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lunes, 6 de mayo de 2013

A Cuba la define mejor el emigrado

El hombre que mejor nos comprendió y definió, vivió la mayor parte de su tiempo fuera de la isla. De sus 35 años, sólo 7 los vive en Cuba. (Escuchar crónica en audio +)

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Decir José María Heredia  es pensar en las palmas deliciosas con que se imagina a Cuba en la distancia. La palma es la flor del emigrado, la flor que alude a la isla. Razones como las señaladas determinan una afirmación de Cintio Vitier: "Heredia inicia la iluminación poética de Cuba desde la nostalgia del destierro". 

Es curioso que nuestro primer aliento lírico se genere fuera del espacio físico del mayor archipiélago de las Antillas. Fue el primero, desde esa lejanía, en nombrar la Patria, no simplemente como tierra natal, sino como esencia que brilla inalcanzable.

Con Heredia, ha dicho Vitier, “la isla se vuelve, no sólo distante, sino también  lejana, porque ha entrado en su intimidad, en su deseo, en el anhelo de su alma. Cuba empieza a ser esperanza a la vez que nostalgia;  cielo futuro, que no se gozará  nunca, a la vez que paraíso perdido”.

Heredia es el poeta que descubre a Cuba en la lejanía. Es el que visualiza los elementos de la cubanía con mayor claridad. Sus dos patrias adoptivas: Estados Unidos primero, y México después, le permiten dar el paso de la naturaleza al paisaje. “Plátano sonante”, “pomposo naranjo”,  y  “mango erguido”, serán adjetivaciones construidas en su ruta del destierro, para referirse a la flora antillana.

Pero con Heredia comienza también la poesía del mar, hecho que lo hace imprescindible al mirarnos en el pasado y comprender que una isla, siempre está rodeada de olas por todas partes, y no podemos evitar  una relación especial con el agua. Sin el mar, nos dejó dicho el bardo, no alcanzamos a entender Cuba, ni siquiera sabemos qué es.

En el repertorio lírico cubano es el primero que graba en versos el rostro de un ciclón, al estilo romántico. La revelación de la terrible  y a la vez embriagadora  divinidad aérea, le da a sus versos  una bravura descriptiva, profunda inspiración sagrada. Llama al huracán: “manto aterrador y majestuoso”.

El hombre que mejor nos comprendió y definió, vivió la mayor parte de su tiempo fuera de la isla. De sus 35 años, sólo 7 los vive en Cuba. Siempre quiso volver, morir en ella. Es por eso que enfermo y desconcertado ante la situación caótica de su tierra natal, se retracta de sus ideales revolucionarios, y en carta al capitán general Miguel Tacón, solicita permiso para volver, aunque sólo lo hace por dos meses.

Humillado por el colonialismo español, traicionado por sus amigos, que lo llaman ángel caído, olvidado por el gran amor de su adolescencia, regresa a México. Sólo conserva, en la Patria que lo vio nacer, el amor de su madre. A ella le dedica la mayor parte del tiempo. Martí, en un arranque apasionado de lucidez, señala: “…el poeta… había tenido valor para todo, menos para morir sin volver a ver a su madre y a sus palmas”.  Ya enfermo, de una grave afección pulmonar, le escribe a su madre que quizás con “el ajiaquito, el ñame y el quimbombó, logrará restablecerse”, legando a la posteridad la última prueba de su raigal cubanía. El 7 de mayo de 1839, muere. Sus restos  descansaron en un sencillo cementerio de la capital mexicana. Hoy están perdidos para siempre, el mismo fue desmantelado por oscuros hombres.

El himno del desterrado es quizás uno de sus poemas más evocados, y con un fragmento del mismo, termino esta semblanza, del poeta que nombra a Cuba y la hace Patria en la palabra: “¡Qué tesoros de amor tengo allí!” “¡Ojos tristes, llorad!


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