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sábado, 11 de junio de 2022

VIÑETAS DE TIERRA ADENTRO (ANACAHUITA)


 Por Arnoldo Fernández Verdecia 

Lo dejé de ver hace 46 años, por eso fue mucha la alegría que sentí al encontrarlo retando al tiempo, a la naturaleza. 

El  árbol de Anacahuita lo vieron mis bisabuelos, mis abuelos y mis padres. 

Hoy sigue allí,  muy cerca de la escuela donde aprendí a leer y a escribir. 

Ojalá y las familias de Maibío lo cuiden, para que las personas del futuro puedan verlo y amarlo como nosotros.

viernes, 10 de junio de 2022

VIÑETAS DE TIERRA ADENTRO (EL MAIBÍO)


Por Arnoldo Fernández Verdecia 

Tiene lugares muy hermosos como este, que recuerdan un pasado memorable donde se bañaron en sus espejeantes aguas los aborígenes, y nuestros tatarabuelos, bisabuelos, abuelos, padres, tíos 

El rumor del bambú en su orilla izquierda es un hechizo, parece que el tiempo se detiene a la sombra de estos arbustillos. Uno no quiere irse por la paz que se respira.

La música de las palmas entona bien, es gratificante escucharla. La palma es nuestra Guantanamera del campo. 

Se dice que hubo aquí un famoso cacicazgo, con líderes tribales muy respetados. Según los cronistas de india, toda aquella gente pertenecía a la civilización Maiyi. 

Con la castellanización de nuestra cultura la voz aborigen devino Maibío y así quedó registrado en la memoria histórica.  El río Maiyi, orgullo de aquella cultura, todavía conserva su antiguo esplendor en lugares como este. Maibío será siempre mi playa más preferida. 

lunes, 6 de junio de 2022

VIÑETAS TIERRA ADENTRO (LA ESCUELITA JOSÉ MARTÍ DE MAIBÍO)


Por Arnoldo Fernández Verdecia

Llegué buscando la escuelita, los maestros, la niña que me haló tantas veces las orejas para que leyera de corrido como ella quería; los árboles de mi niñez, el rumor del Maibío, la posa de Canda, el lajial donde mi madre una vez a la semana lavó nuestra ropa, el campo de guayabas dulces, la música de los pinos al atardecer, el canto del sinsonte sobre el álamo, la loma por la que descendíamos a galope como caballos salvajes, los Cuatro caminos donde aparecían brujerías, las casas donde tomé agua, café, comí mangos, anoncillos y jugué con los niños que vivían en ellas; pero después de 46 años, la escuela es otra, más nueva, bella en verdad, con un José Martí que no ha dejado nunca de ser su nombre emblemático; otros alumnos, igual que nosotros, volverán un día, quizás después del medio siglo a saludar a las poquísimas familias que aun estén por allí.  De los viejos árboles sólo permanecen desafiando el tiempo el de anacahuita y el álamo. Ya los viejos maestros se fueron, algunos al cielo, otros al descanso de la jubilación. La niña que me exigía leer de corrido como un consagrado, hoy es la directora. Ya no está la posa de Canda donde mamá lavó y me bañé tantas veces con los muchachos del barrio. La mata de mango corazón sigue en pie, cercada por delgadísimas cañas y lodo. El lajial se lo tragó la tierra. Sobre el campo de guayaba crece un platanal. Ya no está el rumor del Maibío, el agua estancada y amarilla recuerda aquel río que una vez fue feliz y corría alegremente repleto de biajacas, guayacones, ranas, jicoteas. La loma ahora es una pequeñísima pendiente. De los cuatro caminos sólo quedan tres; dejó de ser el sitio de las brujerías. Los pinos ya no cantan, sus huesos se extinguieron en la memoria. El verde del paisaje aun convida a soñar. El camino sigue ahí, con su mismo vestido de siempre. La casa de Jigüe e Idamí es la única de aquellos tiempos, ya no están las de Chiquito, Vargas, Oscar.  Los recuerdos siguen vivos, unidos a dos enormes árboles, mudos testigos aun de nuestro paso por aquel lugar de nombre aborigen, orgullo de abuelos, hermanos, familias, llamado Maibío.

