lunes, 14 de septiembre de 2009

Entre los placeres y los compromisos de un escritor cubano: el Caliban

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Escribir es un modo de juzgar.
En el pensamiento cubano, la reflexión sobre los compromisos del escritor tiene como figuras imprescindibles a José Martí, José Antonio Portuondo, Juan Marinello, Roberto Fernández Retamar, Emilio Ichikawa, Rafael Hernández y Desiderio Navarro. El criterio que seguí, para su selección, permite mirar, desde adentro, con una visión plural el problema.

Escoger sólo a estos autores pudiera tener sus agravantes, no me preocupa, pues son artífices de un pensamiento crítico, que de una forma u otra gira en torno al dilema servido a la mesa. De los escogidos, excepto José Martí, todos sitúan el compromiso con un partido político o el Estado como la implicación fundamental.

Nuestro José Martí, “raro paradigma” de las letras y la política, es de los que ubica el compromiso incondicional con la obra como condición básica del escritor. En uno de sus trabajos sobre “Italia”, de notable vigencia, señala:

“Historiar es juzgar, y estar por encima de los hombres y no soldadear de un lado de la batalla. El que puede ser reo, no ha de ser juez. El que es falible, no ha de dar fallo. El que milita ardientemente en un bando político, o en un bando filosófico, escribirá su libro de historia con la tinta del bando.”

Al analizar estas ideas saltan a la vista algunos elementos claves:

1-Escribir es un modo de juzgar. Se debe estar por encima de los contrincantes.

2-El oficio de escribir debe estar liberado de la ideología que representa al partido dominante y a la clase social que gobierna, para desarrollarlo con la justicia y dignidad que merece.

La propuesta martiana sobre la escritura como liberación del estado político que configura la sociedad es paradigmática, la supuesta verdad que unos y otros levantan a ambos lados del conflicto, es esencializada para su uso como herramienta de control social. El conocimiento se convierte en patrimonio del poder, lo manipula a su antojo. No olvido la Campaña de Napoleón en Egipto, el caudillo la hizo aparecer en París como victoria, que le aseguró el acceso a formas de poder complejas. Tal vez por eso, siempre me viene a la mente el poeta español que dijo “¿quién no sabe que hasta el pasado se inventa?”

Una figura esencial, dentro de la tradición intelectual liberadora cubana, para comprender el problema de los compromisos, es José Antonio Portuondo. Llega a definir lo que entiende por intelectual y propone una estratificación en la que el escritor aparece de abajo a arriba en el penúltimo escalón:

“...podríamos conceptuar al intelectual como a un forjador consciente de la conciencia social en cualquiera de su manifestaciones: ética, estética, filosófica, política, etc. Y siguiendo también al pensador italiano, es posible establecer como las principales categorías intelectuales de abajo a arriba, a clérigos, políticos, profesionales (médicos, abogados, técnicos, científicos, artistas, escritores, filósofos)”.

Los escritores deben contribuir con su obra a la forja de la conciencia social, sobre todo con su enfoque estético, el compromiso tiene como peculiaridad que, la obra creada, debe ser un reflejo artísticamente elaborado de la realidad.

Por otro lado se infiere que los escritores están obligados a funcionar dentro de unos límites concretos, la realidad y sus bordes, desde adentro o desde afuera, su obra no debe traicionar el espíritu de la Revolución Cubana.

Lo curioso es no reconocer a los filósofos como escritores, si para nadie es un secreto que son auténticos profesionales de la pluma, de una clara conciencia del papel de la escritura en su prédica. En el propio texto dice líneas después:
“…en el más alto grado se colocarán los creadores de las ciencias, de la filosofía, del arte, etc, en el nivel más bajo, los más humildes administradores y divulgadores de la riqueza intelectual ya existente, tradicional, acumulada. En este punto se impone la distinción entre el intelectual “orgánico”, expresión de cada clase social, y el tradicional, depositario trasmisor de la herencia cultural.

Sobre esta propuesta de jerarquización es bueno llamar la atención en los administradores y divulgadores de la riqueza intelectual acumulada, no llega a identificar quiénes son, ni siquiera por el contexto puede inferirse, hecho problémico para nuestra realidad, porque en la práctica estas acciones la desarrollan funcionarios que responden “incondicionalmente” a la política cultural, sin contextualizarla en sus realidades y terminan defendiendo un arte muchas veces despojado de lo social, por eso la contradicción escritores versus funcionarios, ha sido una coordenada de la cultura cubana a lo largo de la Revolución, el punto de identificación es la pertinencia ideológica, en lo demás los desacuerdos han sido manifiestos.

