de sus dogmas, caprichos e ineptitudes, descansa parte del espíritu que levantó y sostuvo a la Revolución en Cuba hasta hoy como una lógica extraordinaria nacida del pensamiento popular para hacer, por lo menos desde esa perspectiva, del Estado y de la política, por primera vez, los instrumentos esenciales de la transformación de su realidad.

El lado oscuro de todo esto puede ser, sin embargo, un correlato de la impunidad. No es éste un tema escabroso y difícil de abordar, como no lo es ninguno. La impunidad es sobre todo un enorme fracaso a costa de nosotros mismos, que muchas veces confundimos como una consecuencia.

Nacida de prácticas antisociales y marginales aprendidas o validadas por el éxito obtenido en algún momento de la historia de vida de sus actores, cuando encuentra acomodo y ocasión en cualquier estructura social alcanza entonces su máxima expresión, ésta vez como una deformación del poder político público, opuesta, por su propia naturaleza a la cultura ciudadana, a la eficacia del Derecho y de las leyes y a la sociedad en su conjunto, a la que, por eso mismo, intentará defraudar siempre en su zona más sensible: los valores.

No disponemos de datos suyos en nuestras estadísticas públicas, y muy probablemente no sea un problema y un área de investigación de nuestras ciencias sociales, puede que porque identificarla como tal, e investigarla, acaso parezca una contradicción demasiado grande, demasiada amarga, con nuestras aspiraciones y concreciones como proyecto político. En cambio, desde cualquier punto de vista, su importancia como fenómeno es inobjetable, su existencia innegable.

Bastaría recordar los casos presentes en nuestra memoria histórica en que sus actores disfrutaron de ella por demasiado tiempo para por lo menos intentar meditar en sus peligros y las condiciones que la propician, y su enorme capacidad para viciar insidiosamente el funcionamiento de cualquier diseño de institucionalidad previsto a través de las relaciones endogámicas y las invisibles alianzas y redes de solidaridad que se producen entre funcionarios al interior de la ecología de las instituciones. Es sencillo: la impunidad conduce a la corrupción política.

Esa es una memoria colectiva que se inicia en la saga de crímenes, atropellos y violaciones cometidos a lo largo de tres siglos coloniales y se extiende íntegramente a la experiencia de nuestro primer ensayo republicano como un poderoso recordatorio de hasta qué punto la impunidad puede volverse un patrón de éxito y la coartada para hacer de la vileza y la ruindad, lo abyecto y abominable el método confiable para alcanzarlo; también de los nichos que le proporciona el irrespeto al otro, la ambición y el individualismo cuando la ausencia de transparencia, la acumulación de facultades discrecionales y el monopolio de la toma de decisiones públicas caracterizan el funcionamiento de las instituciones.

La impunidad necesita, se vale, del silencio tanto como del poder, aunque siempre tenga hambre de más poder. Si lo primero es su medio de acción, un recurso por excelencia para flanquear el civismo, la decencia, el sentido y el bien común, lo segundo lo necesita para distorsionar y oscurecer la realidad, para violar, atenuar, interpretar, o crear excepciones y pretextos a las normas sociales y jurídicas que burla, o que usa y crea selectivamente, también para conseguir el manto de la complicidad colectiva que le urge siempre, para abrumar, anonadar, aislar y perseguir a quienes le identifiquen y resistan.

Conspira igualmente para desterrar la noción de empatía y la tolerancia de la política, desprecia la igualdad y la demoniza, intenta desactivarla para legitimar la noción de la diferencia – y de la naturalidad e inevitabilidad de la diferenciación social, política y económica – mediante la creación de los estatus y – discretos – privilegios asociados a las funciones públicas.

La impunidad es una suerte de santo grial del abuso de autoridad, y por eso intenta pervertir los principios y la ética, para hacerlo los condiciona y favorece su aplicación circunstancial y casuística. Creará y entronizará de antemano zonas de justificación, discursos sociales de desmovilización y desidia en los que el control popular y la rendición de cuentas, la crítica y la posibilidad de la auténtica interpelación pública se vuelva una mascarada, un ritual dentro de estrategias comunicativas tan inertes y huecas como complacientes cajas de resonancia, o algo irreverente, inconveniente y contrario al orden, e incluso al ideal de ¨cordura¨ y ¨madurez¨ que postula como currículo de sus más aventajados alumnos.

