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domingo, 11 de noviembre de 2018

La vuelta turística que no regalé a mi madre



Mi madre y yo  cuando la luz bendecía nuestras vidas.
Por Arnoldo Fernández Vedecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com

Crecí en el campo de la Cuba más oriental, entre Maibío y la Carretera Central: Cruce de Anacahuita. Mis primeras escuelas las recuerdo con mucho cariño, sus nombres, José Martí y Domingo Portela. A ellas iba cada mañana; en la tarde, correrías por el campo a cazar palomas,  o sencillamente pescar en la presa de mi primo René. Era una vida muy sencilla, donde el reino afectivo tenía un nombre esencial: Enma Ramos Ríos, mi vieja. De niño le prometí un regalo si me hacía profesional: “una vuelta turística a Cuba”.  El costo no llegaba a 300 pesos cubanos por persona. Lo creía posible, pues mis primeros salarios la cubrirían con creces. Me veía ya de historiador en el futuro ganando ese dinero. Mamá sólo había ido  a Santiago y Bayamo;  nunca había visto el mar siquiera. Así que nada mejor que “una vuelta turística a Cuba”, ver sus maravillas, las que todo ser humano debía admirar antes de morirse; no por gusto un viejo refrán decía: “conozca a Cuba primero, al extranjero después”;  pero el tiempo, ese miserable asesino, pasó por nuestras vidas  y un día despertamos con las noticias de una “Opción cero”, de  un “Período especial en tiempos de paz” y la vida cambió radicalmente. Todo se hizo demasiado real,  recuerdo me gradué con “título de oro” y la muda de ropa y los zapatos usados en aquel ritual de estudiante a profesional me costaron  el alma. Mamá no fue al “Teatro Heredia”, no pude alquilar un carro; no merecía viajar sobre un camión de Cruce de Anacahuita a Santiago, unos 80 kilómetros. Había llegado el momento de la “vuelta a Cuba”, pero mis salarios de los primeros 10 meses de trabajo fueron de 198 pesos cubanos, cuando un dólar costaba 125 en moneda nacional. Con tristeza puse mi cabeza sobre las piernas de la vieja, aguanté el sollozo e invoqué al cielo: “-¿Por qué Dios mío?” Madre pasó sus manos cansadas sobre mi cabello y dijo: “-no importa hijo, Dios sabe porqué hace las cosas”. Un 21 de noviembre de 2011, mi madre partió a un viaje sin regreso; eran casi las cuatro de la madrugada, hacía un frío terrible, besé sus mejillas y lloré hasta hoy mismo. Nunca pude cumplir el sueño prometido de llevarla a conocer Cuba.


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