La contradicción antes aludida adquiere proporciones inimaginables al interior de Cuba, el entramado burocrático encargado de transmitir cultura, termina asfixiando las individualidades que tratan de crecer en sus realidades y escribir una obra de calidad. Es difícil desbordar el problema, los que lo hacen se exponen a ser vigilados o amenazados por reflejar los problemas desde el punto geográfico donde viven. No interesa el valor artístico de la obra, lo que importa es quien la escribe y los posibles sentidos de por qué la escribe. El tan llevado y traído compromiso político muchas veces se tergiversa y se busca, en lo escrito, elementos extraliterarios que fundamenten una valoración negativa del escritor. Las armas apuntan, el escritor cae, no puede defenderse, no tiene institución que lo represente, porque a decir verdad no todos los municipios de Cuba tienen Unión de Escritores y Artistas de Cuba y Casas del Joven Creador, únicas banderas de las que puede agarrarse, en caso de problemas como los referenciados.

Un escritor, tan paradigmático como Juan Marinello, justifica el compromiso político como algo necesario desde cualquier circunstancia histórica: “se trata de que el intelectual caiga del lado de una solución colectiva en la que, de una parte, mantenga y exalte su inevitable hombría y, de la otra, trabaje por la mejor dignidad de su tarea específica”.

Subrayo algunos elementos de peso en su valoración, intelectuales honestos, ansiosos de obra duradera, probada hombría, trabajar por una realidad mejor en la que predomine la justicia social. Se trata de escritores de una misma orilla ideológica, cuestión que desde el interior no se comprende por los funcionarios, ni los escritores han sido lo suficiente varones para enfrentar el discurso del poder local al de las letras, tal vez obedezca a la “cacareada mala literatura” que se escribe desde estos puntos, o a la situación de marginalidad en la que viven la mayoría de los que escriben, sin concursos alentadores y casas editoras que los representen. El compromiso de los que escriben desde el interior, en esa instancia llamada municipio, tiene en los criterios de Marinello un referente básico: trabajar por la llegada de una sociedad local más justa, sus obras deben ser armas de lucha contra esa metástasis que todo circunda si no responde a sus dictados.

Alguien tan cercano a nosotros como el poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar propone a “Caliban”, para repensar nuestra historia desde el otro lado, el rudo e inconquistable dueño de la Isla . Escribir bajo la mirada del Caliban. De hecho se aprecia la orientación martiana de su análisis, al defender una cultura propia situada al lado de los humildes. “Caliban” es un símbolo de rebeldía, mientras “Nuestra América” viva dependiente, está obligada a escribir con la pluma del bando al que pertenece, no hay otro camino, a no ser que gire hacia la propuesta de Sarmiento, escrito en el “Facundo”; o hacia lo exótico, para exhibirlo en vitrinas de Europa o Norteamérica. Retamar sitúa el compromiso político por encima de su responsabilidad con la poesía y el ensayo, estos deben servirle como elementos imprescindibles en la fundamentación estética de la sociedad nueva. Caliban es su mejor prueba.

Emilio IchiKawa presentó desde el recinto universitario habanero, antes de abandonar Cuba, evidencias del retraimiento de los filósofos-escritores de los asuntos públicos, al decir que sus discursos no funcionan como referente habitual en el universo de la cotidianidad. ¿Quiere decir que postulan el compromiso político como bandera del filosofar? Plantea que los filósofos deben tener una estrategia frente al poder, están obligados a determinar si viven del mismo o contestándole. Tal vez esto explique la compilación "Estudios de Filosofía una saga de la cultura cubana” en el que señala, en su epílogo, que nuestra crítica padece trivialidad y anonimato, por eso plantea la utilidad de unir los prólogos realizados por nuestra “comunidad de filósofos”, a clásicos del pensamiento universal, sobre todo en el contexto de los sesenta; agrupa fundamentalmente a intelectuales del Alma Mater:

“En el caso del grupo que ahora antologamos, es necesario analizar el proceso de participación-incorporación al movimiento revolucionario y lo que se propusieron hacer por la Revolución desde su saber. En cualquier caso, aún en estos casos de introducción a la filosofía clásica, predomina el intento (muy visible) de dotar al pensamiento de un compromiso político, aún cuando este compromiso tome forma de fidelidad teórica y metodológica a una filosofía que públicamente inspira al proceso revolucionario cubano. Es sorprendente esa suerte de afán metafísico por una existencia revolucionaria, y de un Marx que lo mismo contribuye a argumentar la lucha guerrillera que un análisis de Platón o Kant. Si no hay por las propias urgencias de una Revolución triunfante, una filosofía total, si encontramos una exigencia total a la filosofía”.

¿Se puede hablar de “comunidad de filósofos en Cuba”? Ichikawa esgrime en “El pensamiento agónico”, uno de sus primeros libros, que los cubanos no tenemos el emblema literario por excelencia que exprese nuestro espíritu. Sobra la argumentación. ¿Por qué ese afán de establecer límites entre un provincialismo filosófico y la flamante Universidad de La Habana? Los de provincias no existen a la cuenta del autor, por los vacíos de información que oscurecen su proceder. Los destinos del hombre, los dilemas de la cultura, la relación con los poderes locales, no son parte de una escritura liberadora desde cualquier punto de la geografía cubana.

