sábado, 31 de marzo de 2018

La pesca de mojarras



Cada ensarta lleva 15 ejemplares  y cuesta 20 pesos cubanos (CUP).

Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com

En la cama añora un día soleado, de esos que atraen a las mojarras a los sitios ideales. Al amanecer, ya tiene los encargos; su mujer se han encargado de hacerlos. “A la gente le gusta el pescado fresco y más si es la exquisita mojarra”, dice. “Comerla frita es una de las grandes delicias que puede darse cualquier cubano, por tan solo 20 pesos, casi un dólar mi vida”. Luego le da un beso y cierra los ojos. Ella madruga para colar café, prepara algo de desayuno, aunque deja el pan y la leche para los niños.

Come dos huevos hervidos. La balsa de camión inflada.  Los cordeles listos. La carnada –lombrices frescas-. Toma la bicicleta. Casi una hora pedaleando. Al llegar, un largo sorbo de café alivia el estómago. Lleva un pomo plástico, casi lleno. Se introduce en el agua e inicia el trabajo. Si cumple, podrá comprar dos paquetes de leche para los niños y dos kilogramos de pollo. “Vale la pena meterse el día completo”, piensa. Los  nylon, cinco en total.

Ve llegar a otros pescadores, quizás como él, soñando mejorar la economía del hogar y si queda algo, comerse unas buenas mojarras fritas, bien sazonadas con limón y ajo. Varios nylon toman velocidad. La mancha lo acosa;  saltan allí, ante sus ojos. Piensa en “El viejo y el mar”; una de sus pasiones, cuando puede, leer libros así. Empieza a sacar. Las va colgando en bejucos recién cortados y sin hojas, de forma tal que no puedan escaparse. Guarda silencio. No quiere intrusos. Va por tres ensartas. Pasan las once de la mañana. Toma un largo trago de café y la temperatura del cuerpo se fortifica.

Empieza a batir un aire inesperado. “Ahora si se jodió el día”, piensa. Los cordeles tranquilos. Pasa un par de horas más en aquel  sitio que había dado tantos peces (cada ensarta lleva 15). Decide mudarse para un pequeño atracadero  donde la sombra de unos árboles delata un posible nido de mojarras. Llega. El hambre lo atormenta; pero vuelve a tomar café;  así la entretiene y se enfoca en el propósito;  pero quizás antes otros pasaron, porque no tiene suerte. Pasan dos o tres horas más, hasta que pierde la noción del tiempo. Empieza a caer la tarde. Todavía conserva un hálito de esperanza.

Se mueve hacia unos troncos secos. Teme que los nylon puedan enredarse en el fondo. Tal parece que lo adivina. Intenta halar uno. Sumerge el cuerpo. Una raíz lo tiene tomado. Sale y toma aire. De nuevo vuelve al objetivo y en un arranque de valentía, aguanta más de lo normal y logra sacar el anzuelo;  pero la noche llega, ya se ven las sombras espejeando sobre el agua. Tiene que irse.

Con dolor sabe que no podrá venir mañana, pues su trabajo como custodio no se lo permite. Descama las mojarras. Las destripa. El agua hace el resto. Comparte medianas y pequeñas en tres ensartas. Su bicicleta  lo espera. Ha tenido un ojo en los peces y el otro en ella. Regresa. Antes de llegar a casa, va a los encargos. La gente paga con camilos (billete de veinte pesos cubanos).  La mujer lo recibe con un beso. Sabe  lo que tiene que hacer.

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