domingo, 11 de noviembre de 2018

La vuelta turística que no regalé a mi madre



Mi madre y yo  cuando la luz bendecía nuestras vidas.
Por Arnoldo Fernández Vedecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com

Crecí en el campo de la Cuba más oriental, entre Maibío y la Carretera Central: Cruce de Anacahuita. Mis primeras escuelas las recuerdo con mucho cariño, sus nombres, José Martí y Domingo Portela. A ellas iba cada mañana; en la tarde, correrías por el campo a cazar palomas,  o sencillamente pescar en la presa de mi primo René. Era una vida muy sencilla, donde el reino afectivo tenía un nombre esencial: Enma Ramos Ríos, mi vieja. De niño le prometí un regalo si me hacía profesional: “una vuelta turística a Cuba”.  El costo no llegaba a 300 pesos cubanos por persona. Lo creía posible, pues mis primeros salarios la cubrirían con creces. Me veía ya de historiador en el futuro ganando ese dinero. Mamá sólo había ido  a Santiago y Bayamo;  nunca había visto el mar siquiera. Así que nada mejor que “una vuelta turística a Cuba”, ver sus maravillas, las que todo ser humano debía admirar antes de morirse; no por gusto un viejo refrán decía: “conozca a Cuba primero, al extranjero después”;  pero el tiempo, ese miserable asesino, pasó por nuestras vidas  y un día despertamos con las noticias de una “Opción cero”, de  un “Período especial en tiempos de paz” y la vida cambió radicalmente. Todo se hizo demasiado real,  recuerdo me gradué con “título de oro” y la muda de ropa y los zapatos usados en aquel ritual de estudiante a profesional me costaron  el alma. Mamá no fue al “Teatro Heredia”, no pude alquilar un carro; no merecía viajar sobre un camión de Cruce de Anacahuita a Santiago, unos 80 kilómetros. Había llegado el momento de la “vuelta a Cuba”, pero mis salarios de los primeros 10 meses de trabajo fueron de 198 pesos cubanos, cuando un dólar costaba 125 en moneda nacional. Con tristeza puse mi cabeza sobre las piernas de la vieja, aguanté el sollozo e invoqué al cielo: “-¿Por qué Dios mío?” Madre pasó sus manos cansadas sobre mi cabello y dijo: “-no importa hijo, Dios sabe porqué hace las cosas”. Un 21 de noviembre de 2011, mi madre partió a un viaje sin regreso; eran casi las cuatro de la madrugada, hacía un frío terrible, besé sus mejillas y lloré hasta hoy mismo. Nunca pude cumplir el sueño prometido de llevarla a conocer Cuba.

viernes, 4 de agosto de 2017

Llegando a comer frituras de maíz



Mi viejo de 102 años comiendo frituras de maíz.

Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com  

El rumor del pino en el Cruce me llega. La guagua hace silencio y  piso tierra. No soy Cristóbal Colón en un tiempo futuro, sencillamente me llamo Arnoldo Fernández y estoy llegando al pueblito donde nací, que por obra y gracia de la Carretera Central  de Cuba, se llama “Cruce de Anacahuita”. De aquí soy yo, nunca lo he negado, ni lo haré. Mi gente sigue por estos lares; casi todos somos familia. Nosotros Fernández, los de la guardarraya a la izquierda, Domínguez, los de la derecha, Mora, al fondo Beltrández y por el frente, los Aguirre. Curiosamente nos bautizamos con nombres de la fauna. Desde pequeño supe que era “carpintero”, los Domínguez (codornices), los Beltrández (cabeza de vaca), los Mora (monos) y los Aguirre (pitirres). Un sol radiante y espeso cae sobe mi cuerpo. Gracias a Dios cubro mi cabeza con un sombrero. Los adoquines del tiempo de Machado ante mí, inmóviles, resisten el tiempo, a pesar de sus más de 80 años. El camino real a la vista. Desciendo, cual niño tras sus olores y colores amados; profundo hormigueo en el estómago. Tomo fotos del viejo Bar, hoy, un Paladar que ha enfrentado a las familias, porque sus dueños lo han convertido en un antro de bebidas y goces espirituosos, donde no hay paz, ni siquiera en la noche. Antes allí hubo honor, ahora se ven hombres orinando a toda hora sobre cercas y postes de las casas vecinas, no importan niñas, mujeres; el pum pum cultural es lo que vale y llenarse los bolsillos. En el lugar se dan cita, en las noches, curiosos personajes del ámbito local, desde dirigentes, hasta funcionarios públicos, van montados en sus caballos de gasolina. Los dueños, mejor, la dueña, se siente la Sisi emperatriz de Cruce de Anacahuita; lo que no puede, no lo puede nadie. La tienda de mi tío Liro a la derecha, hoy la del pueblo. El nombre es una ironía, “La Ratonera”, cuando este último pueblito está a unos dos kilómetros de aquí. Sigo hacia el arroyo y las sucias aguas estancadas me hablan de pasados aguaceros y de la sequía que una vez más amenaza. Alzo la vista y el camino se yergue. Por aquí se va para Maibío, la Graciana y la Pelúa, se llega incluso a Maffo. A unos trescientos metros, la casa de padre viejo espera; hasta sus límites llego y disfruto el verde de los campos de maíz, los árboles de mangos imponentes, los mamoncillos exuberantemente paridos. Aprecio los cachorros de Negrita, tan amada por mi tío, el más joven, ángel guardián de las noches del viejo. Muelo maíz en un viejo molino de la Revolución industrial, por obra y gracia del espíritu santo, todavía funciona;  hablamos de hallacas, frituras, harina, pero termina venciendo la fritura. Al mediodía, almuerzo, un montón de frituras, mojadas con café fuerte; goce grande, divino. Da gusto ver al padrazo comer, a pesar de sus 102 años de vida;  es un duende escapado al tiempo. El 20 de abril de 1915 lo trajo a este mundo, pero él sigue ahí, desafiando el siglo XXI. Llevo regalos;  me abraza con ojos de niño bueno, al oído susurro un nombre de flor y me regala entonces una sonrisa pícara. Enseguida calza los zapatos nuevos, el pulóver, las medias. Los demás presentitos los puse en su armario.  Cuando pasan la una de la tarde, me despido, salgo a ese camino tantas veces recorrido en mi vida  y el polvo que deja un tractor, me arranca estornudos. El sol quema profundo, a pesar del sombrero, la camisa. El Cruce a la vista, los carros que pasan a Contramaestre y Baire. Llego a la parada y abordo un camión. Todo va quedando atrás. Recuerdo haber sentido en la brisa de los árboles del patio del viejo, el espíritu de mamá; se lo dije;  una sonrisa fue el premio a mi capacidad de ver donde otros no pueden. El pueblo donde vivo me recibe en la más absurda de las soledades. Si el río estuviera sano, bañaba mi cuerpo en sus aguas para huirle a este calor terrible, pero no tengo río y el mar me queda a unos 200 kilómetros. Llego a casa y me quedo en calzoncillos, qué otra cosa puedo hacer;  el vecino asoma por la ventana y ofrece un prú helado. La tarde empieza a perderse y mis dedos corren sobre este teclado para contarles mi viaje al lugar  más bello del mundo, al menos para mí, Cruce de Anacahuita. Compay, comay, yo soy guajiro y a mucha honra, qué caray….Venga ese prú ahora; brindo con todos los que me leen aquí; contigo amor, seguro te encantará leerme. 
Quiero invitarlos ahora, a apreciar estas fotos de ese mundo, para mí idílico, mágico. Gracias por seguir aquí. 
Mi viejo.
Con mi viejo.
Los nuevos zapatos del viejo.
Los cachorros de Negrita.
Sentado a la sombra del mamoncillo exhuberantemente parido.
La casa donde nací.
Mi  tío preparando el maíz  para molerlo.
Mi viejo dándose el festín de las frituras de maíz. 
Ese es el camino que tantas veces he recorrido en mi vida.



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