Busca el agotamiento y el desistimiento para encubrir su ocurrencia, para acallar y descalificar su denuncia endilga generosamente calificativos de ¨resentidos¨ o ¨criteriosos¨, pero cuando se siente amenazada suele mostrar su rostro más vulgar y soberbio, grotesco, o intentar confundir sus intereses y necesidades con los de todos, con los tuyo y el mío, o con los de la sociedad y la política, o con la ideología, es su forma de crear el control social que le evita exponerse. Su escudería tiene tallada una divisa absurda y surrealista – como apuntaran hace poco tiempo dos compañeros – pero muy eficiente: ¨mientras más pública y evidente sea la impunidad en más impunidad resultará¨.

El retrato de la impunidad es de seguro incompleto sin el de los que la practican y buscan desesperadamente. Uno sencillo, típicamente minimalista, los podría describir así: ¨personas pequeñas, cobardes, oscuras y tristes, que tienen plena conciencia de lo anterior porque perciben la dignidad, la integridad y la decencia que les es ajena e incomprensible¨. Aún así, en nuestro caso, ese retrato tendría una nota al pie descomunal y precisa para un estudio más ambicioso: ¨no son revolucionarios¨, porque para serlo hay que ser primero y ante todo, como decían nuestros abuelos, buenas personas.

Deberíamos tomar nota de ello en Cuba, ahora que nuevas generaciones de funcionarios en todos los niveles de lo gubernamental y lo político, electos o no, adquieren, o se aprestan a adquirir una responsabilidad – cada vez más enorme con nosotros – que siempre estuvo limitada por la presencia de una generación anterior de revolucionarios cubanos; ahora que tenemos el reto de construir con urgencia el Estado y la cultura de Derecho que nos hace falta para completar y preservar los esfuerzos y sacrificios de nuestros abuelos, padres y hermanos, no sea que mañana, esos mismos que ahora sueñan inconfesablemente con convertir un Estado poderoso y desarrollado como el nuestro en un parque de diversiones de sus intereses y caprichos, crean que puedan quitarnos la sonrisa, esa misma alegría que les asusta e insulta y que aborrecen porque no saben entenderla, o quizás tan solo, porque le falta amor, y lo saben.

domingo, 28 de mayo de 2017

El dilema generacional de los cubanos



Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com  

Advertencia al lector: “Es un diálogo imaginario entre padre e hijo; nada más que eso”. 

El está en un sol vivo
de una Galaxia recién descubierta.
Yo en mis libros.
En sus huellas no ve oscuridades.
Yo vivo mis palabras
me dan paz  donde las bestias
tienen reino.
Usa bombín
camisa a mangas largas
reloj de pulsera japonés.
Abre su billetera ante una negra en un bar
como si fuera un millonario de París.
Yo  creo que el suburbio donde vivo
es la ciudad más cosmopolita del mundo
cuando en verdad gatos y perros duermen
a patas sueltas en los parques.   
El vive como si fuera a morir en el próximo minuto.
Yo me baño en mis libros y creo ser feliz.
A mi padre no le gusta mi felicidad
la suya no tiene nada que ver con la mía
por eso somos sal y azúcar.
La muerte nos  asecha
para llevarse  a uno de los dos 
en cualquier momento
quizás un martes
o un viernes 13.
Por ahora mi padre y yo vivimos en una casa
con el número 7
no es la “Calle Melancolía”  querido Sabina
resido en la 9 y va a dar a un río
que está muriendo.
Él dice que somos disfuncionales.
Yo no lo creo.
A mi manera soy feliz.
Pero a mi padre no le gusta mi felicidad
el quiere a su negra
la tambora sonando
la botella a pico abierto
la falda roja  alzada
el grajo asomado en las entrañas del caimito jugoso
las últimas erecciones en la hora final.
Mi viejo siente el mundo irse cada noche
ya no le interesa mucho ser un buen padre
ahora quiere ser hombre en el último minuto
incluso ante una mujer llamada Muerte.


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