Hay que reconocer que la noble y leal Universidad de La Habana, ha sido un instrumento eficaz en la conformación de los hombres que ejercen el poder político en Cuba, los intelectuales del citado recinto, fueron y son intelectuales orgánicos al servicio de la Revolución, otra clasificación no cabe, tal vez eso explique su afán metafísico por una existencia revolucionaria, que los de provincias no ilustran con nitidez, pues su pensamiento se desconoce parcialmente. Ichikawa cae en una posición etno-occidentalista, desde la universidad de La Habana como espacio sagrado por excelencia.

Rafael Hernández, ilustrado crítico de los problemas aquí desarrollados, en “Mirar a Cuba, Ensayos sobre cultura y Sociedad Civil”, se introduce en las representaciones intelectuales, desde fuera de la Isla, en torno a la relación poder político- intelectualidad dentro de la Revolución Cubana. En la obra realiza el siguiente planteamiento:

"Las personas dedicadas a las artes o las ciencias, los profesionales y técnicos constituyen un grupo importante en el conjunto de los trabajadores cubanos, con una incuestionable capacidad de incidir en el desarrollo de la sociedad, aunque bastante heterogéneo. Sus tareas y proyección social, y naturalmente, sus enfoques, pueden ser muy diferentes. Desde mi punto de vista, estas no constituyen un sector ideológicamente diferenciado de la sociedad cubana, y como tales, no son los poseedores del rol exclusivo de conciencia crítica. En otras palabras, no son los únicos llamados, por su capacidad o sus agallas, a identificar y enfrentar los problemas del país".

Incluso plantea: “el intelectual debe actuar en la historia con su crítica y su polémica, contribuyendo a un cambio social concreto, tomando partido por la justicia social y la independencia, como es el caso de nuestra tradición latinoamericana".¿Quiénes forman parte del selecto grupo que por sus agallas pueda hacerlo?

Esta ambigüedad discursiva limita lo que pudiera considerarse un planteamiento sociológico importante en el contexto histórico de la Isla. No existe una intelectualidad que pudiera hacerlo sin liberarse del compromiso con la Revolución. ¿Puede existir un sector intelectual ideológicamente diferenciado dentro de la sociedad cubana?

Por último, desde una orientación gramsciana, ubica el compromiso del escritor, al ejercer la crítica y la polémica en función de un cambio concreto, enmarcado en la tradición latinoamericana que preserva el legado de justicia social e independencia. Debe señalarse que el escritor, sin olvidar los compromisos con su obra y la política revolucionaria, está en derecho de asumir ganancias de otras tradiciones críticas, sin perder el tronco del que viene, nadie puede impedírselo, por eso su trabajo se articula a partir del recurso fundamental: el conocimiento y sus usos.

Otro autor, como el conocido ensayista, Desiderio Navarro en su texto "In Medias res publicas", propone contribuir a la comprensión del papel de la intelectualidad cubana en la esfera pública. Algunas ideas merecen reseñarse, para comprender el fenómeno.

El versículo de Fidel Castro pronunciado en Palabras a los intelectuales funciona, según Navarro: “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”, como normativa que delimita el servicio creativo en la lucha por hacer un arte, llena de sentidos y significados, sin perder de vista los contextos socioculturales que la determinan. Señala Navarro, en nombre de esta frase, manipulada desde la izquierda por algunos funcionarios, cayendo en la extrema derecha, se asumen posiciones que entristecen el panorama creativo, entre las que deben mencionarse: censura de obras artísticas con una conciencia crítica; idealización de los logros culturales de la Revolución Cubana desde la visión de los funcionarios; la ubicación del intelectual, portador de una conciencia crítica, con etiquetas de disidente o conflictivo que produce daños morales irreparables.

Lo anterior, según Desiderio, obliga a la sociedad civil cubana, en su enfoque nacional y local, a revisar su política cultural, pues todo parece indicar que los caminos de la creación están vigilados por una plaga de ciegos que no quieren ver una escritura contextualizada en los problemas sociales donde transcurre lo cotidiano.

Sobre todo el interior(municipio), agregaría yo, escenario de disidencias encabezadas por intelectualoides sin una obra seria, según el punto de vista que manejan algunos funcionarios y políticos, hecho que no debe aceptarse por los escritores serios, pues éste deviene (el municipio) escenario de efervescencia que no puede morir o traicionarse, debe ser un arma de la cultura nacional para salvar los posibles derrumbes a los que parece conducirnos el mundo con sus locuras tecnológicas y militares.

Fragmento de mi  libro "La soledad del oficio", Ediciones Santiago, 2009.

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